jueves, 27 de febrero de 2014

el catarro del señor conejo

El señor conejo siempre decía que había que cuidar del jardín con mucho cuidado. Que había que regar las zanahorias diariamente. Si el sol era demasiado fuerte, el señor conejo ponía un gran paraguas que le había regalado un topo que viajaba por allí y que no lo utilizaba demasiado. El señor conejo no tenía grandes zanahorias, ni eran famosas por nada en especial. Pero en el vecindario lo conocían como "el de las zanahorias, el señor conejo" y él mismo tenía esperanzas de, algún día, llegar a las competiciones internacionales de zanahorias.
- Pero lo importante es estar en la brecha. Trabajar -le había dicho no más hacía dos días a la señora cigueña, que pasaba por ahí.
Había días que llovía demasiado, y entonces el señor conejo cuidaba que no se formaran charcos en su pequeña huerta. Incluso echaba un ojo al riachuelo que había colindando su finquita, no fuera que se llenara demasiado y le inundara sus huertas.
El vecino el señor oso hormiguero, que tenía canónigos en su jardín, envidiaba al señor conejo por su dedicación.
- Usted sí que tiene vocación de jardinero -le decía.
Y el señor conejo sacaba pecho y se sentía a sus anchas.
Pero un día el señor conejo se levantó con catarro. Un catarro tonto, sin fiebre ni nada, pero con una moquera constante que le chorreaba las narices. Como no tenía ninguna gran enfermedad, decidió que había que trabajar. Salió al jardín. Pero en vez de ocuparse de sus preciosas zanahorias, el señor conejo se sentó a la sombra de un árbol.
- ¡Pero qué cansado estoy! -se dijo
Y allí se quedó, dormido. Fue en aquel momento que pasó algo inesperado y para lo que más le hubiera valido la pena estar despierto: un grupo de ratones campestres pasó por el huerto y, como tenían hambre, sacaron de allí algunas zanahorias. Al señor conejo lo vieron allí, durmiendo a la sombra del árbol, pero no les preocupó:
- Será un vagabundo como nosotros que también ha comido algunas zanahorias y ahora duerme la siesta. -se dijeron
Y luego se fueron. En silencio, claro, no fuera que el durmiente se despertara.
Pero el señor conejo se acabó despertando. Y lo primero que vio fue su precioso huerto con aire maltratado.
- ¿Pero qué ha pasado? -comenzó a lamentarse.
Corrió hacia la tierra removida y allí pudo contar los agujeros que ahora cercenaban su césped, allí donde antes había habido espléndidas zanahorias.
- ¡Cuatro zanahorias me han robado! ¡Cuatro soles que tenía aquí creciendo, cuatro campeonas, madres de futuras campeonas!
Y comenzó a llorar. Su vecino el señor oso hormiguero oyó sus lamentaciones y salío a preguntarle que pasaba.
- ¿Pues qué ha de pasar sino que algún desalmado me ha robado zanahorias? -se quejó el conejo, demasiado alterado para controlar la furia y la frustración que le dominaba.
El señor oso hormiguero se mosquó un tanto, pero decidió no darle importancia que, al fin y al cabo, el señor conejo había sufrido una gran desgracia.
- ¿Pero cómo ha podido pasarle a usted eso, usted que siempre están tan vigilante con sus zanahorias?
El conejo le explicó de su catarro y cómo se había quedado dormido bajo el árbol.
- ¡Pues qué! -dijo el oso hormiguero- Otra vez que se encuentre usted bajo de defensas, avíseme y váyase a descansar. Que hacer las cosas a medias con la excusa de la enfermedad es la mejor forma de deshacerlas.
Así habló el oso hormiguero y el conejo no pudo más que callarse, pues sentía que toda la razón la tenía aquel vecino.
El de los canónigos.

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