jueves, 13 de noviembre de 2014

el pez espada

En una tienda del centro, había un gran acuario con muchos pececitos. El acuario era toda una atracción en el barrio y muchos se acercaban hasta aquella parte de la urbe para contemplar a los peces. Como es de imaginar, los peces nadaban silenciosamente y no prestaban atención a la expectación creada. Incluso habían colocado una cámara de vídeo para grabarlo en tiempo real: mucha gente lo veía en internet.
En todas las historias hay un desdichado, que a veces es un héroe y otras un villano. Nunca se sabe al principio.
En esta historia, nuestro desdichado es el chico encargado de limpiar el acuario. Y es que limpiar un acuario de dimensiones normales ya lleva su tiempo; pero en este, donde habría cabido un delfín, la cosa llevaba su tiempo.
El chico se llama "Rolo". Vive solo con su madre, su padre les abandonó hace tiempo. Tanto, que él ni siquiera le recordaba y cuando se lo imaginaba le ponía mucho pelo en todas partes. En su cabeza, el fugado papá era pariente del orangután. Pero no tan guapo.
A Rolo no le gustaba su trabajo. Pero aquello era un secreto: todos los compañeros creían que disfrutaba con su labor y hasta su misma madre estaba engañada. Y es que él se guardaba mucho de mostrar siempre un rostro sonriente y hacerse el complacido con la tarea, pues no quería perder aquella fuente de ingresos.
Con el dinero Rolo quería ir a la universidad. Su madre, jubilada precozmente, no podía permitírselo.
Lo curioso es que Rolo mismo tenía que recordarse que el trabajo no le gustaba y que le abocaba a la desesperación. Pues de tanto simular encontrarse bien, contento y servicial con todos... pues una parte de él se lo acababa creyendo.
Y es por eso que Rolo aprendió a hacer un ejercicio que, antes de volver a su casa, le recordaba su puesto en el mundo: cuando ya todos se habían ido de la tienda y el acuario estaba limpio y reluciente, Rolo tomaba una silla, apagaba casi todas las luces y se sentaba frente al acuario, detrás de la cámara que estaba, constantemente, grabando vida y milagros de los pequeños animales acuáticos.
Rolo miraba fijamente al acuario, como si fuera una televisión. Y luego se imaginaba que él era un pequeño pez flotando entre los demás. Pero entonces se escondía detrás de una piedra o de una maqueta de un barco pirata hundido. Y cuando salía de allí ya no era el pececito de antes, sino un pez grande y con una boca llena de dientes y afilada: un pez espada. Y así se iba comiendo un pececito tras otro. Estos corrían -nadaban, más bien- asustados, pero nada se escapaba a Rolo-el-pez-espada. Cuando por fin estaba lleno, Rolo dejaba escapar a algunos y les decía, con la boca aún llena de espinas y escamas por los peces que había comido: "os dejaré vivir... hoy. Pero mañana tal vez cambie de opinión"
Luego Rolo se iba a su casa: les daba la última comidita a los pececitos, apagaba todas las luces, se despedía del loro "pepo" que estaba sobre el mostrador, cerraba bien con llave y se iba.
Por el camino, invariablemente, se encontraba con un mendigo que, a la puerta de una iglesia, pedía limosna. Y Rolo, como cada día, buscaba el euro que había salvado ese día y, con un gesto tímido, se lo daba.

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