viernes, 14 de noviembre de 2014

El anillo de los nibelungos


En casa, la música sonaba a todo volumen. Matías aprovechaba que no había ningún adulto ni ningún hermano ultra-responsable en diez kilómetros a la redonda para dedicarse a su gran placer: la música. Y aunque toda la famila era aficionada a la música del siglo XX (papá Jazz, su madre pop, su hermano rock and roll) él había descubierto su gran pasión en la música clásica. Pero mientras otros niños de su edad gustaban de poner, a todo volumen, la radio con el top-hit, Matías sentía el mismo impulso... pero con Brahms y sus boscosas sinfonías, con Beethoven en medio de la tormenta, con Vivaldi el ímputo, con Mozart el jugueteo sensual... ponía la música a todo volumen y cerraba los ojos. Cuando los volvía a abrir, muchas veces los tenía cubiertos de lágrimas y se sentía exausto.
Y todo había comenzado con Wagner aquella noche en la discoteca.
Estaba con sus nuevos amigos del instituto en una discoteca del centro. Y un vecino de un edificio cercano, harto de que le inundaran la sala de estar con decibelios de pobreza intelectual, había decidido contratacar. Llamar a la policía no servía de nada, así que se compró unos grandes altavoces y, cuando la discoteca martilleaba su chunda-chunda y “how good i feel with you” en su enésima variación, el vecino respondía con Tchaikovsky, Schuman, Mahler cuando estaba de humor extraño y, si se sentía violento, Wagner.
Y así fue como Matías se encontró rodeado del anillo de los Nibelungos una noche en la que su chavala le había dado largas por un malentendido en facebook y, tras beber más wiski-cola de la cuenta, había salido entre dos coches para vomitar.
Y la música, aún con la borrachera, lo había cautivado.
Aún ahora reservaba a Wagner para las ocasiones especiales. Con él había desarrollado lo que muchos “connaiseur” practicaban con el buen vino, el caviar más auténtico o un whysky añejo añejo: solo de vez en cuando y en las grandes ocasiones.

Y fue con él que descubrió la verdad más oculta que escondía en su pecho hasta para sí mismo. La verdad que le transformó por cuanto respondía a tantas preguntas de su ser: que lo que quería morir para, así, vivir libremente.

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