jueves, 6 de noviembre de 2014

el traga-palabras

Todas las ranas aprenden a croar correctamente. Para ello, van a la escuela de ranas cuando aún son renacuajos y se entrenan diariamente. Una rana que no sabe croar es como un árbol que no sabe echar hojas.
- Tenéis que coger aire profundamente. Lo metéis en la barriga y dejáis que repose allí por unos momentos antes de expulsarlo. Y luego lo hacéis, pero cuidado que no sea muy rápido, que no sea muy lento.
Así les explicaba don Canuto, el profesor.
- T'go kir aksa -dijo una rana nueva, apenas un renacuajancito que venía con su hermano mayor.
- ¿Qué dice usted, joven? -interrogó el profesor
- ¡¡Aksa!! -replicó el joven
El profesor miró a su hermano.
- Dice que tiene que ir a casa -explicó este
- ¿Y por qué, si se puede saber, desea usted abandonar el aula tan temprano? -preguntó el profesor con pedantería
- Pipí -dijo el renacuajo, aliviado de que la respuesta fuera tan fácil.
- Me parece que no va usted a progresar mucho en el arte del croqueo, joven. De todas formas, para aliviar sus necesidades más imperiosas no hace falta que se vaya a su casa. Aquí tenemos nuestro propio baño.
Y con esto se dio la vuelta. El pequeño se fue corriendo -los renacuajos no dan saltos- hacia donde su hermano le indicaba. Temía que fuera muy tarde.
Cuando volvió, el profesor interrumpió la clase hasta que se sentó. Todos los alumnos le miraban y el pequeño renacuajo se sintió cohibido.
- Tengo curiosidad por saber su nombre, pequeño. ¿Sería tan amable de compartirlo con el resto de la clase?
El pequeño no le entendió. Miró angustiado a su hermano, quien contestó por él.
- Se llama Nicolás, pero en casa la llamamos traga-palabras. Ahora ya sabe usted por qué.
Toda la clase se rió. El profesor continuó con su clase y Nicolás se sintió triste. Apenas levantaba la mirada.
Entonces algo oscuro pasó por el cielo, oscureciendo el aula.
- ¡Cuidado con la cigüeña! -se oyó el grito de advertencia.
El grito y la sombra levantaron un pandemónium donde antes solo había orden. Todas las ranitas y renacuajos se apresuaraban a buscar refugio y saltaban de un lado a otro, croando como podían y sin que nadie se preocupara de saber si afinaban más o menos.
El profesor también saltaba. Pero ya estaba mayor y no era tan rápido. Sin embargo, su forma gorda y voluminosa atrajo la mirada del ave, que se avalanzó sobre él. Justo cuando iba a ensartarlo con su afilado pico, una pequeña sombra se lanzó sobre sus ojos. La cigüeña erró el tiro y, además, chocó contra el suelo. Maltrecha y asustada se fue de allí.
¿Y quién había sido el pequeño héroe que se había lanzado en defensa del pomposo profesor?
Traga-palabras, a quien desde aquel día todos honraron. Y cuando decían "traga-palabras" ya no era como un insulto, sino como una alabanza a un renacuajo tan valiente.
Tan valiente fue que no solo arriesgó su vida, sino que también hizo lo posible por croar correctamente y llegó a ser famoso por la forma tan esmerada que tenía de hablar. Y cuando murió de puro viejo, murió como alcalde de toda la villa, que le tenía gran cariño. ¿Sus últimas palabras? Sí, fueron "aksa".

No hay comentarios:

Publicar un comentario