Nadie había visto al ermitaño, pero todos sabían que estaba allí.
- Si no te tomas la sopa, vendrá el ermitaño y te llevará con él -le amenazaba la madre.
Pero lo que ella no podía imaginar es que Pablito no le tenía miedo al ermitaño. De hecho, casi deseaba que le fuera a buscar: así resolvería aquel gran misterio.
El ermitaño al que nadie veía vivía en la montaña que dominaba al pueblo; era un colina pelada en la cima en la que antaño habían explotado una mina a cielo abierto. Las lluvias torrenciales habían socavado muchas desmontes y habían ocurrido corrimientos de tierras que dejaron al descubierto muchas oquedades y cuevas de un antiguo sistema kárstico. Entonces había llegado él; durante un tiempo había trabajado como camarero en el bar de la gasolinera. Tenía una vida normal, decían, incluso se echó una novia del lugar. No era muy hablador pero tampoco había nadie que le impulsara a hacerlo. Aparte de su chica, apenas había hecho amistades.
Y entonces un día había abandonado todo para subirse a la montaña. Algunos caminantes le habían visto, pero él aprendió a no dejarse ver y ahora era tan escurridizo como un zorro. ¿Y la novia? Dijo que recibió una carta de despedida que había quemado tras leerla. En realidad, se defendía, ella había motivado al chico a su opción desesperada, pues quería cortar con él.
En realidad, el ermitaño ni siquiera se había despedido de su novia. Pero a ella le gustaba más la historia que se había inventado. Le parecía más propia que el agrio sabor con el que se había encontrado al ser la última en enterarse de la huída de su novio a la naturaleza.
Pablito sabía todas las historias que se contaban en el pueblo; todas, hasta las imaginadas. Y ansiaba encontrarse con aquel misterioso personaje que, desde que él contaba dos años, había "subido pa'l monte". Por eso decidió organizar una excursión el día de su cumpleaños.
- Para mi cumpleaños quiero poder irme de excursión y pasar una noche solo.
Para entonces, su padre ya estaba acostumbrado -y algo orgulloso, aunque a veces se preocupara- al comportamiento de su hijo. La madre, sin embargo, aún esperaba llevar al pequeño al corral de la normalidad.
- Eso no es un regalo normal. Además, lo puedes hacer cualquier otro día. ¿Y cómo esperas que te dejemos partir solo?
Él la miró con seriedad. En realidad, la miraba a ella pero se estaba dirigiendo a su padre.
Y fue así como pudo salir de excursión. Empaquetó todo lo que pensaba llegar. Estaba nervioso, ¡una noche fuera! Pero le pesaba la decisión tomada, sabía que debía llevarla hasta el final.
Naturalmente, subió a la montaña. Sin que él lo viera, su padre lo seguía de lejos y le vigilaba con unos prismáticos.
Pablito llegó a la zona de cuevas. Había una de acceso complicado en la que le pareció ver una sombra moviéndose.
"El ermitaño", pensó.
Pero para cuando subió, ya estaba vacía. Lo suponía. Por eso le llamaban el ermitaño. Pero él ya contaba con ello. Dejó su paquete envuelto en papel de regalo y se marchó.
Desde aquel día Pablito dejó de pensar tanto en el ermitaño y se esforzó más por ser un niño normal, hasta el punto de engañar a su madre (en ocasiones).
¿Y el ermitaño? Se emocionó cuando, al volver a su cueva, vio que el niño curioso le había dejado un regalo. Lo abrió, excitado, y dentro descubrió un pequeño reloj digital. Olía a limpio.
Sonrió y se lo puso.
Porque recordó que así contaban los hombres su vida, con tiempo. Y aquello hizo que bajara un poquito de su montaña.
Solo un poquito.
jueves, 27 de noviembre de 2014
miércoles, 26 de noviembre de 2014
C'mn baby light my fire
Cogió el micro y comenzó a cantar. Se suponía que era un karaoke y que la música le acompañaría. Pero algo falló y no lo hizo. Era algo que pasaba bastante a menudo en aquel bar de mala muerte, así que nadie se sorprendió.
Era la música de The doors con la que muchos habían crecido. Y ahora mojaban las barbas en sus cervezas, temiendo volver al hogar donde les esperaba la misma miseria de siempre. "Light my fire", habían cantado tantos cuando eran jóvenes, borrachos de alcohol y de juventud, porque la juventud también emborracha.
Y la resaca tarda mucho en curarse. A veces, toda una vida.
Y entonces aquella extranjera comenzó a cantar sin música, atreviéndose a todo. ¿Dónde estaban sus amigos? No había nadie coreándola, no había amigos que la animaran o insultaran entre risas. Pero su voz congeló a todo el mundo: poseía tres cualidades que en las que muchos ya no creían: calidez, inocencia y esperanza. Destrozaba el ritmo y la fuerza de la canción original, pero ganaba a la primera versión en melodía y sentido.
Todos los rostros de los antiguos hippies se volvieron hacia ella. Y lo que vieron les sorprendió: porque la cantante, lejos de ser una ninfa venida de la ciudad a las profundidades de los "states" era, a todas luces, una campesina. Y encima gorda, pecosa y baja. Pero su voz parecía desentenderse de todas esas cualidades y se separaba de ella apenas unida por el débil cordón umbilical de su presencia física. Pero el canto iba más allá.
"C'mon baby light my fire", repetía con el estribillo. Y su presencia se transfiguró para los presentes, como si un velo descubriera quién estaba en realidad detrás de aquella voz: era, sí, una ninfa, pero no había venido de la ciudad de los pecados sino del mismísimo cielo. Su oronda figura ya no señalaba grasa y descontrol alimenticio, sino una oronda perfección; sus pecas ya no eran manchas en un rostro pálido, sino estrellas en la primera leche maternal. El pelo ralo no era calvicie prematura sino vaga lluvia otoñal que se pegaba a la cara, llamando al invierno.
Un ángel, una bruja de los tiempos modernos, los tenía clavados en sus sillas, encantados.
Encantados.
"... my fire", repetía contorneando su voz en las almas de los borrachos. Hasta el barman estaba encandilado.
Y entonces terminó. La pantalla que le había ido sugiriendo la letra de la canción llegó con rigidez robótica al final. Y se quedó callada.
Más que callada: muda, como si nunca en su vida hubiera hablado hasta aquel momento y como si nunca más lo fuera a hacer.
Y entonces eructó y dijo:
- Creo que me voy a comer otra de esas tortas de carne picante que tienes, joe.
Y así rompió el hechizo.
Todos volvieron a sus cervezas y a revivir la resaca de la juventud, de la vida grandiosa que nucna llegó.
"C'mon baby light my fire"
Era la música de The doors con la que muchos habían crecido. Y ahora mojaban las barbas en sus cervezas, temiendo volver al hogar donde les esperaba la misma miseria de siempre. "Light my fire", habían cantado tantos cuando eran jóvenes, borrachos de alcohol y de juventud, porque la juventud también emborracha.
Y la resaca tarda mucho en curarse. A veces, toda una vida.
Y entonces aquella extranjera comenzó a cantar sin música, atreviéndose a todo. ¿Dónde estaban sus amigos? No había nadie coreándola, no había amigos que la animaran o insultaran entre risas. Pero su voz congeló a todo el mundo: poseía tres cualidades que en las que muchos ya no creían: calidez, inocencia y esperanza. Destrozaba el ritmo y la fuerza de la canción original, pero ganaba a la primera versión en melodía y sentido.
Todos los rostros de los antiguos hippies se volvieron hacia ella. Y lo que vieron les sorprendió: porque la cantante, lejos de ser una ninfa venida de la ciudad a las profundidades de los "states" era, a todas luces, una campesina. Y encima gorda, pecosa y baja. Pero su voz parecía desentenderse de todas esas cualidades y se separaba de ella apenas unida por el débil cordón umbilical de su presencia física. Pero el canto iba más allá.
"C'mon baby light my fire", repetía con el estribillo. Y su presencia se transfiguró para los presentes, como si un velo descubriera quién estaba en realidad detrás de aquella voz: era, sí, una ninfa, pero no había venido de la ciudad de los pecados sino del mismísimo cielo. Su oronda figura ya no señalaba grasa y descontrol alimenticio, sino una oronda perfección; sus pecas ya no eran manchas en un rostro pálido, sino estrellas en la primera leche maternal. El pelo ralo no era calvicie prematura sino vaga lluvia otoñal que se pegaba a la cara, llamando al invierno.
Un ángel, una bruja de los tiempos modernos, los tenía clavados en sus sillas, encantados.
Encantados.
"... my fire", repetía contorneando su voz en las almas de los borrachos. Hasta el barman estaba encandilado.
Y entonces terminó. La pantalla que le había ido sugiriendo la letra de la canción llegó con rigidez robótica al final. Y se quedó callada.
Más que callada: muda, como si nunca en su vida hubiera hablado hasta aquel momento y como si nunca más lo fuera a hacer.
Y entonces eructó y dijo:
- Creo que me voy a comer otra de esas tortas de carne picante que tienes, joe.
Y así rompió el hechizo.
Todos volvieron a sus cervezas y a revivir la resaca de la juventud, de la vida grandiosa que nucna llegó.
"C'mon baby light my fire"
Cenikenta
Había
una vez una joven húerfana que vivía en casa de su madrastra. Tenía
dos hermanastras y en la casa también había un gato llamado Rafael.
La joven se llamaba Cenikenta. Primero se murió su madre, a la que
apenas recordaba. Y años más tarde, cuando ella comenzaba la
adolescencia, su padre. Así que el padre tuvo tiempo suficiente para
malcriarla. Y la malcrió. No sabemos qué motivos le llevaron a
ello; tal vez tuvo una infancia dura y quería ahorrarle cualquier
rigidez a su pequeña; o simplemente no sabía y se dejaba engañar
fácilmente por los caprichos de su hija. Pero el caso es que no
había cosa que el infante solicitara que su padre no se apresurara a
... Si quería la última muñeca del mercado, al instante la tenía
entre sus brazos. Y si se ponía a llorar, no había cosa que no
consiguiera.
Por
caprichos del destino el padre se casó en segundas nupcias con una
amable señora que, en su juventud, había sido célebre por su
belleza y por su bondad. Esta no era muy rica, pero aportó a la vida
familiar sus dos hijas, dos auténticas perlas de belleza, buena
educación y alegría.
Cenikenta,
sin embargo, no había salido agraciada con el paso del tiempo; sobre
todo porque no paraba de comer todo lo que se le antojaba y en el
momento que le apetecía. Tenía especial placer en torturar al gato,
al desgraciado Rafael, que ya portaba bajo su espeso pelaje algunas
cicatrices provocadas por los juegos de Cenikenta.
He
aquí qu eun día se presentó en la casa el mismísimo duque de las
siete plantas, esperando encontrar a una misteriosa doncella que
había bailado con el príncipe la noche anterior. como pista, solo
contaba con un zapatito desconchado.
Cenikenta
no dejó que nadie se lo probara en la casa antes que ella. Su
regordete pie tuvo problemas para entrar en la horma, pero finalmente
lo consuiguió. Miró entonces finalmente al duque, como retándolo a
que continuara. El duque, horrorizado antes esa mujer gorda y cruel,
antes aquel engendro de la mala educación y la suciedad, ante aquel
aborto de todo lo que había de ser una doncella... el duque, pues,
decimos, se alegŕo sobremanera porque odiaba al príncipe. Así que
se llevó a Cenikenta con él al palacio pero no dejó que nadie la
viera, menos que nadie el príncipe, a quien le aseguró que había
encontrado a su amada pero que no podría verla hasta el día de la
boda.
El
día de la boda cubrieron a Cenikenta con mil ropajes y velos. Y solo
en la noche de bodas, el príncipe descubrió el negocio al que le
habían sometido, lamentándose por ello.
Sin
embargo, hay quien cuenta que fueron muy felices.
lunes, 24 de noviembre de 2014
el castor y la nieve
Sus padres le dejaron disfrutar solo de su primer día en el exterior:
- Si ya soy mayor, ¿por qué no me dejáis salir? -había dicho durante todo el mes, un día tras otro.
Y al final había conseguido lo que se había propuesto: salir solo a pasear. Sabía que otros castores ya lo hacían y que a él le retenían por alguna causa desconocida:
- ¿Acaso la mayoría de mis amigos no salen por ahí? -se quejaba
- Dos castores de las decenas que conoces NO son la mayoría, querido -le recordaba su madre.
