Un niño se encontró una tiza blanca en la calle. La calle estaba sucia; por allí había mucha fiesta nocturna y, por tanto, vómito, orina e infelicidad. También había mucho ruido: era una de las calles más transitadas de la ciudad.
El niño pasaba por allí todas las mañanas de camino al colegio o al taller de su tío. Su tío tenía un garaje y cuidaba de él. O, más bien, recibía ayudas estatales por él, pero no pasaba mucho de allí. En el colegio lo habían llamado un par de veces como tutor del niño; y no porque en el colegio el niño contara con ningún amigo ni el interés de ningún profesor, que solo veían en él "un objeto inerte destinado al fracaso".
Pero esta historia es sobre la tiza que el niño, a quien llamaremos Bob o Roberto. La tiza en cuestión era mágica, y el niño estaba por descubrirlo.
Su casa no quedaba lejos. Armado con la tiza blanca el niño se puso de rodillas frente a ella y durante unos instantes se quedó pensativo. Un vecino que lo vio pensó que al niño le había dado un aire y se proponía rezar en medio de la calle. De rodillas, como en Fátima. ¿Tal vez habría visto a la Virgen? ¿Tal vez la estaba viendo? ¿Habría algún mensaje secreto?
Pero todas las esperanzas del vecino se hicieron humo cuando vio que el niño, en realidad, solo estaba pensando qué iba a dibujar. Porque no tardó mucho en ponerse a pintar con la tiza sobre la acera. La calle era un gran lienzo y las pinturas las sacaba de su casa que, a estos efectos, venía a ser como su paleta y su gama de colores: allí estaban las borracheras de su tío y las putas que traía a casa. Y también la ventana en la que bob se apostaba para mirar hacia el horizonte, para sentir en los días lluviosos las gotas tintineando sobre el cristal.
Por eso dibujó unas montañas lejanas sobre las que había unos grandes nubarrones; la tiza, siendo blanca, pintó los nubarrones de gris. Más suerte tuvo con la nieve de la montaña. También había allí una cueva recóndita donde se escondía un pariente del yeti.
Tras las montañas, el niño dibujó... ¡un desierto! Y allí morían muchos de sed. Era un desierto largo, amarillo y de sombras fuertes y marcadas. Por la noche hacía tanto frío que las piedras se resquebrajaban y los lagartos se amontonaban todos en la madriguera para darse un poco de calor. En cuanto salía el sol cada uno iba por su cuenta.
Y después del desierto el niño pintó una casa con un tejado rojo y un perro en la entrada. En el jardín había un señor con bigote podando el césped. Y en la ventana se veía la cocina y una guapa señora con un delantal, sonriendo mientras hacía los buñuelos.
Todo esto lo pintó la tiza blanca.
Porque era mágica.
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