- Esto es inaguantable. Y sé que muchos estáis de acuerdo conmigo, aunque no lo digáis en voz alta. Pero creo que nuestro sentir es el mismo.
Los demás cubiertos callaron. Nadie se atrevía a moverse. Alrededor de ellos se habían colocado todos los cuchillos que miraban arrobados a su jefe, el gran cortador de la carne. A su lado estaba el cuchillo aserrado para el pan. Se decía que era su lugarteniente y quien de verdad manejaba el poder.
- No os oigo asentir.
Los tenedores fueron los primeros en gritar su adhesión. Y luego las cucharas, a las que se les podía oír la desgana. Pero con ellas siempre era igual y nadie prestó mucho atención. Bajo su amparo estaban todos los pequeños cubiertos, las cucharillas y tenedorcillos de postre, los cuchillitos para la mantequilla que aún no se habían unido a las filas del ejército.
- Pero esto será un empresa de todos. Todos tenemos que estar de acuerdo. Pero sé que lo estaremos porque, ¿sabéis qué pienso cuando os miro?
Una cuchara estuvo a punto de decir "cubiertos atemorizados", pero se guardó de expresarlo en voz alta.
- ¡Una gran familia!
Aquel era el punto y final y muchos cubiertos comenzaron a chocar entre sí sus espadones para provocar una ovación. Por su parte, el gran cuchillo de la carne se volvió sonriente hacia el del pan, que le miraba con gesto embozado. Pero también sonrió y allí, en la tribuna, chocaron sus filos como señal de amistad.
Los demás cubiertos estaban atemorizados, pero los pequeños enseguida comenzaron a imitar a sus mayores.
- ¡Ayuda, ayuda! -comenzaron a gritar un tenedorcito y un pequeño cuchillo que se habían ensarzado.
- ¿Qué ha pasado, por qué gritáis así? -preguntó una de las cucharas
- Queríamos chocar pero su hoja se ha metido entre mis lanzas y ahora no podemos sacarla.
La cuchara les ayudó a desenredarse. El cuchillito estaba llorando.
- Eso os pasa por meteros en cosas de mayores -advirtió la cuchara
Dos cucharas estaban hablando en medio del barullo:
- ¿Y ahora que pasa? ¿Ya hemos terminado?
- No, hija. Esto solo es una pausa para que nuestro amado líder se tome un tentenpié -y al decir esto sonrió amargamente.
- Pero no acabo de entender qué es lo que quieren.
- ¿No te has enterado? Pues no será porque no lo repiten una y otra vez. Debemos de sentirnos ofendidos porque nos usan diariamente, mientras que los cubiertos de plata están tan tranquilos en el armario, o eso dicen.
- El otro día estuve charlando en el fregadero con un cuchillo de plata. ¡Qué modales tenía! Cualquiera hubiera dicho que estaba cubierto de la grasa del estofado, porque hablaba como un príncipe, oye.
- ¿Y qué hacías tú en el fregadero con uno de plata? Si nunca nos juntan...
- No, termina tú de contarme qué es lo que quieren estos, que se nos va el tiempo y el creador tiene que irse a trabajar.
- Pues lo de siempre. Los cuchillos quieren guerrear y ocupar el armario de los de plata.
- ¡Pero eso es horrible! ¿Y qué pasará con los otros?
El gesto de su interlocutor era más que elocuente.
- ¡Terrible! -volvió a exclamar. ¿Acaso los de plata no tienen también cucharillas, tenedorcillos y cuchillos para la mantequilla?
- Pero no has oído lo peor. Porque por el mismo golpe pretende eliminar a las cucharillas para el café.
- ¡¡NO!!
En aquel momento los cuchillos hicieron callar a todos porque el gran cuchillo para la carne volvía a hablar.
Pero entonces se abrió la puerta de la cocina y entró la cocinera. Los cuchillos y todos se quedaron todos quietos en su sitio.
- ¿Y qué hacen todos estos fuera del cubertero? Se lo voy a decir a la ama, que los niños han vuelto a jugar en la cocina. Y tú -dijo, cogiendo al gran cuchillo para la carne- es hora de que te devuelva al carnicero que te prestó. Demasiado peligroso me parece que andes por aquí. Te meteré en una gabeta especial. No podrás quejarte, solo para ti!!
Y así fue como los cuchillos perdieron a su líder y no fueron a la guerra que tanto soñaban.
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