Pero él no escuchaba. La sangre le hervía. Pero todas aquellas penas ya eran cosa del pasado. ¡Bosque, libertad, niebla levantada! Y el sol iluminando con fuerza y ternura las ramas finas, los troncos deshojados. El invierno acortaba los días, pero aún no había caído ni una sola nevada y el paisaje tenía la fragilidad de una virgen que espera a su prometido en la noche de bodas. Pero la nieve se retrasaba y la virgen miraba por la ventana, indecisa.
Había una colina que siempre le había llamado la atención. "Cuando sea mayor, la visitaré", se había dicho el joven castor todas las veces la edad, los progenitores y el voto tácito de obediencia a ellos se lo habían impedido. Así que la colina era como un símbolo de la libertad recién adquirida.
Pero, cosa extraña, ya la colina no le parecía tan atrayente. Dudó de que hubiera nada diferente a lo que veía todos los días alrededor de su casa, a tan solo unos metros. Con todo, se propuso ir para allá, aunque solo fuera para ocupar las horas que, de repente, comenzaban a hacérsele muy largas.
El camino no era difícil, pero sí muy largo. Ya había pasado el mediodía cuando llegó a la base de la montaña. Y a su cima llegó al atardecer. Desde allí miró el horizonte, esperando descubrir alguna belleza escondida durante milenios a la que solo él, su suerte y su destino, había accedido.
Sin embargo, alrededor suyo solo había otras tantas colinas como aquella en la que estaba. De hecho, las otras colinas parecían más interesantes.
- Otro día. Ahora toca regresar -se dijo
No había andado ni un par de pasos a la vuelta cuando, de repente, el cielo se nubló y al instante siguiente soplaba un viento horroroso. El joven castor se asustó; y entonces comenzó a nevar. La nieve, con la que tantas veces había jugado, le trajo el recuerdo del hogar y una fugaz sensación de seguridad.
Pero aquello no era su hogar y la nieve parecía mostrarse indiferente -o inmisericorde, que no es muy distinto- hacia el joven castor. A este le costaba cada vez más andar.
- Quiero ir a casa, quiero ir a casa -murmuró por lo bajo
Y cayó al suelo, enterrándose en la nieve.
"Y ahora a morir", se dijo
A la mañana siguiente se despertó en su casa. Su padre había salido a buscarle, aún con la tormenta, y lo había portado sobre sus espaldas. Cuando el joven castor se vio allí, rodeado por su madre y sus hermanitos, llamó a su padre y, con lágrimas en los castaños ojos, dijo:
- Gracias, papá
- Si ya soy mayor, ¿por qué no me dejáis salir? -había dicho durante todo el mes, un día tras otro.
Y al final había conseguido lo que se había propuesto: salir solo a pasear. Sabía que otros castores ya lo hacían y que a él le retenían por alguna causa desconocida:
- ¿Acaso la mayoría de mis amigos no salen por ahí? -se quejaba
- Dos castores de las decenas que conoces NO son la mayoría, querido -le recordaba su madre.
Pero él no escuchaba. La sangre le hervía. Pero todas aquellas penas ya eran cosa del pasado. ¡Bosque, libertad, niebla levantada! Y el sol iluminando con fuerza y ternura las ramas finas, los troncos deshojados. El invierno acortaba los días, pero aún no había caído ni una sola nevada y el paisaje tenía la fragilidad de una virgen que espera a su prometido en la noche de bodas. Pero la nieve se retrasaba y la virgen miraba por la ventana, indecisa.
Había una colina que siempre le había llamado la atención. "Cuando sea mayor, la visitaré", se había dicho el joven castor todas las veces la edad, los progenitores y el voto tácito de obediencia a ellos se lo habían impedido. Así que la colina era como un símbolo de la libertad recién adquirida.
Pero, cosa extraña, ya la colina no le parecía tan atrayente. Dudó de que hubiera nada diferente a lo que veía todos los días alrededor de su casa, a tan solo unos metros. Con todo, se propuso ir para allá, aunque solo fuera para ocupar las horas que, de repente, comenzaban a hacérsele muy largas.
El camino no era difícil, pero sí muy largo. Ya había pasado el mediodía cuando llegó a la base de la montaña. Y a su cima llegó al atardecer. Desde allí miró el horizonte, esperando descubrir alguna belleza escondida durante milenios a la que solo él, su suerte y su destino, había accedido.
Sin embargo, alrededor suyo solo había otras tantas colinas como aquella en la que estaba. De hecho, las otras colinas parecían más interesantes.
- Otro día. Ahora toca regresar -se dijo
No había andado ni un par de pasos a la vuelta cuando, de repente, el cielo se nubló y al instante siguiente soplaba un viento horroroso. El joven castor se asustó; y entonces comenzó a nevar. La nieve, con la que tantas veces había jugado, le trajo el recuerdo del hogar y una fugaz sensación de seguridad.
Pero aquello no era su hogar y la nieve parecía mostrarse indiferente -o inmisericorde, que no es muy distinto- hacia el joven castor. A este le costaba cada vez más andar.
- Quiero ir a casa, quiero ir a casa -murmuró por lo bajo
Y cayó al suelo, enterrándose en la nieve.
"Y ahora a morir", se dijo
A la mañana siguiente se despertó en su casa. Su padre había salido a buscarle, aún con la tormenta, y lo había portado sobre sus espaldas. Cuando el joven castor se vio allí, rodeado por su madre y sus hermanitos, llamó a su padre y, con lágrimas en los castaños ojos, dijo:
- Gracias, papá
miércoles, 19 de noviembre de 2014
los baños de argel
- ¿Y a ese por qué lo tienen ahí?
- Está loco -le dijeron. Y aunque su locura suele ser pacífica, a veces le dan unos aires que se mete con lo guardianes.
Era el segundo día que Figuel de Tervantes, el ratón, que había sido preso por la comunidad gatuna de áfrica. Aquellos gatos no utilizaban sus presas para comérselos, sino para jugar con ellos. Por eso, entre los prisioneros se había creado una comunidad para que todo recién llegado se encontrara psíquicamente preparado para los juegos de sus amos. Y el loco era el ejemplo, ejemplo benévolo, de lo que pasaba a los que no aguantaban.
Un día lo matarían. Hasta que llegara ese momento, lo tenían enjaulado.
- Saldré de aquí y los decapitaré a todos, ¡voto a bríos!, malditos gatos
Así bramaba el ratón en sus momentos más enérgicos, que cada vez eran más escasos.
Pero Figuel tenía otros problemas en mente que el de aquel loco. Al segundo día de su cautiverio, el sultán mayor de los gatos lo llamó:
- ¿Y qué sabes hacer tú? -le preguntó en un ronroneo. Fitel temió que aquel fuera su final.
- Sé ladrar como un conejo -dijo, sin saber qué decía.
- Los conejos no ladran -le respondió el sultán
- Sé ladrar como un conejo -volvió a insistir Fitel
En gato mayor miró a las mininas que le estaban acariciando y las despidió con un gesto de la cola.
- ¡Dejadnos solos!
Y lo mismo despidió a los guardias. Luego se volvió hacia Fitel, que sentía que el valor lo abandonaba.
- Dentro de una semana ladrarás como un conejo o morirás. Lo harás solo para mí, aquí en esta sala.
Luego se rio con voz sorda.
- ¡Más te vale que practiques tus ladridos!
Y es que no hay cosa que más asuste a un gato que el ladrido de un perro. Y no hay animal que le resulte menos temible al gato que el conejo (pues hasta el ratón puede ser peligroso).
Durante toda la semana Fitel se desesperó buscando una solución al problema que, él solito, había creado.
"¿Por qué no habré dicho que sé saltar como un conejo? Por lo menos podría practicar"
La mañana antes de comparecer, vio como el loco le hacía señas. Se acercó con cuidado a su celda y este le dijo:
- Tienes miedo. Pero bebe de este bálsamo y verás cómo se te pasan todos los males.
Y diciendo esto le alcanzó una sucia escudilla con algo de agua.
- Esto parece agua -dijo Fitel
- ¡Chitón! -dijo el loco, poniéndose el dedo en los labios- Esto es el bálsamo de Fierabrás, y solo te lo doy porque se aproxima la hora de tu muerte.
Fitel bebió y le devolvió el cazo al demente.
"Lo que me faltaba", se dijo mientras se alejaba. Pero, aunque no quería reconocerlo, lo cierto es que se encontraba mejor.
Cuando los guardias fueron a buscarlo, ya tenía algo pensado. Y una vez que estuvo a solas con el sultán gato, anunció:
- Ahora ladraré como un conejo, según lo prometido.
Entonces se colocó la colita en la cabeza de forma que parecieran dos orejas largas, como las de un conejo. Después se puso de rodillas y abrió la boca. Pero no emitió ningún sonido. Estuvo así unos minutos hasta que el gato no pudo más:
- ¿Pero vas a ladrar o no?
El ratón se puso de pie y explicó:
- He estado ladrando todo este tiempo. ¿No me habéis oído, excelencia?
El gato se sorprendió tanto ante su respuesta que no sabía si mandar matar a aquel atrevido o no. Finalmente, dado que el problema le estaba complicando los pensamientos, hizo llamar a un guardia y anunció su decisión:
- Que le corten la cabeza
Fitel, por toda respuesta, ladró otra vez como un conejo. Pero nadie le oyó.
- Está loco -le dijeron. Y aunque su locura suele ser pacífica, a veces le dan unos aires que se mete con lo guardianes.
Era el segundo día que Figuel de Tervantes, el ratón, que había sido preso por la comunidad gatuna de áfrica. Aquellos gatos no utilizaban sus presas para comérselos, sino para jugar con ellos. Por eso, entre los prisioneros se había creado una comunidad para que todo recién llegado se encontrara psíquicamente preparado para los juegos de sus amos. Y el loco era el ejemplo, ejemplo benévolo, de lo que pasaba a los que no aguantaban.
Un día lo matarían. Hasta que llegara ese momento, lo tenían enjaulado.
- Saldré de aquí y los decapitaré a todos, ¡voto a bríos!, malditos gatos
Así bramaba el ratón en sus momentos más enérgicos, que cada vez eran más escasos.
Pero Figuel tenía otros problemas en mente que el de aquel loco. Al segundo día de su cautiverio, el sultán mayor de los gatos lo llamó:
- ¿Y qué sabes hacer tú? -le preguntó en un ronroneo. Fitel temió que aquel fuera su final.
- Sé ladrar como un conejo -dijo, sin saber qué decía.
- Los conejos no ladran -le respondió el sultán
- Sé ladrar como un conejo -volvió a insistir Fitel
En gato mayor miró a las mininas que le estaban acariciando y las despidió con un gesto de la cola.
- ¡Dejadnos solos!
Y lo mismo despidió a los guardias. Luego se volvió hacia Fitel, que sentía que el valor lo abandonaba.
- Dentro de una semana ladrarás como un conejo o morirás. Lo harás solo para mí, aquí en esta sala.
Luego se rio con voz sorda.
- ¡Más te vale que practiques tus ladridos!
Y es que no hay cosa que más asuste a un gato que el ladrido de un perro. Y no hay animal que le resulte menos temible al gato que el conejo (pues hasta el ratón puede ser peligroso).
Durante toda la semana Fitel se desesperó buscando una solución al problema que, él solito, había creado.
"¿Por qué no habré dicho que sé saltar como un conejo? Por lo menos podría practicar"
La mañana antes de comparecer, vio como el loco le hacía señas. Se acercó con cuidado a su celda y este le dijo:
- Tienes miedo. Pero bebe de este bálsamo y verás cómo se te pasan todos los males.
Y diciendo esto le alcanzó una sucia escudilla con algo de agua.
- Esto parece agua -dijo Fitel
- ¡Chitón! -dijo el loco, poniéndose el dedo en los labios- Esto es el bálsamo de Fierabrás, y solo te lo doy porque se aproxima la hora de tu muerte.
Fitel bebió y le devolvió el cazo al demente.
"Lo que me faltaba", se dijo mientras se alejaba. Pero, aunque no quería reconocerlo, lo cierto es que se encontraba mejor.
Cuando los guardias fueron a buscarlo, ya tenía algo pensado. Y una vez que estuvo a solas con el sultán gato, anunció:
- Ahora ladraré como un conejo, según lo prometido.
