Nadie había visto al ermitaño, pero todos sabían que estaba allí.
- Si no te tomas la sopa, vendrá el ermitaño y te llevará con él -le amenazaba la madre.
Pero lo que ella no podía imaginar es que Pablito no le tenía miedo al ermitaño. De hecho, casi deseaba que le fuera a buscar: así resolvería aquel gran misterio.
El ermitaño al que nadie veía vivía en la montaña que dominaba al pueblo; era un colina pelada en la cima en la que antaño habían explotado una mina a cielo abierto. Las lluvias torrenciales habían socavado muchas desmontes y habían ocurrido corrimientos de tierras que dejaron al descubierto muchas oquedades y cuevas de un antiguo sistema kárstico. Entonces había llegado él; durante un tiempo había trabajado como camarero en el bar de la gasolinera. Tenía una vida normal, decían, incluso se echó una novia del lugar. No era muy hablador pero tampoco había nadie que le impulsara a hacerlo. Aparte de su chica, apenas había hecho amistades.
Y entonces un día había abandonado todo para subirse a la montaña. Algunos caminantes le habían visto, pero él aprendió a no dejarse ver y ahora era tan escurridizo como un zorro. ¿Y la novia? Dijo que recibió una carta de despedida que había quemado tras leerla. En realidad, se defendía, ella había motivado al chico a su opción desesperada, pues quería cortar con él.
En realidad, el ermitaño ni siquiera se había despedido de su novia. Pero a ella le gustaba más la historia que se había inventado. Le parecía más propia que el agrio sabor con el que se había encontrado al ser la última en enterarse de la huída de su novio a la naturaleza.
Pablito sabía todas las historias que se contaban en el pueblo; todas, hasta las imaginadas. Y ansiaba encontrarse con aquel misterioso personaje que, desde que él contaba dos años, había "subido pa'l monte". Por eso decidió organizar una excursión el día de su cumpleaños.
- Para mi cumpleaños quiero poder irme de excursión y pasar una noche solo.
Para entonces, su padre ya estaba acostumbrado -y algo orgulloso, aunque a veces se preocupara- al comportamiento de su hijo. La madre, sin embargo, aún esperaba llevar al pequeño al corral de la normalidad.
- Eso no es un regalo normal. Además, lo puedes hacer cualquier otro día. ¿Y cómo esperas que te dejemos partir solo?
Él la miró con seriedad. En realidad, la miraba a ella pero se estaba dirigiendo a su padre.
Y fue así como pudo salir de excursión. Empaquetó todo lo que pensaba llegar. Estaba nervioso, ¡una noche fuera! Pero le pesaba la decisión tomada, sabía que debía llevarla hasta el final.
Naturalmente, subió a la montaña. Sin que él lo viera, su padre lo seguía de lejos y le vigilaba con unos prismáticos.
Pablito llegó a la zona de cuevas. Había una de acceso complicado en la que le pareció ver una sombra moviéndose.
"El ermitaño", pensó.
Pero para cuando subió, ya estaba vacía. Lo suponía. Por eso le llamaban el ermitaño. Pero él ya contaba con ello. Dejó su paquete envuelto en papel de regalo y se marchó.
Desde aquel día Pablito dejó de pensar tanto en el ermitaño y se esforzó más por ser un niño normal, hasta el punto de engañar a su madre (en ocasiones).
¿Y el ermitaño? Se emocionó cuando, al volver a su cueva, vio que el niño curioso le había dejado un regalo. Lo abrió, excitado, y dentro descubrió un pequeño reloj digital. Olía a limpio.
Sonrió y se lo puso.
Porque recordó que así contaban los hombres su vida, con tiempo. Y aquello hizo que bajara un poquito de su montaña.
Solo un poquito.
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