- Dime qué quieres que haga y lo haré -lo dijo en tono serio. Tan serio, que sus antenas se tensaron como finas torres saliendo de su redoneada y brillante cabeza.
- No serás capaz -le respondió el otro
Por nacimiento, habían sido excluídos de cualquier posibilidad para copular con una hembra; por eso, como muchos otros similares a ellos, dedicaban sus esfuerzos a cultivar amistades a prueba de bomba. Eran románticos entre sí, pero era un romanticismo asexual. El mismo romanticismo que poseen las estrellas entre sí.
- No hay nada de lo que no sea capaz. Dime qué quieres que haga y lo haré -repitió
Lo intentaría y aquello sería la prueba de fuego de su amistad. Si volvían victoriosos, no habría nada que los detuviera. ¿Quién sabe? Tal vez la reina se fijara en ellos y pudieran participar en el rito de la copulación.
- Conoces el desierto de cristal -comenzó entonces a explicarle. El otro apenas se atrevía a moverse: ¡por fin tendría una prueba digna de su deseo de amistad!
- Sí -dijo, sintiendo la tensión del momento -lo he visto de lejos.
- Quiero que vayamos por uno de sus caminos
¡Así que era eso! Los caminos del desierto de cristal. Pocos habían ido y vuelto para contarlo. Decían que continuaban hasta el infinito y que no paraban de entrelazarse y enredarse, como si estuvieran vivos, como si no tuvieran más deseo que el de perder a los viandantes.
- Vamos -fue lo único que dijo. Le demostraría que estaba a la altura de sus palabras. ¿No había dicho que haría cualquier cosa? Era el momento de demostrarlo.
Los dos se pusieron en camino. En el desierto de cristal habían cuatro soles, pero los cuatro estaban apagados ahora. Tan solo les llegaba una tenue luz de un desierto cercano.
No fue difícil llegar a las inmediaciones de los caminos blancos. Cuatro grandes sendas se internaban en aquel infinito de reflejos.
- ¿Qué camino tomaremos? -quiso preguntar. Pero no dijo nada. Demostraría que sabía dónde se metía, que era el guía adecuado, el compañero firme, el buen amigo.
Apenas habían comenzado a andar cuando dos de los cuatro soles comenzaron a iluminar con fuerza, como si alguien los hubiera encendido.
***
- Encontré los palillos para los oídos. Estaban en el baño -le dijo la pequeña Lucía a su madre.
- ¿Y qué es eso que tienes en el dedo? -preguntó ella, extrañada
- Migas -respondió la pequeña.
La madre no la entendió, así que fue ella misma al cuarto de baño. Encendió las cuatro luces. La cabina de la ducha seguía siendo la reina del cuarto de baño, con sus limpias paredes de cristal y los trazados de blancas silueta simulando enredaderas que la cruzaban de un lado a otro. Por fin encontró lo que buscaba. Dos pequeñas manchitas negras estaban aplastadas sobre la silueta blanca. Una de ellas aún movía sus piernecitas en cuerpo cercenado por el tronco.
- ¡Ah, hormigas! -dijio la madre, entendiendo por fin lo que la pequeña le había dicho.
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