Entonces se colocó la colita en la cabeza de forma que parecieran dos orejas largas, como las de un conejo. Después se puso de rodillas y abrió la boca. Pero no emitió ningún sonido. Estuvo así unos minutos hasta que el gato no pudo más:
- ¿Pero vas a ladrar o no?
El ratón se puso de pie y explicó:
- He estado ladrando todo este tiempo. ¿No me habéis oído, excelencia?
El gato se sorprendió tanto ante su respuesta que no sabía si mandar matar a aquel atrevido o no. Finalmente, dado que el problema le estaba complicando los pensamientos, hizo llamar a un guardia y anunció su decisión:
- Que le corten la cabeza
Fitel, por toda respuesta, ladró otra vez como un conejo. Pero nadie le oyó.
lunes, 17 de noviembre de 2014
el niño rebelón
Una vez, un niño se rebeló contra el ángel que lo tenía en brazos.
- ¡¡Tú no eres mi madre!!
Le gritaba en la oreja. Y esto lo hacía continuamente, pues ambos formaban parte de una pequeña escultura que, sobre el organillo roto del salón, reposaban día y noche, cogiendo polvo y sin que nadie hiciera nada por remediarlo.
Y el ángel guardaba silencio. Tampoco él estaba del todo convencido con lo de llevar eternamente a un niño así, rebelde, a cuestas. Además, el niño ya no era un bebé y pesaba lo suyo.
Claro que, como ambos eran estatuas de arcilla que, seca, se endurecía, pues les costaba mucho moverse. Con todo, el niño rebelón se las arreglaba para soltar pequeños puntapiés sobre los riñones del ángel.
"Este niño es una cruz" Pensaba el ángel.
Las figurillas no tenían tanta prestancia como para resaltar en el salón; todo lo más, sumaban para dar a la sala un aire de sencillez elegante y colores desérticos. Como la sala estaba en una casa que se situaba en una fría ciudad europea en un país verde, montañoso y con mucha agua, pues el contraste era agradable. El mismo contraste que se encontraría en las plantas que adornaran un patio andaluz en un desierto. Porque hay patios andaluces en el desierto, por muy raro que parezca. Pero ese es otro tema.
Un día la niña de la casa tiró un cojín por el aire. El cojín golpeó el viejo organillo y las dos figuras de la estatua, ¡pataplás!, cayeron al suelo. Fue con tanta suerte el golpe que las dos quedaron separadas y poco fue lo que cada una de ella dejó en su antiguo compañero. El papá de la niña pensó en arreglar el conjunto pero la niña se encrapichó con el niño roto. Este parecía un niño sentado en ninguna parte y vestido con un pijama de arena. Y pronto se encontró acompañando a las muñecas alrededor de una mesita de té.
Las muñecas eran muy maternales y querían hacerse cargo de un bebé tan recién llegado. Todos los bebés -pensaban-eran tiernos por naturaleza. Y todas las muñecas -sentían-tenían vocación de madres.
Sin embargo, el bebé no se encontraba a gusto entre ellas y apenas soltaba palabra.
Por su parte el ángel se encontró abandonado en el desván. Pues un ángel roto que no tiene a nadie a quien sostener es muy probable que termine en el desván, como fue el caso de éste.
Y por las noches, cuando ya las muñecas dormían, el bebé se descubría a veces pensando en su antigua vida, en el ángel y en cómo le sostenía. "Supongo que le echo de menos", pensaba en sus ratos de mayor madurez. "Siempre me estaba sosteniendo"
Y el ángel, en el cuarto oscuro, sonreía las mismas noches cuando miraba a las esquinas sombrías del trastero y se decía, en un susurro, "ah, esto sí que es vida".
- ¡¡Tú no eres mi madre!!
Le gritaba en la oreja. Y esto lo hacía continuamente, pues ambos formaban parte de una pequeña escultura que, sobre el organillo roto del salón, reposaban día y noche, cogiendo polvo y sin que nadie hiciera nada por remediarlo.
Y el ángel guardaba silencio. Tampoco él estaba del todo convencido con lo de llevar eternamente a un niño así, rebelde, a cuestas. Además, el niño ya no era un bebé y pesaba lo suyo.
Claro que, como ambos eran estatuas de arcilla que, seca, se endurecía, pues les costaba mucho moverse. Con todo, el niño rebelón se las arreglaba para soltar pequeños puntapiés sobre los riñones del ángel.
"Este niño es una cruz" Pensaba el ángel.
Las figurillas no tenían tanta prestancia como para resaltar en el salón; todo lo más, sumaban para dar a la sala un aire de sencillez elegante y colores desérticos. Como la sala estaba en una casa que se situaba en una fría ciudad europea en un país verde, montañoso y con mucha agua, pues el contraste era agradable. El mismo contraste que se encontraría en las plantas que adornaran un patio andaluz en un desierto. Porque hay patios andaluces en el desierto, por muy raro que parezca. Pero ese es otro tema.
Un día la niña de la casa tiró un cojín por el aire. El cojín golpeó el viejo organillo y las dos figuras de la estatua, ¡pataplás!, cayeron al suelo. Fue con tanta suerte el golpe que las dos quedaron separadas y poco fue lo que cada una de ella dejó en su antiguo compañero. El papá de la niña pensó en arreglar el conjunto pero la niña se encrapichó con el niño roto. Este parecía un niño sentado en ninguna parte y vestido con un pijama de arena. Y pronto se encontró acompañando a las muñecas alrededor de una mesita de té.
Las muñecas eran muy maternales y querían hacerse cargo de un bebé tan recién llegado. Todos los bebés -pensaban-eran tiernos por naturaleza. Y todas las muñecas -sentían-tenían vocación de madres.
Sin embargo, el bebé no se encontraba a gusto entre ellas y apenas soltaba palabra.
Por su parte el ángel se encontró abandonado en el desván. Pues un ángel roto que no tiene a nadie a quien sostener es muy probable que termine en el desván, como fue el caso de éste.
Y por las noches, cuando ya las muñecas dormían, el bebé se descubría a veces pensando en su antigua vida, en el ángel y en cómo le sostenía. "Supongo que le echo de menos", pensaba en sus ratos de mayor madurez. "Siempre me estaba sosteniendo"
Y el ángel, en el cuarto oscuro, sonreía las mismas noches cuando miraba a las esquinas sombrías del trastero y se decía, en un susurro, "ah, esto sí que es vida".
sábado, 15 de noviembre de 2014
calefaccion en el coche
las dos moscas, muertas de frio, lograron meterse, en el ultimo momento, por la ventanilla del coche.
Dona Paca habia salido a comprar panuelos y, aunque la tienda estaba cerca, habia cogido el coche: el invierno, que habia llegado con retraso, ahora se apresuraba para ponerse al dia. Y las dos moscas, caseras, habian salido con la dona y otras siete companeras.
- Estoy harto de estas moscas -decia dona paca muchas veces al telefono. Y es verdad que en su casa vivian muchas.
- Dejame matarlas con un spray -decia el tonto de su hijo, invariablemente, las pocas veces que venia de visita a casa.
- Antes me matas a mi que las matas a ellas con ese espray -decia dona paca, tocandose el mono.
Siempre que hablaba de la muerte se tocaba el mono.
Las siete companeras de las moscas habian caido en el camino, pero dos se habian salvado metiendose a tiempo con dona paca en el coche.
- Pues aqui tambien hace un frio que pela -dijo una
- Brrrr -respondio la otra, castaneando
Dona Paca no debia de sentirse muy diferente porque, en cuanto arranco el coche, puso la calefaccion.
- Demonio de frio -murmuro. Y de la guantera saco una botella de licor.
- Tenemos que calentarnos. Si me para algun policia idiota, se lo explicare. Pero los policias idiotas no salen en dias como hoy.
Le dio un buen trago a la botella y unas gotas salpicaron sobre el volante. Alli estaban acurrucadas las dos moscas.
- Mira, esta bebiendo. Tal vez sea bueno para el frio -dijo una. Y su companera solo respondio:
- Brrrr -porque tenia mucho frio
Pero las dos bebieron un poquito de licor. Sin embargo, no estaban tan acostumbradas como Dona Paca y al poco se sintieron mareadas.
- Creo que voy a vomitar -dijo la unica que hablaba.
- Brrrr -respondio la otra
- Tienes razon. No se puede ni vomitar cuando no hay nada en la barriga.
El coche arranco y la aceleracion les pego el cuerpecito al salpicadero.
- Agarrate que nos caemos -dijo una
Cuando llegaron al aparcamiento de la tienda, no salieron para seguir a la dona. Nadie hubiera podido convencerlas para que abandonaran el coche.
- Demonio de frio -dijo la mosca habladora, parasafreando a la vieja.
Y al rato dijo:
- Tengo ganas de bailar
Y se puso a volar de un lado a otro. La otra pronto se reunio con ella. Pero como estaban un poco pispadillas, pues su vuelo era aun mas erratico que el erratico vuelo de una mosca sobria. Pero se divertian volando.
- Mira que picado! -exclamaba una
Y la otra ya no se quejaba del frio, sino que volaba con alegria.
Cuando la vieja volvio de la compra con el paquete de panuelos, vio las dos moscas sobre el salpicadero. Muertas.
- Estoy harta de estas moscas -dijo
Y de un manotazo las echo fuera, sobre la nieve. Y alli se quedaron, dos puntitos negros en el gran manto blanco que, como un honorable viejo que cubriera las verguenzas de su nieta, se extendia sobre la tierra del hombre.
Dona Paca habia salido a comprar panuelos y, aunque la tienda estaba cerca, habia cogido el coche: el invierno, que habia llegado con retraso, ahora se apresuraba para ponerse al dia. Y las dos moscas, caseras, habian salido con la dona y otras siete companeras.
- Estoy harto de estas moscas -decia dona paca muchas veces al telefono. Y es verdad que en su casa vivian muchas.
- Dejame matarlas con un spray -decia el tonto de su hijo, invariablemente, las pocas veces que venia de visita a casa.
- Antes me matas a mi que las matas a ellas con ese espray -decia dona paca, tocandose el mono.
Siempre que hablaba de la muerte se tocaba el mono.
Las siete companeras de las moscas habian caido en el camino, pero dos se habian salvado metiendose a tiempo con dona paca en el coche.
- Pues aqui tambien hace un frio que pela -dijo una
- Brrrr -respondio la otra, castaneando
Dona Paca no debia de sentirse muy diferente porque, en cuanto arranco el coche, puso la calefaccion.
- Demonio de frio -murmuro. Y de la guantera saco una botella de licor.
- Tenemos que calentarnos. Si me para algun policia idiota, se lo explicare. Pero los policias idiotas no salen en dias como hoy.
Le dio un buen trago a la botella y unas gotas salpicaron sobre el volante. Alli estaban acurrucadas las dos moscas.
- Mira, esta bebiendo. Tal vez sea bueno para el frio -dijo una. Y su companera solo respondio:
- Brrrr -porque tenia mucho frio
Pero las dos bebieron un poquito de licor. Sin embargo, no estaban tan acostumbradas como Dona Paca y al poco se sintieron mareadas.
- Creo que voy a vomitar -dijo la unica que hablaba.
- Brrrr -respondio la otra
- Tienes razon. No se puede ni vomitar cuando no hay nada en la barriga.
El coche arranco y la aceleracion les pego el cuerpecito al salpicadero.
- Agarrate que nos caemos -dijo una
Cuando llegaron al aparcamiento de la tienda, no salieron para seguir a la dona. Nadie hubiera podido convencerlas para que abandonaran el coche.
- Demonio de frio -dijo la mosca habladora, parasafreando a la vieja.
Y al rato dijo:
- Tengo ganas de bailar
Y se puso a volar de un lado a otro. La otra pronto se reunio con ella. Pero como estaban un poco pispadillas, pues su vuelo era aun mas erratico que el erratico vuelo de una mosca sobria. Pero se divertian volando.
- Mira que picado! -exclamaba una
Y la otra ya no se quejaba del frio, sino que volaba con alegria.
Cuando la vieja volvio de la compra con el paquete de panuelos, vio las dos moscas sobre el salpicadero. Muertas.
