Juanjo había sido un conejo pobre durante toda su vida. Y no tenía por qué haber sido así, pues venía de buena familia. Pero, en lugar de acogerse a los beneficios que su familia le hubiera prodigado con gusto, decidió recorrer mundo. Fue de un lugar a otro, sin quedarse en nada definido sino "pululeando" como un conejo con vocación de sin techo.
Y un día comenzó a escribir pequeñas historias. Lo hacía para no sentirse tan solo. Pero la publicación de sus historias hizo furor en la comunidad de conejos y, como consecuencia, Juanjo comenzó a ganar dinero. Eso es algo que ya había hecho antes, realizando todo tipo de trabajos. Pero la diferencia era sustancial, pues ahora ganaba dinero haciendo algo que le gustaba y que podía moldearlo a su gusto, sin tener en cuenta las exigencias de los jefes.
Al principio, repartió el dinero entre sus allegados, diciéndoles algo como "nunca hubiera llegado aquí si no hubiera sido por tu amistad". Pero luego comenzó a pensar "será mejor ahorrar dinero para los tiempos futuros. Además, me gustaría comprarme una madriguera nueva". Y es que las madrigueras, sobre todo en la capital, estaban por los cielos.
Y así fue como juanjo fue haciéndose cada vez más agarrado. Él, que en su pobreza había despilfarrado con gusto lo poco que tenía con los que tenían aún menos, ahora atesoraba sus ganancias. Quería seguridad. Y de aquel nuevo estado no surgían ideas, sino miedos.
Cuando ahora se sentaba a escribir, pensaba más en lo que podía gustar a sus lectores que en aquellos que inicialmente le había motivado, el sentirse menos solo. La fama le dio carrerilla para seguir, pero sus historias pecaban de blandas y buenismas. Algún crítico se atrevió a dejarle en evidencia, pero en seguida sus compañeros se le echaron encima, pues las historias de Juanjo eran, en la mente de todos,, símbolo de progreso.
Juanjo había leído la crítica y estaba de acuerdo con ella. "Ha perdido su conciencia y, como una prostituta de los sentimientos, ahora se vende al mejor postor", terminaba el artículo el periodista. Aunque delante de otros Juanjo mostraba seguridad, en realidad pensaba que aquellas palabras habían sido más certeras que todas las alabanzas que había tenido antes.
Y el recuerdo de su primer libre, aquel que le había abierto las puertas a la fama, no solo no lo envalentonaba, sino que le deprimía frecuentemente. Se sentía como en un tren que, una vez puesto en marcha, ya no podía ir para atrás. Y los aires que le habían empujado a escribir sus primeras historias estaban en el pasado.
Tenía dinero, pero se sentía pobre. Tenía más compañías que nunca, pero echaba de menos su soledad antigua que, en el peor de los casos, era más auténtica que la sociedad que ahora se empeñaba por acompañarle. Echaba de menos sus tiempos perdido por el mundo, su indefinición laboral.
La fama había sido su maldición. La preocupación por el mañana que antes había sido un aguijón constante clavado sobre su existencia se le hacía ahora una bendita exigencia de los cielos. No poseerla se le asemejaba la antesala al infierno.
Y fue por eso que, reuniendo el poco valor que le quedaba, un día decidió perder las llaves de su casa. Y su monedero. Y su coche nuevo. Y después se perdió para que nadie lo encontrara, ni siquiera él mismo.
Pero no pudo esconderse de sí mismo y al poco tiempo volvió a su casa, añorando las comodidaades que le tenían esclavizado al hogar.
Por eso deseaba morir. Pero nadie lo sabía.
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