lunes, 3 de febrero de 2014

la vida de Deibid II

Daibid estaba en penumbras. La escalera no estaba iluminada. Apenas se atrevía a respirar para que no lo oyeran. Si hubieran sabido que estaba ahí, en ese momento, puede que las cosas no hubieran salido igual.
¿Cómo es que sus padres eran capaces de hablar una lengua extraña? ¿Y por qué estaban todos reunidos en torno a ese roído maletín negro?
Su hermana había estado cuchieando con su padre, mientras la madre de Daibid presentaba un rostro que le era totalmente ajeno. Un rictus estiraba su piel y tensaba sus labios, como si fuera la mueca de una sonrisa. Sin embargo, sus ojos eran totalmente contrarios a cualquier sentimiento de alegría. En ellos se podía leer una profunda angustia. ¿Por qué entonces aquel gesto ridículo?
Su hermana se levantó y se aproximó hacia la cartera negra. Los padres estaban tensos. Ahora también su padre mostraba el rictus de agonía que, en el caso de su esposa, se había hecho más patente y doloroso. Pero la niña solo miraba la cartera. Con cuidado la abrió y de allí fue sacando una foto grande y desenfocada en blanco y negro. Aunque Daivid apenas podía distinguirla, adivinó que se trataba del rostro de un niño. Un niño que se le parecía pero que estaba seguro de que no era él.
Las manos de su hermana posaron la foto sobre la mesa.
Una lágrima asomó por los ojos de su madre, mientras su padre y su hermana bajaban la cabeza y meditaban con los ojos cerrados.

Daibid había visto lo suficiente. Con mucho cuidado subió hasta su cuarto y se acostó. Apenas pudo dormir pensando en lo que había presenciado, ni siquiera cuando oyó que el resto de los habitantes se iba a la cama siguiendo la rutina habitual de cada día.
Pero, al día siguiente, se sentía bien. No terminaba de entender lo que había pasado, pero la extraña escena nocturna le había hecho sentirse más próximo a su familia. Más que nunca.
¿Quienes eran sus padres, quién era el niño de la foto? Aquellas preguntas, en lugar de llenarle de una natural incertidumbre, calmaron todas sus ansiedades.
Daibid, por fin, era un niño normal.

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