solo que aquella estaba cerrada. ¿qué hacer? Sentía tanto miedo que le pareció que había enloquecido de repente. Aquel ser grande y terrible se acercaba a gran velocidad. ¿A dónde huir? Ya se agachaba y estiraba una mano con la que atraparlo. Cascadientes estaba tan aterrorizado que no podía ni moverse.
En aquel momento se oyó un pequeño grito. El gigante se volvió hacia aquel sonido, pero no pudo distinguir nada. Y es que se trataba del pequeño pitufo buenasfuentes que intentaba llamar la atención del megagigante. Solo que aquel podía oírle pero no verle.
- ¡Aquí, ven aquí! -le gritó buenasfuentes.
Cascadientes aprovechó la distracción para esconderse rápidamente. ¿Cómo haría para cruzar la puerta? ¡Pues con la llave, naturalmente, la misma que le habían dado antes de entrar en el laberinto! "Una buena llave siempre viene a mano", le había dicho el guardián del laberinto en su puerta. Entonces no le había dado importancia pero ahora, ¡qué diferencia tener esa llave de no tenerla!
Aprovechando que el megagigante aún estaba buscando a buenasfuentes, Cascadientes corrió hasta la puerta. Sacó la llave de su bolsillo y la metió allí.
- ¡Espérame! -oyó que le gritaban.
Era buenasfuentes que venía corriendo. Detrás venía el megagigante, incapaz de ver al pequeño buenasfuentes pero sin ningún problema para distinguir a cascadientes pegado junto a la pequeña puerta.
El miedo dio alas a cascadientes, que sin pensarlo dos veces abrió la puerta y se metió por ella. Luego comenzó a cerrarla.
- ¡No cierres, espérame! -le gritó buenasfuentes
¿Qué hacer? El megagigante podía alcanzarle en cualquier momento. ¿Cómo atreverse a esperar al pitufo? Un pitufo... como aquellos a los que despreciaba, de los que se creía mejor. Un pitufo que el megagigante parecía incapaz de encontrar. Pero un pitufo que se había arriesgado por él.
- ¡Espérame! -le gritaba el pitufo
Y entonces, Cascadientes, superando el miedo que le atenazaba, hizo algo muy valiente. Volvió a abrir la puerta y salió por ella. Allá venía buenasfuentes corriendo y el megagigante detrás.
- ¡De prisa! -le gritó al pitufo, y dejó que aquel entrara primero. Después se metió él rápidamente y, justo cuando la gran mano del megagigante les alcanzaba, cerró la puerta tras de sí. Pero en vez de oír la mano golpeando o destrozando la puerta. lo que les llegó a sus oídos fue una extraña frase
"los cisnes ya pueden volar", dijo el gigante. Y luego lo repitió otra vez.
"los cisnes ya pueden volar".
Cascadiente sy el pitufo buenasfuentes volvieron por dónde habían venido. Al llegar al otro lado, contaron su aventura al guardián, que les miraba con ojos pacíficos.
- ¿Y qué fue lo que dijo el gigante cuando os escapasteis? -preguntó
- Que los cisnes ya podían volar. ¿No es extraño? -respondió buenasfuentes
- No. Eso es el mayor elogio que podía hacer. Él es amigo de nuestra raza. Nunca os hubiera hecho nada. Habéis superado la prueba. Y con creces.
Y desde aquel día cascadientes no volvió a burlarse de los pitufos. Se convirtió en un respetable gigante e hizo amistad con buenasfuentes. Acabó teniendo una gran tienda de charcutería y allí, bajo el cartel, tenía un lema escrito: "La grandeza no se mide por el tamaño, sino por el corazón"
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