Cogió el micro y comenzó a cantar. Se suponía que era un karaoke y que la música le acompañaría. Pero algo falló y no lo hizo. Era algo que pasaba bastante a menudo en aquel bar de mala muerte, así que nadie se sorprendió.
Era la música de The doors con la que muchos habían crecido. Y ahora mojaban las barbas en sus cervezas, temiendo volver al hogar donde les esperaba la misma miseria de siempre. "Light my fire", habían cantado tantos cuando eran jóvenes, borrachos de alcohol y de juventud, porque la juventud también emborracha.
Y la resaca tarda mucho en curarse. A veces, toda una vida.
Y entonces aquella extranjera comenzó a cantar sin música, atreviéndose a todo. ¿Dónde estaban sus amigos? No había nadie coreándola, no había amigos que la animaran o insultaran entre risas. Pero su voz congeló a todo el mundo: poseía tres cualidades que en las que muchos ya no creían: calidez, inocencia y esperanza. Destrozaba el ritmo y la fuerza de la canción original, pero ganaba a la primera versión en melodía y sentido.
Todos los rostros de los antiguos hippies se volvieron hacia ella. Y lo que vieron les sorprendió: porque la cantante, lejos de ser una ninfa venida de la ciudad a las profundidades de los "states" era, a todas luces, una campesina. Y encima gorda, pecosa y baja. Pero su voz parecía desentenderse de todas esas cualidades y se separaba de ella apenas unida por el débil cordón umbilical de su presencia física. Pero el canto iba más allá.
"C'mon baby light my fire", repetía con el estribillo. Y su presencia se transfiguró para los presentes, como si un velo descubriera quién estaba en realidad detrás de aquella voz: era, sí, una ninfa, pero no había venido de la ciudad de los pecados sino del mismísimo cielo. Su oronda figura ya no señalaba grasa y descontrol alimenticio, sino una oronda perfección; sus pecas ya no eran manchas en un rostro pálido, sino estrellas en la primera leche maternal. El pelo ralo no era calvicie prematura sino vaga lluvia otoñal que se pegaba a la cara, llamando al invierno.
Un ángel, una bruja de los tiempos modernos, los tenía clavados en sus sillas, encantados.
Encantados.
"... my fire", repetía contorneando su voz en las almas de los borrachos. Hasta el barman estaba encandilado.
Y entonces terminó. La pantalla que le había ido sugiriendo la letra de la canción llegó con rigidez robótica al final. Y se quedó callada.
Más que callada: muda, como si nunca en su vida hubiera hablado hasta aquel momento y como si nunca más lo fuera a hacer.
Y entonces eructó y dijo:
- Creo que me voy a comer otra de esas tortas de carne picante que tienes, joe.
Y así rompió el hechizo.
Todos volvieron a sus cervezas y a revivir la resaca de la juventud, de la vida grandiosa que nucna llegó.
"C'mon baby light my fire"
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