lunes, 24 de noviembre de 2014

el castor y la nieve

Sus padres le dejaron disfrutar solo de su primer día en el exterior:
- Si ya soy mayor, ¿por qué no me dejáis salir? -había dicho durante todo el mes, un día tras otro.
Y al final había conseguido lo que se había propuesto: salir solo a pasear. Sabía que otros castores ya lo hacían y que a él le retenían por alguna causa desconocida:
- ¿Acaso la mayoría de mis amigos no salen por ahí? -se quejaba
- Dos castores de las decenas que conoces NO son la mayoría, querido -le recordaba su madre.
Pero él no escuchaba. La sangre le hervía. Pero todas aquellas penas ya eran cosa del pasado. ¡Bosque, libertad, niebla levantada! Y el sol iluminando con fuerza y ternura las ramas finas, los troncos deshojados. El invierno acortaba los días, pero aún no había caído ni una sola nevada y el paisaje tenía la fragilidad de una virgen que espera a su prometido en la noche de bodas. Pero la nieve se retrasaba y la virgen miraba por la ventana, indecisa.
Había una colina que siempre le había llamado la atención. "Cuando sea mayor, la visitaré", se había dicho el joven castor todas las veces la edad, los progenitores y el voto tácito de obediencia a ellos se lo habían impedido. Así que la colina era como un símbolo de la libertad recién adquirida.
Pero, cosa extraña, ya la colina no le parecía tan atrayente. Dudó de que hubiera nada diferente a lo que veía todos los días alrededor de su casa, a tan solo unos metros. Con todo, se propuso ir para allá, aunque solo fuera para ocupar las horas que, de repente, comenzaban a hacérsele muy largas.
El camino no era difícil, pero sí muy largo. Ya había pasado el mediodía cuando llegó a la base de la montaña. Y a su cima llegó al atardecer. Desde allí miró el horizonte, esperando descubrir alguna belleza escondida durante milenios a la que solo él, su suerte y su destino, había accedido.
Sin embargo, alrededor suyo solo había otras tantas colinas como aquella en la que estaba. De hecho, las otras colinas parecían más interesantes.
- Otro día. Ahora toca regresar -se dijo
No había andado ni un par de pasos a la vuelta cuando, de repente, el cielo se nubló y al instante siguiente soplaba un viento horroroso. El joven castor se asustó; y entonces comenzó a nevar. La nieve, con la que tantas veces había jugado, le trajo el recuerdo del hogar y una fugaz sensación de seguridad.
Pero aquello no era su hogar y la nieve parecía mostrarse indiferente -o inmisericorde, que no es muy distinto- hacia el joven castor. A este le costaba cada vez más andar.
- Quiero ir a casa, quiero ir a casa -murmuró por lo bajo
Y cayó al suelo, enterrándose en la nieve.
"Y ahora a morir", se dijo

A la mañana siguiente se despertó en su casa. Su padre había salido a buscarle, aún con la tormenta, y lo había portado sobre sus espaldas. Cuando el joven castor se vio allí, rodeado por su madre y sus hermanitos, llamó a su padre y, con lágrimas en los castaños ojos, dijo:
- Gracias, papá

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