viernes, 7 de febrero de 2014

cuenta atrás

- Otra vez llegas demasiado temprano. Si esto sigue así, se lo reportaré al superior y acabarás despedido.
- Lo siento, Pablo...
- Don Pablo -le interrumpió
- Don Pablo -dijo con acento humilde- es por esto del cambio universal del sistema horario.
- Siete años hemos tenido ya este sistema, y todos están más que acostumbrados. Tú eres el único que sigue en los viejos tiempos. Estás anclado como un barco encayado en un arrecife.
- Al que golpearan las olas, don Pablo, ya lo sé, me lo ha repetido ud. muchas veces. ¿Sabe que tiene usted algo de poeta? ¿Tal vez algún familiar?
- ¡No cambie de tema! El trabajo comienza a las 9 de la mañana, pero si otra vez vuelve usted a llegar antes de la hora, no habrá poesía que le salve.
Y así dejó don Pablo a su empleado más despistado, Ramírez, con cara de bobo. Seguramente tras la charla ajustaría otra vez las alarmas de su reloj; debía de ser uno de los únicos que aún necesitaban un conversor de pulsera para traducir las nuevas horas en el formato antiguo. ¿Tan difícil resultaba? Si el tiempo antes se medía para adelante, ahora se medía hacia atrás. Era una revuelta de la segunda revolución científica, de la segunda ilustración.
- Dos luces yuxtapuestas crean sombras aun más profundas -se dijo don Pablo, en un susurro, recordando el drama que le esperaba en casa: Su mujer no salía de su habitación desde hacía siete años. ¿Cómo no iba un hecho semejante teñir de mediocre poesía su alma, educada según los principios del optimismo y de la segunda ilustración?
En un pasillo se encontró con su superior. Aunque amenazara a Ramírez con denunciarle, lo cierto es que él mismo apenas aguantaba a aquel joven enchufado que le miraba con ojos bondadosos y que era incapaz de despedir a nadie para no teñirse de malos sentimientos. Era una tarea que le tocaba a otros. Las uñas del joven jefe debían permanecer limpias.
- Buenos días, Pablo -le dijo jovialmente.
¿Cuándo le había otorgado el título de amigo con el que aquel estúpido se complacía?
- Buenos días, don Armando.
- Armando, Armando a secar, Pablo, que me sacas más años de los que tengo.
- Como desees... Armando.
- Te buscaba para darte una buena noticia. Como he visto que has trabajado mucho últimamente, he pensado que hoy y ayer podrías quedarte en casa, a descansar y pasar tiempo con la familia.
- ¿Ayer tambien? -preguntó Pablo con cara desconsolada.
Fue así que Pablo acabó llendo a su casa con cara de pocos amigos. Tendría que estar con su mujer, entretenerla en su cuarto y contarle historias... historias de cómo era el mundo antes, el mundo antes de la segunda ilustración, el mundo que ella había conocido en su niñez. Porque su mujer Elva vivía en la zona de sombras, vivia oculta a cualquier foco de luz. No se la veía, no se dejaba ver. ¡Siete años en un cuarto! Menos mal que tenía una ventana que daba a la calle. A una calle llena de tráfico y edificios y contaminación... pero con más aire y espacio que el que la habitación le daba.
Abrió la puerta de su casa y su mujer, sintiéndolo llegar, le gritó:
- ¿Eres tú, Pablo? ¿Cómo es que llegas tan temprano?
Y Pablo, don Pablo para sus empleados, suspiró y con una tristeza que no tenía nada de optimista ni ilustrada, murmuró para sí:
- Temprano no, mujer. Lo que estoy es llegando... tarde. Muy tarde.

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