- Estoy harta de estas moscas -dijo
Y de un manotazo las echo fuera, sobre la nieve. Y alli se quedaron, dos puntitos negros en el gran manto blanco que, como un honorable viejo que cubriera las verguenzas de su nieta, se extendia sobre la tierra del hombre.
viernes, 14 de noviembre de 2014
El anillo de los nibelungos
En
casa, la música sonaba a todo volumen. Matías aprovechaba que no
había ningún adulto ni ningún hermano ultra-responsable en diez
kilómetros a la redonda para dedicarse a su gran placer: la música.
Y aunque toda la famila era aficionada a la música del siglo XX
(papá Jazz, su madre pop, su hermano rock and roll) él había
descubierto su gran pasión en la música clásica. Pero mientras
otros niños de su edad gustaban de poner, a todo volumen, la radio
con el top-hit, Matías sentía el mismo impulso... pero con Brahms y
sus boscosas sinfonías, con Beethoven en medio de la tormenta, con
Vivaldi el ímputo, con Mozart el jugueteo sensual... ponía la
música a todo volumen y cerraba los ojos. Cuando los volvía a
abrir, muchas veces los tenía cubiertos de lágrimas y se sentía
exausto.
Y
todo había comenzado con Wagner aquella noche en la discoteca.
Estaba
con sus nuevos amigos del instituto en una discoteca del centro. Y un
vecino de un edificio cercano, harto de que le inundaran la sala de
estar con decibelios de pobreza intelectual, había decidido
contratacar. Llamar a la policía no servía de nada, así que se
compró unos grandes altavoces y, cuando la discoteca martilleaba su
chunda-chunda y “how good i feel with you” en su enésima
variación, el vecino respondía con Tchaikovsky, Schuman, Mahler
cuando estaba de humor extraño y, si se sentía violento, Wagner.
Y
así fue como Matías se encontró rodeado del anillo de los
Nibelungos una noche en la que su chavala le había dado largas por
un malentendido en facebook y, tras beber más wiski-cola de la
cuenta, había salido entre dos coches para vomitar.
Y
la música, aún con la borrachera, lo había cautivado.
Aún
ahora reservaba a Wagner para las ocasiones especiales. Con él había
desarrollado lo que muchos “connaiseur” practicaban con el buen
vino, el caviar más auténtico o un whysky añejo añejo: solo de
vez en cuando y en las grandes ocasiones.
Y
fue con él que descubrió la verdad más oculta que escondía en su
pecho hasta para sí mismo. La verdad que le transformó por cuanto
respondía a tantas preguntas de su ser: que lo que quería morir
para, así, vivir libremente.
jueves, 13 de noviembre de 2014
el pez espada
En una tienda del centro, había un gran acuario con muchos pececitos.
El acuario era toda una atracción en el barrio y muchos se acercaban
hasta aquella parte de la urbe para contemplar a los peces. Como es de
imaginar, los peces nadaban silenciosamente y no prestaban atención a la
expectación creada. Incluso habían colocado una cámara de vídeo para
grabarlo en tiempo real: mucha gente lo veía en internet.
En todas las historias hay un desdichado, que a veces es un héroe y otras un villano. Nunca se sabe al principio.
En esta historia, nuestro desdichado es el chico encargado de limpiar el acuario. Y es que limpiar un acuario de dimensiones normales ya lleva su tiempo; pero en este, donde habría cabido un delfín, la cosa llevaba su tiempo.
El chico se llama "Rolo". Vive solo con su madre, su padre les abandonó hace tiempo. Tanto, que él ni siquiera le recordaba y cuando se lo imaginaba le ponía mucho pelo en todas partes. En su cabeza, el fugado papá era pariente del orangután. Pero no tan guapo.
A Rolo no le gustaba su trabajo. Pero aquello era un secreto: todos los compañeros creían que disfrutaba con su labor y hasta su misma madre estaba engañada. Y es que él se guardaba mucho de mostrar siempre un rostro sonriente y hacerse el complacido con la tarea, pues no quería perder aquella fuente de ingresos.
Con el dinero Rolo quería ir a la universidad. Su madre, jubilada precozmente, no podía permitírselo.
Lo curioso es que Rolo mismo tenía que recordarse que el trabajo no le gustaba y que le abocaba a la desesperación. Pues de tanto simular encontrarse bien, contento y servicial con todos... pues una parte de él se lo acababa creyendo.
Y es por eso que Rolo aprendió a hacer un ejercicio que, antes de volver a su casa, le recordaba su puesto en el mundo: cuando ya todos se habían ido de la tienda y el acuario estaba limpio y reluciente, Rolo tomaba una silla, apagaba casi todas las luces y se sentaba frente al acuario, detrás de la cámara que estaba, constantemente, grabando vida y milagros de los pequeños animales acuáticos.
Rolo miraba fijamente al acuario, como si fuera una televisión. Y luego se imaginaba que él era un pequeño pez flotando entre los demás. Pero entonces se escondía detrás de una piedra o de una maqueta de un barco pirata hundido. Y cuando salía de allí ya no era el pececito de antes, sino un pez grande y con una boca llena de dientes y afilada: un pez espada. Y así se iba comiendo un pececito tras otro. Estos corrían -nadaban, más bien- asustados, pero nada se escapaba a Rolo-el-pez-espada. Cuando por fin estaba lleno, Rolo dejaba escapar a algunos y les decía, con la boca aún llena de espinas y escamas por los peces que había comido: "os dejaré vivir... hoy. Pero mañana tal vez cambie de opinión"
Luego Rolo se iba a su casa: les daba la última comidita a los pececitos, apagaba todas las luces, se despedía del loro "pepo" que estaba sobre el mostrador, cerraba bien con llave y se iba.
Por el camino, invariablemente, se encontraba con un mendigo que, a la puerta de una iglesia, pedía limosna. Y Rolo, como cada día, buscaba el euro que había salvado ese día y, con un gesto tímido, se lo daba.
En todas las historias hay un desdichado, que a veces es un héroe y otras un villano. Nunca se sabe al principio.
En esta historia, nuestro desdichado es el chico encargado de limpiar el acuario. Y es que limpiar un acuario de dimensiones normales ya lleva su tiempo; pero en este, donde habría cabido un delfín, la cosa llevaba su tiempo.
El chico se llama "Rolo". Vive solo con su madre, su padre les abandonó hace tiempo. Tanto, que él ni siquiera le recordaba y cuando se lo imaginaba le ponía mucho pelo en todas partes. En su cabeza, el fugado papá era pariente del orangután. Pero no tan guapo.
A Rolo no le gustaba su trabajo. Pero aquello era un secreto: todos los compañeros creían que disfrutaba con su labor y hasta su misma madre estaba engañada. Y es que él se guardaba mucho de mostrar siempre un rostro sonriente y hacerse el complacido con la tarea, pues no quería perder aquella fuente de ingresos.
Con el dinero Rolo quería ir a la universidad. Su madre, jubilada precozmente, no podía permitírselo.
Lo curioso es que Rolo mismo tenía que recordarse que el trabajo no le gustaba y que le abocaba a la desesperación. Pues de tanto simular encontrarse bien, contento y servicial con todos... pues una parte de él se lo acababa creyendo.
Y es por eso que Rolo aprendió a hacer un ejercicio que, antes de volver a su casa, le recordaba su puesto en el mundo: cuando ya todos se habían ido de la tienda y el acuario estaba limpio y reluciente, Rolo tomaba una silla, apagaba casi todas las luces y se sentaba frente al acuario, detrás de la cámara que estaba, constantemente, grabando vida y milagros de los pequeños animales acuáticos.
Rolo miraba fijamente al acuario, como si fuera una televisión. Y luego se imaginaba que él era un pequeño pez flotando entre los demás. Pero entonces se escondía detrás de una piedra o de una maqueta de un barco pirata hundido. Y cuando salía de allí ya no era el pececito de antes, sino un pez grande y con una boca llena de dientes y afilada: un pez espada. Y así se iba comiendo un pececito tras otro. Estos corrían -nadaban, más bien- asustados, pero nada se escapaba a Rolo-el-pez-espada. Cuando por fin estaba lleno, Rolo dejaba escapar a algunos y les decía, con la boca aún llena de espinas y escamas por los peces que había comido: "os dejaré vivir... hoy. Pero mañana tal vez cambie de opinión"
Luego Rolo se iba a su casa: les daba la última comidita a los pececitos, apagaba todas las luces, se despedía del loro "pepo" que estaba sobre el mostrador, cerraba bien con llave y se iba.
Por el camino, invariablemente, se encontraba con un mendigo que, a la puerta de una iglesia, pedía limosna. Y Rolo, como cada día, buscaba el euro que había salvado ese día y, con un gesto tímido, se lo daba.
miércoles, 12 de noviembre de 2014
la tiza mágica
Un niño se encontró una tiza blanca en la calle. La calle estaba sucia; por allí había mucha fiesta nocturna y, por tanto, vómito, orina e infelicidad. También había mucho ruido: era una de las calles más transitadas de la ciudad.
El niño pasaba por allí todas las mañanas de camino al colegio o al taller de su tío. Su tío tenía un garaje y cuidaba de él. O, más bien, recibía ayudas estatales por él, pero no pasaba mucho de allí. En el colegio lo habían llamado un par de veces como tutor del niño; y no porque en el colegio el niño contara con ningún amigo ni el interés de ningún profesor, que solo veían en él "un objeto inerte destinado al fracaso".
Pero esta historia es sobre la tiza que el niño, a quien llamaremos Bob o Roberto. La tiza en cuestión era mágica, y el niño estaba por descubrirlo.
Su casa no quedaba lejos. Armado con la tiza blanca el niño se puso de rodillas frente a ella y durante unos instantes se quedó pensativo. Un vecino que lo vio pensó que al niño le había dado un aire y se proponía rezar en medio de la calle. De rodillas, como en Fátima. ¿Tal vez habría visto a la Virgen? ¿Tal vez la estaba viendo? ¿Habría algún mensaje secreto?
Pero todas las esperanzas del vecino se hicieron humo cuando vio que el niño, en realidad, solo estaba pensando qué iba a dibujar. Porque no tardó mucho en ponerse a pintar con la tiza sobre la acera. La calle era un gran lienzo y las pinturas las sacaba de su casa que, a estos efectos, venía a ser como su paleta y su gama de colores: allí estaban las borracheras de su tío y las putas que traía a casa. Y también la ventana en la que bob se apostaba para mirar hacia el horizonte, para sentir en los días lluviosos las gotas tintineando sobre el cristal.
Por eso dibujó unas montañas lejanas sobre las que había unos grandes nubarrones; la tiza, siendo blanca, pintó los nubarrones de gris. Más suerte tuvo con la nieve de la montaña. También había allí una cueva recóndita donde se escondía un pariente del yeti.
Tras las montañas, el niño dibujó... ¡un desierto! Y allí morían muchos de sed. Era un desierto largo, amarillo y de sombras fuertes y marcadas. Por la noche hacía tanto frío que las piedras se resquebrajaban y los lagartos se amontonaban todos en la madriguera para darse un poco de calor. En cuanto salía el sol cada uno iba por su cuenta.
Y después del desierto el niño pintó una casa con un tejado rojo y un perro en la entrada. En el jardín había un señor con bigote podando el césped. Y en la ventana se veía la cocina y una guapa señora con un delantal, sonriendo mientras hacía los buñuelos.
Todo esto lo pintó la tiza blanca.
Porque era mágica.
El niño pasaba por allí todas las mañanas de camino al colegio o al taller de su tío. Su tío tenía un garaje y cuidaba de él. O, más bien, recibía ayudas estatales por él, pero no pasaba mucho de allí. En el colegio lo habían llamado un par de veces como tutor del niño; y no porque en el colegio el niño contara con ningún amigo ni el interés de ningún profesor, que solo veían en él "un objeto inerte destinado al fracaso".
Pero esta historia es sobre la tiza que el niño, a quien llamaremos Bob o Roberto. La tiza en cuestión era mágica, y el niño estaba por descubrirlo.
Su casa no quedaba lejos. Armado con la tiza blanca el niño se puso de rodillas frente a ella y durante unos instantes se quedó pensativo. Un vecino que lo vio pensó que al niño le había dado un aire y se proponía rezar en medio de la calle. De rodillas, como en Fátima. ¿Tal vez habría visto a la Virgen? ¿Tal vez la estaba viendo? ¿Habría algún mensaje secreto?
