En
casa, la música sonaba a todo volumen. Matías aprovechaba que no
había ningún adulto ni ningún hermano ultra-responsable en diez
kilómetros a la redonda para dedicarse a su gran placer: la música.
Y aunque toda la famila era aficionada a la música del siglo XX
(papá Jazz, su madre pop, su hermano rock and roll) él había
descubierto su gran pasión en la música clásica. Pero mientras
otros niños de su edad gustaban de poner, a todo volumen, la radio
con el top-hit, Matías sentía el mismo impulso... pero con Brahms y
sus boscosas sinfonías, con Beethoven en medio de la tormenta, con
Vivaldi el ímputo, con Mozart el jugueteo sensual... ponía la
música a todo volumen y cerraba los ojos. Cuando los volvía a
abrir, muchas veces los tenía cubiertos de lágrimas y se sentía
exausto.
Y
todo había comenzado con Wagner aquella noche en la discoteca.
Estaba
con sus nuevos amigos del instituto en una discoteca del centro. Y un
vecino de un edificio cercano, harto de que le inundaran la sala de
estar con decibelios de pobreza intelectual, había decidido
contratacar. Llamar a la policía no servía de nada, así que se
compró unos grandes altavoces y, cuando la discoteca martilleaba su
chunda-chunda y “how good i feel with you” en su enésima
variación, el vecino respondía con Tchaikovsky, Schuman, Mahler
cuando estaba de humor extraño y, si se sentía violento, Wagner.
Y
así fue como Matías se encontró rodeado del anillo de los
Nibelungos una noche en la que su chavala le había dado largas por
un malentendido en facebook y, tras beber más wiski-cola de la
cuenta, había salido entre dos coches para vomitar.
Y
la música, aún con la borrachera, lo había cautivado.
Aún
ahora reservaba a Wagner para las ocasiones especiales. Con él había
desarrollado lo que muchos “connaiseur” practicaban con el buen
vino, el caviar más auténtico o un whysky añejo añejo: solo de
vez en cuando y en las grandes ocasiones.
Y
fue con él que descubrió la verdad más oculta que escondía en su
pecho hasta para sí mismo. La verdad que le transformó por cuanto
respondía a tantas preguntas de su ser: que lo que quería morir
para, así, vivir libremente.
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