Había
una vez una joven húerfana que vivía en casa de su madrastra. Tenía
dos hermanastras y en la casa también había un gato llamado Rafael.
La joven se llamaba Cenikenta. Primero se murió su madre, a la que
apenas recordaba. Y años más tarde, cuando ella comenzaba la
adolescencia, su padre. Así que el padre tuvo tiempo suficiente para
malcriarla. Y la malcrió. No sabemos qué motivos le llevaron a
ello; tal vez tuvo una infancia dura y quería ahorrarle cualquier
rigidez a su pequeña; o simplemente no sabía y se dejaba engañar
fácilmente por los caprichos de su hija. Pero el caso es que no
había cosa que el infante solicitara que su padre no se apresurara a
... Si quería la última muñeca del mercado, al instante la tenía
entre sus brazos. Y si se ponía a llorar, no había cosa que no
consiguiera.
Por
caprichos del destino el padre se casó en segundas nupcias con una
amable señora que, en su juventud, había sido célebre por su
belleza y por su bondad. Esta no era muy rica, pero aportó a la vida
familiar sus dos hijas, dos auténticas perlas de belleza, buena
educación y alegría.
Cenikenta,
sin embargo, no había salido agraciada con el paso del tiempo; sobre
todo porque no paraba de comer todo lo que se le antojaba y en el
momento que le apetecía. Tenía especial placer en torturar al gato,
al desgraciado Rafael, que ya portaba bajo su espeso pelaje algunas
cicatrices provocadas por los juegos de Cenikenta.
He
aquí qu eun día se presentó en la casa el mismísimo duque de las
siete plantas, esperando encontrar a una misteriosa doncella que
había bailado con el príncipe la noche anterior. como pista, solo
contaba con un zapatito desconchado.
Cenikenta
no dejó que nadie se lo probara en la casa antes que ella. Su
regordete pie tuvo problemas para entrar en la horma, pero finalmente
lo consuiguió. Miró entonces finalmente al duque, como retándolo a
que continuara. El duque, horrorizado antes esa mujer gorda y cruel,
antes aquel engendro de la mala educación y la suciedad, ante aquel
aborto de todo lo que había de ser una doncella... el duque, pues,
decimos, se alegŕo sobremanera porque odiaba al príncipe. Así que
se llevó a Cenikenta con él al palacio pero no dejó que nadie la
viera, menos que nadie el príncipe, a quien le aseguró que había
encontrado a su amada pero que no podría verla hasta el día de la
boda.
El
día de la boda cubrieron a Cenikenta con mil ropajes y velos. Y solo
en la noche de bodas, el príncipe descubrió el negocio al que le
habían sometido, lamentándose por ello.
Sin
embargo, hay quien cuenta que fueron muy felices.
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