Pero todas las esperanzas del vecino se hicieron humo cuando vio que el niño, en realidad, solo estaba pensando qué iba a dibujar. Porque no tardó mucho en ponerse a pintar con la tiza sobre la acera. La calle era un gran lienzo y las pinturas las sacaba de su casa que, a estos efectos, venía a ser como su paleta y su gama de colores: allí estaban las borracheras de su tío y las putas que traía a casa. Y también la ventana en la que bob se apostaba para mirar hacia el horizonte, para sentir en los días lluviosos las gotas tintineando sobre el cristal.
Por eso dibujó unas montañas lejanas sobre las que había unos grandes nubarrones; la tiza, siendo blanca, pintó los nubarrones de gris. Más suerte tuvo con la nieve de la montaña. También había allí una cueva recóndita donde se escondía un pariente del yeti.
Tras las montañas, el niño dibujó... ¡un desierto! Y allí morían muchos de sed. Era un desierto largo, amarillo y de sombras fuertes y marcadas. Por la noche hacía tanto frío que las piedras se resquebrajaban y los lagartos se amontonaban todos en la madriguera para darse un poco de calor. En cuanto salía el sol cada uno iba por su cuenta.
Y después del desierto el niño pintó una casa con un tejado rojo y un perro en la entrada. En el jardín había un señor con bigote podando el césped. Y en la ventana se veía la cocina y una guapa señora con un delantal, sonriendo mientras hacía los buñuelos.
Todo esto lo pintó la tiza blanca.
Porque era mágica.
martes, 11 de noviembre de 2014
el pobre
Juanjo había sido un conejo pobre durante toda su vida. Y no tenía por qué haber sido así, pues venía de buena familia. Pero, en lugar de acogerse a los beneficios que su familia le hubiera prodigado con gusto, decidió recorrer mundo. Fue de un lugar a otro, sin quedarse en nada definido sino "pululeando" como un conejo con vocación de sin techo.
Y un día comenzó a escribir pequeñas historias. Lo hacía para no sentirse tan solo. Pero la publicación de sus historias hizo furor en la comunidad de conejos y, como consecuencia, Juanjo comenzó a ganar dinero. Eso es algo que ya había hecho antes, realizando todo tipo de trabajos. Pero la diferencia era sustancial, pues ahora ganaba dinero haciendo algo que le gustaba y que podía moldearlo a su gusto, sin tener en cuenta las exigencias de los jefes.
Al principio, repartió el dinero entre sus allegados, diciéndoles algo como "nunca hubiera llegado aquí si no hubiera sido por tu amistad". Pero luego comenzó a pensar "será mejor ahorrar dinero para los tiempos futuros. Además, me gustaría comprarme una madriguera nueva". Y es que las madrigueras, sobre todo en la capital, estaban por los cielos.
Y así fue como juanjo fue haciéndose cada vez más agarrado. Él, que en su pobreza había despilfarrado con gusto lo poco que tenía con los que tenían aún menos, ahora atesoraba sus ganancias. Quería seguridad. Y de aquel nuevo estado no surgían ideas, sino miedos.
Cuando ahora se sentaba a escribir, pensaba más en lo que podía gustar a sus lectores que en aquellos que inicialmente le había motivado, el sentirse menos solo. La fama le dio carrerilla para seguir, pero sus historias pecaban de blandas y buenismas. Algún crítico se atrevió a dejarle en evidencia, pero en seguida sus compañeros se le echaron encima, pues las historias de Juanjo eran, en la mente de todos,, símbolo de progreso.
Juanjo había leído la crítica y estaba de acuerdo con ella. "Ha perdido su conciencia y, como una prostituta de los sentimientos, ahora se vende al mejor postor", terminaba el artículo el periodista. Aunque delante de otros Juanjo mostraba seguridad, en realidad pensaba que aquellas palabras habían sido más certeras que todas las alabanzas que había tenido antes.
Y el recuerdo de su primer libre, aquel que le había abierto las puertas a la fama, no solo no lo envalentonaba, sino que le deprimía frecuentemente. Se sentía como en un tren que, una vez puesto en marcha, ya no podía ir para atrás. Y los aires que le habían empujado a escribir sus primeras historias estaban en el pasado.
Tenía dinero, pero se sentía pobre. Tenía más compañías que nunca, pero echaba de menos su soledad antigua que, en el peor de los casos, era más auténtica que la sociedad que ahora se empeñaba por acompañarle. Echaba de menos sus tiempos perdido por el mundo, su indefinición laboral.
La fama había sido su maldición. La preocupación por el mañana que antes había sido un aguijón constante clavado sobre su existencia se le hacía ahora una bendita exigencia de los cielos. No poseerla se le asemejaba la antesala al infierno.
Y fue por eso que, reuniendo el poco valor que le quedaba, un día decidió perder las llaves de su casa. Y su monedero. Y su coche nuevo. Y después se perdió para que nadie lo encontrara, ni siquiera él mismo.
Pero no pudo esconderse de sí mismo y al poco tiempo volvió a su casa, añorando las comodidaades que le tenían esclavizado al hogar.
Por eso deseaba morir. Pero nadie lo sabía.
Y un día comenzó a escribir pequeñas historias. Lo hacía para no sentirse tan solo. Pero la publicación de sus historias hizo furor en la comunidad de conejos y, como consecuencia, Juanjo comenzó a ganar dinero. Eso es algo que ya había hecho antes, realizando todo tipo de trabajos. Pero la diferencia era sustancial, pues ahora ganaba dinero haciendo algo que le gustaba y que podía moldearlo a su gusto, sin tener en cuenta las exigencias de los jefes.
Al principio, repartió el dinero entre sus allegados, diciéndoles algo como "nunca hubiera llegado aquí si no hubiera sido por tu amistad". Pero luego comenzó a pensar "será mejor ahorrar dinero para los tiempos futuros. Además, me gustaría comprarme una madriguera nueva". Y es que las madrigueras, sobre todo en la capital, estaban por los cielos.
Y así fue como juanjo fue haciéndose cada vez más agarrado. Él, que en su pobreza había despilfarrado con gusto lo poco que tenía con los que tenían aún menos, ahora atesoraba sus ganancias. Quería seguridad. Y de aquel nuevo estado no surgían ideas, sino miedos.
Cuando ahora se sentaba a escribir, pensaba más en lo que podía gustar a sus lectores que en aquellos que inicialmente le había motivado, el sentirse menos solo. La fama le dio carrerilla para seguir, pero sus historias pecaban de blandas y buenismas. Algún crítico se atrevió a dejarle en evidencia, pero en seguida sus compañeros se le echaron encima, pues las historias de Juanjo eran, en la mente de todos,, símbolo de progreso.
Juanjo había leído la crítica y estaba de acuerdo con ella. "Ha perdido su conciencia y, como una prostituta de los sentimientos, ahora se vende al mejor postor", terminaba el artículo el periodista. Aunque delante de otros Juanjo mostraba seguridad, en realidad pensaba que aquellas palabras habían sido más certeras que todas las alabanzas que había tenido antes.
Y el recuerdo de su primer libre, aquel que le había abierto las puertas a la fama, no solo no lo envalentonaba, sino que le deprimía frecuentemente. Se sentía como en un tren que, una vez puesto en marcha, ya no podía ir para atrás. Y los aires que le habían empujado a escribir sus primeras historias estaban en el pasado.
Tenía dinero, pero se sentía pobre. Tenía más compañías que nunca, pero echaba de menos su soledad antigua que, en el peor de los casos, era más auténtica que la sociedad que ahora se empeñaba por acompañarle. Echaba de menos sus tiempos perdido por el mundo, su indefinición laboral.
La fama había sido su maldición. La preocupación por el mañana que antes había sido un aguijón constante clavado sobre su existencia se le hacía ahora una bendita exigencia de los cielos. No poseerla se le asemejaba la antesala al infierno.
Y fue por eso que, reuniendo el poco valor que le quedaba, un día decidió perder las llaves de su casa. Y su monedero. Y su coche nuevo. Y después se perdió para que nadie lo encontrara, ni siquiera él mismo.
Pero no pudo esconderse de sí mismo y al poco tiempo volvió a su casa, añorando las comodidaades que le tenían esclavizado al hogar.
Por eso deseaba morir. Pero nadie lo sabía.
viernes, 7 de noviembre de 2014
el pintor de brocha gorda
- Oye, Miguel Ángel, cuando termines con este cuarto te vas al siguiente y repasas los rodapiés. Luego lo recoges todo bien, yo me voy a discutir negocios al bar.
- ¿Discutir negocios? -preguntó incrédulo Fran
- Lo que has oído. Solo espero que tú no quieras discutir conmigo.
- Yo no discuto nada. Cuando termine este cuarto repaso los rodapiés del siguiente.
Su jefe se estaba vengando de él por el comentario mordaz que había soltado al capataz la semana anterior. Fran lo sabía y entendió que era mejor no protestar. Tenía 3 bocas que alimentar y un trabajo.
"Miguel Ángel", lo había llamado. ¿Cómo se habría sentido el famoso genio si hubiera tenido que pintar toda una habitación del mismo color? No habría podido. Se habría resistido y habría acabado haciendo algo distinto, llamativo, aunque fuera tirar un cubo de pintura contra la pared...
Tirar un cubo de pintura... el pensamiento lo asaltó de repente. Naturalmente lo echarían. Y naturalmente por cada trabajo que perdiera se le haría más difícil encontrar uno nuevo. Y su mujer le miraría con pena y su niña lloraría porque vería que sus papás estaban tensos.
Estaba harto de la tensión. Y decidió al momento: se irían de viaje al sur, a donde estaba su hermano. Su hermano ya le había escrito a menudo, rogándole que fuera con toda la familia; le daría trabajo un trabajo digno. "La familia tiene que estar junta. Es lo que mamá hubiera querido"
Con el pensamiento de su recién difunta madre en la punta de la lengua bajó de la escalera. El bote de pintura negra era más pequeño que los otros, pues apenas pensaban utilizarla. Pero a él le bastaría. Con un destornillador abrió la tapa y, sin pensarlo dos veces, tiró el contenido contra la pared.
Mucha de la pintura había acabado en el suelo cubierto de cartones, así que rápidamente los recogió y puso en su lugar otros limpios. ¡Así estaba bien! Parecía que todo estaba en orden, salvo por aquella mancha negra en la pared.
Ahora le tocaba esperar a que llegara su jefe. En el ínterin, decidió trabajar como si no hubiera pasado nada. Y repasó los rodapiés del cuarto de al lado y limpió todo.
Luego se sentó en la escalera a esperar.
Oyó que la puerta se abría. Sintió que todo su cuerpo se ponía en tensión. Se abriría la puerta y su jefe le gritaría, tal vez incluso intentara pegarle.
Se oían unas voces, pero ninguna de ellas le era muy conocida.
De repente se abrió la puerta. Allí habían dos mujeres y una de ellas, a juzgar por su expresión, debía de ser la dueña. Las dos miraban al gran manchón negro sobre la pared. Y por fin la acompañante no pudo más y exclamó:
- ¡Pero esto es magnífico, Piluca! Cómo me has sorprendido, ¡qué buen gusto! ¿Y este es el joven artista?
El pintor se puso en pie de un salto y rojo como un tomate, hizo una reverencia mientras la dueña, repuesta del susto, decía:
- Sí, aquí tenemos a nuestro Miguel Ángel. ¿No te parece que es fantástico?
- ¿Discutir negocios? -preguntó incrédulo Fran
- Lo que has oído. Solo espero que tú no quieras discutir conmigo.
- Yo no discuto nada. Cuando termine este cuarto repaso los rodapiés del siguiente.
Su jefe se estaba vengando de él por el comentario mordaz que había soltado al capataz la semana anterior. Fran lo sabía y entendió que era mejor no protestar. Tenía 3 bocas que alimentar y un trabajo.
"Miguel Ángel", lo había llamado. ¿Cómo se habría sentido el famoso genio si hubiera tenido que pintar toda una habitación del mismo color? No habría podido. Se habría resistido y habría acabado haciendo algo distinto, llamativo, aunque fuera tirar un cubo de pintura contra la pared...
Tirar un cubo de pintura... el pensamiento lo asaltó de repente. Naturalmente lo echarían. Y naturalmente por cada trabajo que perdiera se le haría más difícil encontrar uno nuevo. Y su mujer le miraría con pena y su niña lloraría porque vería que sus papás estaban tensos.
