Una vez, un niño se rebeló contra el ángel que lo tenía en brazos.
- ¡¡Tú no eres mi madre!!
Le gritaba en la oreja. Y esto lo hacía continuamente, pues ambos formaban parte de una pequeña escultura que, sobre el organillo roto del salón, reposaban día y noche, cogiendo polvo y sin que nadie hiciera nada por remediarlo.
Y el ángel guardaba silencio. Tampoco él estaba del todo convencido con lo de llevar eternamente a un niño así, rebelde, a cuestas. Además, el niño ya no era un bebé y pesaba lo suyo.
Claro que, como ambos eran estatuas de arcilla que, seca, se endurecía, pues les costaba mucho moverse. Con todo, el niño rebelón se las arreglaba para soltar pequeños puntapiés sobre los riñones del ángel.
"Este niño es una cruz" Pensaba el ángel.
Las figurillas no tenían tanta prestancia como para resaltar en el salón; todo lo más, sumaban para dar a la sala un aire de sencillez elegante y colores desérticos. Como la sala estaba en una casa que se situaba en una fría ciudad europea en un país verde, montañoso y con mucha agua, pues el contraste era agradable. El mismo contraste que se encontraría en las plantas que adornaran un patio andaluz en un desierto. Porque hay patios andaluces en el desierto, por muy raro que parezca. Pero ese es otro tema.
Un día la niña de la casa tiró un cojín por el aire. El cojín golpeó el viejo organillo y las dos figuras de la estatua, ¡pataplás!, cayeron al suelo. Fue con tanta suerte el golpe que las dos quedaron separadas y poco fue lo que cada una de ella dejó en su antiguo compañero. El papá de la niña pensó en arreglar el conjunto pero la niña se encrapichó con el niño roto. Este parecía un niño sentado en ninguna parte y vestido con un pijama de arena. Y pronto se encontró acompañando a las muñecas alrededor de una mesita de té.
Las muñecas eran muy maternales y querían hacerse cargo de un bebé tan recién llegado. Todos los bebés -pensaban-eran tiernos por naturaleza. Y todas las muñecas -sentían-tenían vocación de madres.
Sin embargo, el bebé no se encontraba a gusto entre ellas y apenas soltaba palabra.
Por su parte el ángel se encontró abandonado en el desván. Pues un ángel roto que no tiene a nadie a quien sostener es muy probable que termine en el desván, como fue el caso de éste.
Y por las noches, cuando ya las muñecas dormían, el bebé se descubría a veces pensando en su antigua vida, en el ángel y en cómo le sostenía. "Supongo que le echo de menos", pensaba en sus ratos de mayor madurez. "Siempre me estaba sosteniendo"
Y el ángel, en el cuarto oscuro, sonreía las mismas noches cuando miraba a las esquinas sombrías del trastero y se decía, en un susurro, "ah, esto sí que es vida".
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