La oveja balaba dulcemente. A su lado había un letrero roto, donde solo se podía leer "Es". ¿Era Estepona, Estepario, Ester? Al fondo, unas ontañas que escalaban verticalmente. Allí estaba escondido el auditorio que los Romanos habían construído. Nadie sabía muy bien por qué.
Y, siguiendo la vuelta que hacía con la vista, el pastor tropezó con el familiar campanario de su pueblo. Pronto las campanas anunciarían la hora de comer. No quería probar bocado hasta que no lo dijeran las campanas:
- Rigidez, disciplina. Eso es lo que te sacará de cualquier apuro, hijo mío.
Así le había dicho su padre en el último estertor, antes de morir una semana antes. Y tal había sido la insistencia de su padre en la autodisciplina que esta era ahora un motivo para recordarle.
- ¿No vas a comer? -le preguntó Reinaldo quien ya se había sentado y sacaba un bocadillo de su macuto.
- Después -dijo. Su voz le sonó rancia, cascada antes de tiempo.
Reinaldo dio un gran mordisco.
- Como quieras -dijo- ¿Sabes que anoche estuve con la Pepa?
Aquellas palabras le sobresaltaron más de lo que podia decir. Aguantó la mirada burlona de Reinaldo y no dijo nada más.
- Hemos quedado a vernos allí, detrás de aquel olmo.
- Es el Olmo del quesero.
- Como quiera que lo llaméis. Lo que pasa que aquí en el pueblo estáis un poco parados. Pero no te ofendas, ¿eh? Que te lo digo con cariño.
El pastor dirigió su vista otra vez hacia las ovejas. Le tranquilizaba.
- Sí, vamos a darnos unos achechurros ahí detrás. A ti no te importa, ¿no?
Reinaldo venía del caribe y era algo que gustaba restregarle a todo el mundo. Al pastor nunca le había importado demasiado. Pero no se esperaba lo de la Pepa. Ella sabía que el Pastor estaba enamorado de ella, que solo esperaba para hacerse bien con la hacienda que le acababa de tocar para ir a por ella, para pedirla en matrimonio.
Mil veces se había imaginado la escena. Porque el pastor estaba fachado a la antigua y sabía que eso complacería a su futuro suegro. "Vengo a pedir la mano de su hija"
- ¡Pues no tiene buenos melones, la Pepa! -exclamó Reinaldo de repente.
- ¿Has quedado ahora? -preguntó el pastor con tranquilidad
- En cuanto me acabe este bocata me voy a comer otras cosas, ji, ji, ¡tú ya me entiendes!
El pastor sintió frío en la espalda. Aquello no estaba bien. Se agachó y cogió una piedra chata que ocultó en el gran bolsillo de su chaqueta.
- Puedes ir ya, si quieres. Total las ovejas están tranquilas.
El otro le miró un poco sorprendido.
- Creía que me querías hasta la una y todavía faltan cinco minutos. Pero bueno, ¡tú eres quien paga! Me iré enseguida
Se metió lo que le quedaba del bocadillo en la boca y se levantó de un salto. Era más alto y fuerte que el Pastor.
Cogió su macuto.
- ¡Espera! -le dijo el pastor. ¿Estás hablando de la Pepa de aquí, la del pueblo?
- Pues claro, ¿qué otra podía ser? Y mira, creo que ya está allí, ¿no ves como una sombra bajo el olmo?
- Sí, la veo -respondió el pastor con voz tétrica.
Reinaldo se dio la vuelta y comenzó a andar. Pero no había caminado dos pasos cuando el pastor se abalanzó sobre él y le golpeó en la nuca con la piedra chata. Reinaldo cayó como un saco de piedras y el pastor lo remató en el suelo hasta estar seguro de haberlo matado.
Luego corrió hacia el olmo. Allí, a la sombra, estaría la Pepa. Y allí mismo la haría suya o la mataría de despecho, aún no lo había decidido.
Y sí, allí había una mujer esperando. Pero cuando se acercó más vio que no era la Pepa sino Luisa, la prostituta del pueblo.
Todavía tenía la piedra goteando sangre en su mano.
Entonces la miró como quien mira el destino.
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