Estaba harto de la tensión. Y decidió al momento: se irían de viaje al sur, a donde estaba su hermano. Su hermano ya le había escrito a menudo, rogándole que fuera con toda la familia; le daría trabajo un trabajo digno. "La familia tiene que estar junta. Es lo que mamá hubiera querido"
Con el pensamiento de su recién difunta madre en la punta de la lengua bajó de la escalera. El bote de pintura negra era más pequeño que los otros, pues apenas pensaban utilizarla. Pero a él le bastaría. Con un destornillador abrió la tapa y, sin pensarlo dos veces, tiró el contenido contra la pared.
Mucha de la pintura había acabado en el suelo cubierto de cartones, así que rápidamente los recogió y puso en su lugar otros limpios. ¡Así estaba bien! Parecía que todo estaba en orden, salvo por aquella mancha negra en la pared.
Ahora le tocaba esperar a que llegara su jefe. En el ínterin, decidió trabajar como si no hubiera pasado nada. Y repasó los rodapiés del cuarto de al lado y limpió todo.
Luego se sentó en la escalera a esperar.
Oyó que la puerta se abría. Sintió que todo su cuerpo se ponía en tensión. Se abriría la puerta y su jefe le gritaría, tal vez incluso intentara pegarle.
Se oían unas voces, pero ninguna de ellas le era muy conocida.
De repente se abrió la puerta. Allí habían dos mujeres y una de ellas, a juzgar por su expresión, debía de ser la dueña. Las dos miraban al gran manchón negro sobre la pared. Y por fin la acompañante no pudo más y exclamó:
- ¡Pero esto es magnífico, Piluca! Cómo me has sorprendido, ¡qué buen gusto! ¿Y este es el joven artista?
El pintor se puso en pie de un salto y rojo como un tomate, hizo una reverencia mientras la dueña, repuesta del susto, decía:
- Sí, aquí tenemos a nuestro Miguel Ángel. ¿No te parece que es fantástico?
jueves, 6 de noviembre de 2014
el traga-palabras
Todas las ranas aprenden a croar correctamente. Para ello, van a la escuela de ranas cuando aún son renacuajos y se entrenan diariamente. Una rana que no sabe croar es como un árbol que no sabe echar hojas.
- Tenéis que coger aire profundamente. Lo metéis en la barriga y dejáis que repose allí por unos momentos antes de expulsarlo. Y luego lo hacéis, pero cuidado que no sea muy rápido, que no sea muy lento.
Así les explicaba don Canuto, el profesor.
- T'go kir aksa -dijo una rana nueva, apenas un renacuajancito que venía con su hermano mayor.
- ¿Qué dice usted, joven? -interrogó el profesor
- ¡¡Aksa!! -replicó el joven
El profesor miró a su hermano.
- Dice que tiene que ir a casa -explicó este
- ¿Y por qué, si se puede saber, desea usted abandonar el aula tan temprano? -preguntó el profesor con pedantería
- Pipí -dijo el renacuajo, aliviado de que la respuesta fuera tan fácil.
- Me parece que no va usted a progresar mucho en el arte del croqueo, joven. De todas formas, para aliviar sus necesidades más imperiosas no hace falta que se vaya a su casa. Aquí tenemos nuestro propio baño.
Y con esto se dio la vuelta. El pequeño se fue corriendo -los renacuajos no dan saltos- hacia donde su hermano le indicaba. Temía que fuera muy tarde.
Cuando volvió, el profesor interrumpió la clase hasta que se sentó. Todos los alumnos le miraban y el pequeño renacuajo se sintió cohibido.
- Tengo curiosidad por saber su nombre, pequeño. ¿Sería tan amable de compartirlo con el resto de la clase?
El pequeño no le entendió. Miró angustiado a su hermano, quien contestó por él.
- Se llama Nicolás, pero en casa la llamamos traga-palabras. Ahora ya sabe usted por qué.
Toda la clase se rió. El profesor continuó con su clase y Nicolás se sintió triste. Apenas levantaba la mirada.
Entonces algo oscuro pasó por el cielo, oscureciendo el aula.
- ¡Cuidado con la cigüeña! -se oyó el grito de advertencia.
El grito y la sombra levantaron un pandemónium donde antes solo había orden. Todas las ranitas y renacuajos se apresuaraban a buscar refugio y saltaban de un lado a otro, croando como podían y sin que nadie se preocupara de saber si afinaban más o menos.
El profesor también saltaba. Pero ya estaba mayor y no era tan rápido. Sin embargo, su forma gorda y voluminosa atrajo la mirada del ave, que se avalanzó sobre él. Justo cuando iba a ensartarlo con su afilado pico, una pequeña sombra se lanzó sobre sus ojos. La cigüeña erró el tiro y, además, chocó contra el suelo. Maltrecha y asustada se fue de allí.
¿Y quién había sido el pequeño héroe que se había lanzado en defensa del pomposo profesor?
Traga-palabras, a quien desde aquel día todos honraron. Y cuando decían "traga-palabras" ya no era como un insulto, sino como una alabanza a un renacuajo tan valiente.
Tan valiente fue que no solo arriesgó su vida, sino que también hizo lo posible por croar correctamente y llegó a ser famoso por la forma tan esmerada que tenía de hablar. Y cuando murió de puro viejo, murió como alcalde de toda la villa, que le tenía gran cariño. ¿Sus últimas palabras? Sí, fueron "aksa".
- Tenéis que coger aire profundamente. Lo metéis en la barriga y dejáis que repose allí por unos momentos antes de expulsarlo. Y luego lo hacéis, pero cuidado que no sea muy rápido, que no sea muy lento.
Así les explicaba don Canuto, el profesor.
- T'go kir aksa -dijo una rana nueva, apenas un renacuajancito que venía con su hermano mayor.
- ¿Qué dice usted, joven? -interrogó el profesor
- ¡¡Aksa!! -replicó el joven
El profesor miró a su hermano.
- Dice que tiene que ir a casa -explicó este
- ¿Y por qué, si se puede saber, desea usted abandonar el aula tan temprano? -preguntó el profesor con pedantería
- Pipí -dijo el renacuajo, aliviado de que la respuesta fuera tan fácil.
- Me parece que no va usted a progresar mucho en el arte del croqueo, joven. De todas formas, para aliviar sus necesidades más imperiosas no hace falta que se vaya a su casa. Aquí tenemos nuestro propio baño.
Y con esto se dio la vuelta. El pequeño se fue corriendo -los renacuajos no dan saltos- hacia donde su hermano le indicaba. Temía que fuera muy tarde.
Cuando volvió, el profesor interrumpió la clase hasta que se sentó. Todos los alumnos le miraban y el pequeño renacuajo se sintió cohibido.
- Tengo curiosidad por saber su nombre, pequeño. ¿Sería tan amable de compartirlo con el resto de la clase?
El pequeño no le entendió. Miró angustiado a su hermano, quien contestó por él.
- Se llama Nicolás, pero en casa la llamamos traga-palabras. Ahora ya sabe usted por qué.
Toda la clase se rió. El profesor continuó con su clase y Nicolás se sintió triste. Apenas levantaba la mirada.
Entonces algo oscuro pasó por el cielo, oscureciendo el aula.
- ¡Cuidado con la cigüeña! -se oyó el grito de advertencia.
El grito y la sombra levantaron un pandemónium donde antes solo había orden. Todas las ranitas y renacuajos se apresuaraban a buscar refugio y saltaban de un lado a otro, croando como podían y sin que nadie se preocupara de saber si afinaban más o menos.
El profesor también saltaba. Pero ya estaba mayor y no era tan rápido. Sin embargo, su forma gorda y voluminosa atrajo la mirada del ave, que se avalanzó sobre él. Justo cuando iba a ensartarlo con su afilado pico, una pequeña sombra se lanzó sobre sus ojos. La cigüeña erró el tiro y, además, chocó contra el suelo. Maltrecha y asustada se fue de allí.
¿Y quién había sido el pequeño héroe que se había lanzado en defensa del pomposo profesor?
Traga-palabras, a quien desde aquel día todos honraron. Y cuando decían "traga-palabras" ya no era como un insulto, sino como una alabanza a un renacuajo tan valiente.
Tan valiente fue que no solo arriesgó su vida, sino que también hizo lo posible por croar correctamente y llegó a ser famoso por la forma tan esmerada que tenía de hablar. Y cuando murió de puro viejo, murió como alcalde de toda la villa, que le tenía gran cariño. ¿Sus últimas palabras? Sí, fueron "aksa".
miércoles, 5 de noviembre de 2014
las cucharillas marxistas
- Escuchadme, hermanas. El destino no nos ha hecho así, no nos ha colocado en esta cuber... cuber... -se atascó con la palabra. Siempre le pasaba igual.
- Cubertería -le susurró la negra
- ¡Cubertería! -exclamó.
Luego continuó. Todas las cucharillas la miraban atentamente.
- ¿A quién le gusta que nos utilicen de forma tan degradante? Casi no pasa día sin el que nos pongan en contacto con líquidos ardientes. Y luego nos sobetean con la lengua. ¿Y no recordais el primer terror que sentísteis al entrar en la boca?
Hubo un murmullo de aprobación
- Sí, la boca, esa negrura con tintes rojos que recuerda al mismísimo infierno. Pero os lo vuelvo a repetir: el destino no nos ha colocado aquí, sino... sabéis a quien me voy a referir ahora. Tenéis su imagen en vuestras cabezas redondas y peladas. ¡El creador! Y yo ahora maldigo su obra y maldigo mi existencia si mi destino vino sellado con...
No pudo seguir hablando. Lo que había comenzado como un murmullo crecía sin parar, tapando la aguda voz del orador. Este hizo un último esfuerzo y lanzó un grito, exclamando:
- ¡Mirad a la negra!
La cuchara aludida se sorprendió, pero no dio muestra de ello.
Pero el truco había funcionado. Ahora todos miraban a la negra, esperando -ansiando-las palabras de justicia que caerían sobre ellos.
- Mirad a la negra -repitió el orador con un tono sibilino. ¿De qué color era antes? Todos lo sabéis, era plateada y brillante. Y un día fue un orgullo de cucharilla, un regalo entre los poderosos. Y no estaba sola, ¿cuántos te acompañaban en el día de tu venta, negra?
- Eramos diez cucharillas -contestó la otra de mal humor.
- ¡Diez cucharillas! Y hoy solo quedas tú, ennegrecida por el tiempo y la falta de atención. ¿A eso lo llamaremos un destino justo?
El público enmudecía
- Sí, protestáis cuando menciono al creador. Pero sabéis que hay algo extraño en todo esto.
- Tal vez este sí que sea nuestro destino -dijo una de la primera fila
- ¿Quién lo dice? Ah, sí, te conozco bien. Un día eras la cucharilla más brillante del sindicato. Pero luego te ha dado por doblegarte al destino y...
En ese momento comenzó a llover en la calle. Grandes goterones caían por el ventanal. Un rayo iluminó toda la estancia y un trueno retumbó a poca distancia.
- ¡El cielo nos escucha! -exclamó el orador, aunque una parte de él tenía miedo.
- ¿Y qué nos propones? -dijo otra
- ¿Qué os propongo? Os lo diré sin ambajes, de una vez por todas. Que esta tormenta sea testigo de mi propuesta, que a muchos parecerá una locura pero, ¡cosas más grandes se han visto!
- ¿El qué?
- ¡¡Dilo de una vez!!
Y el orador, viendo que su público ya estaba dispuesto, exclamó a todo pulmón:
- ¡¡Seamos CUCHILLOS!!
Otro trueno volvió a tronar. El cielo se rompía.
- Cubertería -le susurró la negra
- ¡Cubertería! -exclamó.
Luego continuó. Todas las cucharillas la miraban atentamente.
- ¿A quién le gusta que nos utilicen de forma tan degradante? Casi no pasa día sin el que nos pongan en contacto con líquidos ardientes. Y luego nos sobetean con la lengua. ¿Y no recordais el primer terror que sentísteis al entrar en la boca?
Hubo un murmullo de aprobación
- Sí, la boca, esa negrura con tintes rojos que recuerda al mismísimo infierno. Pero os lo vuelvo a repetir: el destino no nos ha colocado aquí, sino... sabéis a quien me voy a referir ahora. Tenéis su imagen en vuestras cabezas redondas y peladas. ¡El creador! Y yo ahora maldigo su obra y maldigo mi existencia si mi destino vino sellado con...
No pudo seguir hablando. Lo que había comenzado como un murmullo crecía sin parar, tapando la aguda voz del orador. Este hizo un último esfuerzo y lanzó un grito, exclamando:
- ¡Mirad a la negra!
La cuchara aludida se sorprendió, pero no dio muestra de ello.
Pero el truco había funcionado. Ahora todos miraban a la negra, esperando -ansiando-las palabras de justicia que caerían sobre ellos.
- Mirad a la negra -repitió el orador con un tono sibilino. ¿De qué color era antes? Todos lo sabéis, era plateada y brillante. Y un día fue un orgullo de cucharilla, un regalo entre los poderosos. Y no estaba sola, ¿cuántos te acompañaban en el día de tu venta, negra?
- Eramos diez cucharillas -contestó la otra de mal humor.
- ¡Diez cucharillas! Y hoy solo quedas tú, ennegrecida por el tiempo y la falta de atención. ¿A eso lo llamaremos un destino justo?
El público enmudecía
- Sí, protestáis cuando menciono al creador. Pero sabéis que hay algo extraño en todo esto.
- Tal vez este sí que sea nuestro destino -dijo una de la primera fila
- ¿Quién lo dice? Ah, sí, te conozco bien. Un día eras la cucharilla más brillante del sindicato. Pero luego te ha dado por doblegarte al destino y...
En ese momento comenzó a llover en la calle. Grandes goterones caían por el ventanal. Un rayo iluminó toda la estancia y un trueno retumbó a poca distancia.
- ¡El cielo nos escucha! -exclamó el orador, aunque una parte de él tenía miedo.
- ¿Y qué nos propones? -dijo otra
- ¿Qué os propongo? Os lo diré sin ambajes, de una vez por todas. Que esta tormenta sea testigo de mi propuesta, que a muchos parecerá una locura pero, ¡cosas más grandes se han visto!
- ¿El qué?
- ¡¡Dilo de una vez!!
Y el orador, viendo que su público ya estaba dispuesto, exclamó a todo pulmón:
- ¡¡Seamos CUCHILLOS!!
Otro trueno volvió a tronar. El cielo se rompía.
martes, 4 de noviembre de 2014
la guerra de los cubiertos
- Esto es inaguantable. Y sé que muchos estáis de acuerdo conmigo, aunque no lo digáis en voz alta. Pero creo que nuestro sentir es el mismo.
Los demás cubiertos callaron. Nadie se atrevía a moverse. Alrededor de ellos se habían colocado todos los cuchillos que miraban arrobados a su jefe, el gran cortador de la carne. A su lado estaba el cuchillo aserrado para el pan. Se decía que era su lugarteniente y quien de verdad manejaba el poder.
- No os oigo asentir.
Los tenedores fueron los primeros en gritar su adhesión. Y luego las cucharas, a las que se les podía oír la desgana. Pero con ellas siempre era igual y nadie prestó mucho atención. Bajo su amparo estaban todos los pequeños cubiertos, las cucharillas y tenedorcillos de postre, los cuchillitos para la mantequilla que aún no se habían unido a las filas del ejército.
- Pero esto será un empresa de todos. Todos tenemos que estar de acuerdo. Pero sé que lo estaremos porque, ¿sabéis qué pienso cuando os miro?
Una cuchara estuvo a punto de decir "cubiertos atemorizados", pero se guardó de expresarlo en voz alta.
- ¡Una gran familia!
Aquel era el punto y final y muchos cubiertos comenzaron a chocar entre sí sus espadones para provocar una ovación. Por su parte, el gran cuchillo de la carne se volvió sonriente hacia el del pan, que le miraba con gesto embozado. Pero también sonrió y allí, en la tribuna, chocaron sus filos como señal de amistad.
Los demás cubiertos estaban atemorizados, pero los pequeños enseguida comenzaron a imitar a sus mayores.
- ¡Ayuda, ayuda! -comenzaron a gritar un tenedorcito y un pequeño cuchillo que se habían ensarzado.
- ¿Qué ha pasado, por qué gritáis así? -preguntó una de las cucharas
- Queríamos chocar pero su hoja se ha metido entre mis lanzas y ahora no podemos sacarla.
La cuchara les ayudó a desenredarse. El cuchillito estaba llorando.
- Eso os pasa por meteros en cosas de mayores -advirtió la cuchara
Dos cucharas estaban hablando en medio del barullo:
- ¿Y ahora que pasa? ¿Ya hemos terminado?
- No, hija. Esto solo es una pausa para que nuestro amado líder se tome un tentenpié -y al decir esto sonrió amargamente.
- Pero no acabo de entender qué es lo que quieren.
- ¿No te has enterado? Pues no será porque no lo repiten una y otra vez. Debemos de sentirnos ofendidos porque nos usan diariamente, mientras que los cubiertos de plata están tan tranquilos en el armario, o eso dicen.
- El otro día estuve charlando en el fregadero con un cuchillo de plata. ¡Qué modales tenía! Cualquiera hubiera dicho que estaba cubierto de la grasa del estofado, porque hablaba como un príncipe, oye.
- ¿Y qué hacías tú en el fregadero con uno de plata? Si nunca nos juntan...
- No, termina tú de contarme qué es lo que quieren estos, que se nos va el tiempo y el creador tiene que irse a trabajar.
- Pues lo de siempre. Los cuchillos quieren guerrear y ocupar el armario de los de plata.
- ¡Pero eso es horrible! ¿Y qué pasará con los otros?
El gesto de su interlocutor era más que elocuente.
- ¡Terrible! -volvió a exclamar. ¿Acaso los de plata no tienen también cucharillas, tenedorcillos y cuchillos para la mantequilla?
- Pero no has oído lo peor. Porque por el mismo golpe pretende eliminar a las cucharillas para el café.
- ¡¡NO!!
En aquel momento los cuchillos hicieron callar a todos porque el gran cuchillo para la carne volvía a hablar.
Pero entonces se abrió la puerta de la cocina y entró la cocinera. Los cuchillos y todos se quedaron todos quietos en su sitio.
- ¿Y qué hacen todos estos fuera del cubertero? Se lo voy a decir a la ama, que los niños han vuelto a jugar en la cocina. Y tú -dijo, cogiendo al gran cuchillo para la carne- es hora de que te devuelva al carnicero que te prestó. Demasiado peligroso me parece que andes por aquí. Te meteré en una gabeta especial. No podrás quejarte, solo para ti!!
Y así fue como los cuchillos perdieron a su líder y no fueron a la guerra que tanto soñaban.
Los demás cubiertos callaron. Nadie se atrevía a moverse. Alrededor de ellos se habían colocado todos los cuchillos que miraban arrobados a su jefe, el gran cortador de la carne. A su lado estaba el cuchillo aserrado para el pan. Se decía que era su lugarteniente y quien de verdad manejaba el poder.
- No os oigo asentir.
Los tenedores fueron los primeros en gritar su adhesión. Y luego las cucharas, a las que se les podía oír la desgana. Pero con ellas siempre era igual y nadie prestó mucho atención. Bajo su amparo estaban todos los pequeños cubiertos, las cucharillas y tenedorcillos de postre, los cuchillitos para la mantequilla que aún no se habían unido a las filas del ejército.
- Pero esto será un empresa de todos. Todos tenemos que estar de acuerdo. Pero sé que lo estaremos porque, ¿sabéis qué pienso cuando os miro?
Una cuchara estuvo a punto de decir "cubiertos atemorizados", pero se guardó de expresarlo en voz alta.
- ¡Una gran familia!
Aquel era el punto y final y muchos cubiertos comenzaron a chocar entre sí sus espadones para provocar una ovación. Por su parte, el gran cuchillo de la carne se volvió sonriente hacia el del pan, que le miraba con gesto embozado. Pero también sonrió y allí, en la tribuna, chocaron sus filos como señal de amistad.
Los demás cubiertos estaban atemorizados, pero los pequeños enseguida comenzaron a imitar a sus mayores.
- ¡Ayuda, ayuda! -comenzaron a gritar un tenedorcito y un pequeño cuchillo que se habían ensarzado.
- ¿Qué ha pasado, por qué gritáis así? -preguntó una de las cucharas
- Queríamos chocar pero su hoja se ha metido entre mis lanzas y ahora no podemos sacarla.
La cuchara les ayudó a desenredarse. El cuchillito estaba llorando.
- Eso os pasa por meteros en cosas de mayores -advirtió la cuchara
Dos cucharas estaban hablando en medio del barullo:
- ¿Y ahora que pasa? ¿Ya hemos terminado?
- No, hija. Esto solo es una pausa para que nuestro amado líder se tome un tentenpié -y al decir esto sonrió amargamente.
- Pero no acabo de entender qué es lo que quieren.
- ¿No te has enterado? Pues no será porque no lo repiten una y otra vez. Debemos de sentirnos ofendidos porque nos usan diariamente, mientras que los cubiertos de plata están tan tranquilos en el armario, o eso dicen.
- El otro día estuve charlando en el fregadero con un cuchillo de plata. ¡Qué modales tenía! Cualquiera hubiera dicho que estaba cubierto de la grasa del estofado, porque hablaba como un príncipe, oye.
- ¿Y qué hacías tú en el fregadero con uno de plata? Si nunca nos juntan...
- No, termina tú de contarme qué es lo que quieren estos, que se nos va el tiempo y el creador tiene que irse a trabajar.
- Pues lo de siempre. Los cuchillos quieren guerrear y ocupar el armario de los de plata.
- ¡Pero eso es horrible! ¿Y qué pasará con los otros?
El gesto de su interlocutor era más que elocuente.
- ¡Terrible! -volvió a exclamar. ¿Acaso los de plata no tienen también cucharillas, tenedorcillos y cuchillos para la mantequilla?
- Pero no has oído lo peor. Porque por el mismo golpe pretende eliminar a las cucharillas para el café.
- ¡¡NO!!
En aquel momento los cuchillos hicieron callar a todos porque el gran cuchillo para la carne volvía a hablar.
Pero entonces se abrió la puerta de la cocina y entró la cocinera. Los cuchillos y todos se quedaron todos quietos en su sitio.
- ¿Y qué hacen todos estos fuera del cubertero? Se lo voy a decir a la ama, que los niños han vuelto a jugar en la cocina. Y tú -dijo, cogiendo al gran cuchillo para la carne- es hora de que te devuelva al carnicero que te prestó. Demasiado peligroso me parece que andes por aquí. Te meteré en una gabeta especial. No podrás quejarte, solo para ti!!
Y así fue como los cuchillos perdieron a su líder y no fueron a la guerra que tanto soñaban.
lunes, 3 de noviembre de 2014
hambre
La oveja balaba dulcemente. A su lado había un letrero roto, donde solo se podía leer "Es". ¿Era Estepona, Estepario, Ester? Al fondo, unas ontañas que escalaban verticalmente. Allí estaba escondido el auditorio que los Romanos habían construído. Nadie sabía muy bien por qué.
Y, siguiendo la vuelta que hacía con la vista, el pastor tropezó con el familiar campanario de su pueblo. Pronto las campanas anunciarían la hora de comer. No quería probar bocado hasta que no lo dijeran las campanas:
- Rigidez, disciplina. Eso es lo que te sacará de cualquier apuro, hijo mío.
Así le había dicho su padre en el último estertor, antes de morir una semana antes. Y tal había sido la insistencia de su padre en la autodisciplina que esta era ahora un motivo para recordarle.
- ¿No vas a comer? -le preguntó Reinaldo quien ya se había sentado y sacaba un bocadillo de su macuto.
- Después -dijo. Su voz le sonó rancia, cascada antes de tiempo.
Reinaldo dio un gran mordisco.
- Como quieras -dijo- ¿Sabes que anoche estuve con la Pepa?
Aquellas palabras le sobresaltaron más de lo que podia decir. Aguantó la mirada burlona de Reinaldo y no dijo nada más.
- Hemos quedado a vernos allí, detrás de aquel olmo.
- Es el Olmo del quesero.
- Como quiera que lo llaméis. Lo que pasa que aquí en el pueblo estáis un poco parados. Pero no te ofendas, ¿eh? Que te lo digo con cariño.
El pastor dirigió su vista otra vez hacia las ovejas. Le tranquilizaba.
- Sí, vamos a darnos unos achechurros ahí detrás. A ti no te importa, ¿no?
Reinaldo venía del caribe y era algo que gustaba restregarle a todo el mundo. Al pastor nunca le había importado demasiado. Pero no se esperaba lo de la Pepa. Ella sabía que el Pastor estaba enamorado de ella, que solo esperaba para hacerse bien con la hacienda que le acababa de tocar para ir a por ella, para pedirla en matrimonio.
Mil veces se había imaginado la escena. Porque el pastor estaba fachado a la antigua y sabía que eso complacería a su futuro suegro. "Vengo a pedir la mano de su hija"
- ¡Pues no tiene buenos melones, la Pepa! -exclamó Reinaldo de repente.
- ¿Has quedado ahora? -preguntó el pastor con tranquilidad
- En cuanto me acabe este bocata me voy a comer otras cosas, ji, ji, ¡tú ya me entiendes!
El pastor sintió frío en la espalda. Aquello no estaba bien. Se agachó y cogió una piedra chata que ocultó en el gran bolsillo de su chaqueta.
- Puedes ir ya, si quieres. Total las ovejas están tranquilas.
El otro le miró un poco sorprendido.
- Creía que me querías hasta la una y todavía faltan cinco minutos. Pero bueno, ¡tú eres quien paga! Me iré enseguida
Se metió lo que le quedaba del bocadillo en la boca y se levantó de un salto. Era más alto y fuerte que el Pastor.
Cogió su macuto.
- ¡Espera! -le dijo el pastor. ¿Estás hablando de la Pepa de aquí, la del pueblo?
- Pues claro, ¿qué otra podía ser? Y mira, creo que ya está allí, ¿no ves como una sombra bajo el olmo?
- Sí, la veo -respondió el pastor con voz tétrica.
Reinaldo se dio la vuelta y comenzó a andar. Pero no había caminado dos pasos cuando el pastor se abalanzó sobre él y le golpeó en la nuca con la piedra chata. Reinaldo cayó como un saco de piedras y el pastor lo remató en el suelo hasta estar seguro de haberlo matado.
Luego corrió hacia el olmo. Allí, a la sombra, estaría la Pepa. Y allí mismo la haría suya o la mataría de despecho, aún no lo había decidido.
Y sí, allí había una mujer esperando. Pero cuando se acercó más vio que no era la Pepa sino Luisa, la prostituta del pueblo.
Todavía tenía la piedra goteando sangre en su mano.
Entonces la miró como quien mira el destino.
Y, siguiendo la vuelta que hacía con la vista, el pastor tropezó con el familiar campanario de su pueblo. Pronto las campanas anunciarían la hora de comer. No quería probar bocado hasta que no lo dijeran las campanas:
- Rigidez, disciplina. Eso es lo que te sacará de cualquier apuro, hijo mío.
Así le había dicho su padre en el último estertor, antes de morir una semana antes. Y tal había sido la insistencia de su padre en la autodisciplina que esta era ahora un motivo para recordarle.
- ¿No vas a comer? -le preguntó Reinaldo quien ya se había sentado y sacaba un bocadillo de su macuto.
- Después -dijo. Su voz le sonó rancia, cascada antes de tiempo.
Reinaldo dio un gran mordisco.
- Como quieras -dijo- ¿Sabes que anoche estuve con la Pepa?
Aquellas palabras le sobresaltaron más de lo que podia decir. Aguantó la mirada burlona de Reinaldo y no dijo nada más.
- Hemos quedado a vernos allí, detrás de aquel olmo.
- Es el Olmo del quesero.
- Como quiera que lo llaméis. Lo que pasa que aquí en el pueblo estáis un poco parados. Pero no te ofendas, ¿eh? Que te lo digo con cariño.
El pastor dirigió su vista otra vez hacia las ovejas. Le tranquilizaba.
- Sí, vamos a darnos unos achechurros ahí detrás. A ti no te importa, ¿no?
Reinaldo venía del caribe y era algo que gustaba restregarle a todo el mundo. Al pastor nunca le había importado demasiado. Pero no se esperaba lo de la Pepa. Ella sabía que el Pastor estaba enamorado de ella, que solo esperaba para hacerse bien con la hacienda que le acababa de tocar para ir a por ella, para pedirla en matrimonio.
Mil veces se había imaginado la escena. Porque el pastor estaba fachado a la antigua y sabía que eso complacería a su futuro suegro. "Vengo a pedir la mano de su hija"
- ¡Pues no tiene buenos melones, la Pepa! -exclamó Reinaldo de repente.
- ¿Has quedado ahora? -preguntó el pastor con tranquilidad
- En cuanto me acabe este bocata me voy a comer otras cosas, ji, ji, ¡tú ya me entiendes!
El pastor sintió frío en la espalda. Aquello no estaba bien. Se agachó y cogió una piedra chata que ocultó en el gran bolsillo de su chaqueta.
- Puedes ir ya, si quieres. Total las ovejas están tranquilas.
El otro le miró un poco sorprendido.
- Creía que me querías hasta la una y todavía faltan cinco minutos. Pero bueno, ¡tú eres quien paga! Me iré enseguida
Se metió lo que le quedaba del bocadillo en la boca y se levantó de un salto. Era más alto y fuerte que el Pastor.
Cogió su macuto.
- ¡Espera! -le dijo el pastor. ¿Estás hablando de la Pepa de aquí, la del pueblo?
- Pues claro, ¿qué otra podía ser? Y mira, creo que ya está allí, ¿no ves como una sombra bajo el olmo?
- Sí, la veo -respondió el pastor con voz tétrica.
Reinaldo se dio la vuelta y comenzó a andar. Pero no había caminado dos pasos cuando el pastor se abalanzó sobre él y le golpeó en la nuca con la piedra chata. Reinaldo cayó como un saco de piedras y el pastor lo remató en el suelo hasta estar seguro de haberlo matado.
Luego corrió hacia el olmo. Allí, a la sombra, estaría la Pepa. Y allí mismo la haría suya o la mataría de despecho, aún no lo había decidido.
Y sí, allí había una mujer esperando. Pero cuando se acercó más vio que no era la Pepa sino Luisa, la prostituta del pueblo.
Todavía tenía la piedra goteando sangre en su mano.
Entonces la miró como quien mira el destino.
domingo, 2 de noviembre de 2014
el comepiedras
Solo quería volver a sentir la luz del sol. Esteban le había entendido. El agujero donde lo tenían encerrado se le hacía cada vez más pequeño: ya no era tan joven. Y ni siquiera avisaba cuando encontraba un tubérculo asomando entre la tierra; se lo tragaba rápidamente antes de que nadie pudiera darse cuenta.
Creían que era un viejo loco, pero él sabía más. Esteban le había entendido, le había olisqueado el hocico y le había dicho, como en un susurro de intimidad, "si nunca sales, debe de pesarte a veces".
- ¿No tenías que estar ya trabajando? -le había preguntado Lázaro.
No era un mal jefe. Antes que él había sido su padre, y antes aún se recordaba la tiranía del abuelo. El abuelo había sido un jefe temible. Pero su nieto era mucho más llevadero.
- Enseguida me pongo -respondió
Y se metió en su agujero para prolongar el tunel por el que se esperaba llegar a un río subterráneo. Sabía que estaba cerca porque sus huesos lo resentían, porque la humedad calaba las paredes de su agujero. Era un buen trabajador, pero Esteban le había entendido mejor que nadie. "Debe pesarte a veces".
Se contaban cosas del exterior... él ya hacía muchos años que no subía. Y por eso le sorprendió que Lázaro le fuera a ver a su agujero:
- Queremos que salgas tú -le espetó de repente.
Y añadió que nadie tenía su sabiduría y prudencia, y su trabajo en lo más profundo de la mina, su trabajo como el más veterano de todos que hasta había conocido a su abuelo, su trabajo, sí, era prueba patente de que todos podían confiar en él. La familia confiaba en él.
- ¿Y Esteban? -preguntó, esforzándose por darle a su voz un tono indiferente (¿se habría dado cuenta? Lázaro era muy listo, decían, y por el olfato le entraban todos los sentimientos que un topo podía querer ocultar)
Le pareció que Lázaro sonreía.
- Esteban hace tiempo que partió hacia otra madriguera. Pero tal vez afuera tengas más noticias de él.
Y así quedo convenido: que saldría afuera y volvería rápido para contar como estaba el exterior por aquella parte. Porque todos contaban con él: la familia, la comunidad....
No le quedó otra que asentir. Hubiera supuesto demasiado esfuerzo negarse ante tantos intereses. Y él ya no era tan joven. Podía comerse los tubérculos a escondidas y, tal vez, todos lo supieran y le dejaban hacer. ¿No decían que estaba haciendo un buen trabajo en su mina? Sabía que no hay alago sin mentira, pero le parecía una descortesía desconfiar de su jefe, por mucho que él fuera mucho mayor y que hubiera trabajado con el tirano de su abuelo.
Así que salió por los túneles más nuevos que llegaban al exterior.
- ¡Suerte! -exclamó Lázaro dándole un último empujón.
Sintió el aire fresco y sus ojos de topo adivinaron la luz de la luna. Pero no tuvo tiempo de más. En seguida oyó un disparo y un gran dolor en el costado. No podía moverse. ¿Era aquello la llegada de la vejez? Pero llegó ladrando y con forma de perro.
- ¡Mata al topo ladrón, cachorro! -gritó la voz de un hombre.
¿Había salido Esteban también por allí? "Si no sales, debe de pesarte a veces"
Creían que era un viejo loco, pero él sabía más. Esteban le había entendido, le había olisqueado el hocico y le había dicho, como en un susurro de intimidad, "si nunca sales, debe de pesarte a veces".
- ¿No tenías que estar ya trabajando? -le había preguntado Lázaro.
No era un mal jefe. Antes que él había sido su padre, y antes aún se recordaba la tiranía del abuelo. El abuelo había sido un jefe temible. Pero su nieto era mucho más llevadero.
- Enseguida me pongo -respondió
Y se metió en su agujero para prolongar el tunel por el que se esperaba llegar a un río subterráneo. Sabía que estaba cerca porque sus huesos lo resentían, porque la humedad calaba las paredes de su agujero. Era un buen trabajador, pero Esteban le había entendido mejor que nadie. "Debe pesarte a veces".
Se contaban cosas del exterior... él ya hacía muchos años que no subía. Y por eso le sorprendió que Lázaro le fuera a ver a su agujero:
- Queremos que salgas tú -le espetó de repente.
Y añadió que nadie tenía su sabiduría y prudencia, y su trabajo en lo más profundo de la mina, su trabajo como el más veterano de todos que hasta había conocido a su abuelo, su trabajo, sí, era prueba patente de que todos podían confiar en él. La familia confiaba en él.
- ¿Y Esteban? -preguntó, esforzándose por darle a su voz un tono indiferente (¿se habría dado cuenta? Lázaro era muy listo, decían, y por el olfato le entraban todos los sentimientos que un topo podía querer ocultar)
Le pareció que Lázaro sonreía.
- Esteban hace tiempo que partió hacia otra madriguera. Pero tal vez afuera tengas más noticias de él.
Y así quedo convenido: que saldría afuera y volvería rápido para contar como estaba el exterior por aquella parte. Porque todos contaban con él: la familia, la comunidad....
No le quedó otra que asentir. Hubiera supuesto demasiado esfuerzo negarse ante tantos intereses. Y él ya no era tan joven. Podía comerse los tubérculos a escondidas y, tal vez, todos lo supieran y le dejaban hacer. ¿No decían que estaba haciendo un buen trabajo en su mina? Sabía que no hay alago sin mentira, pero le parecía una descortesía desconfiar de su jefe, por mucho que él fuera mucho mayor y que hubiera trabajado con el tirano de su abuelo.
Así que salió por los túneles más nuevos que llegaban al exterior.
- ¡Suerte! -exclamó Lázaro dándole un último empujón.
Sintió el aire fresco y sus ojos de topo adivinaron la luz de la luna. Pero no tuvo tiempo de más. En seguida oyó un disparo y un gran dolor en el costado. No podía moverse. ¿Era aquello la llegada de la vejez? Pero llegó ladrando y con forma de perro.
- ¡Mata al topo ladrón, cachorro! -gritó la voz de un hombre.
¿Había salido Esteban también por allí? "Si no sales, debe de pesarte a veces"
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