- ¿Dónde he metido ahora la tinta azul? ¿Quién me la ha cogido? -así comenzó a bramar el mago lermín, conocido en la tierra por otro nombre y habitante de otras épocas y leyendas. Los gnomos que trabajaban con él ya conocían su genio, así como su invariable costumbre de perder cosas y echar la culpa a cualquiera menos a él mismo. Por eso no respondieron, sino que se escabulleron rápidamente de la casa.
La casa era una agradable casita en medio de un campiña de pastos verdes. Era difícil encontrar algo más “terrestre” en todo el planeta Silurio. Y desde allí Lermín hacía sus mapas.
- ¿PERO SE PUEDE SABER DÓNDE SE HAN METIDO TODOS? -chilló, pero ya no había quien le oyera, salvo las hormigas gigantes de wacatom que vivían no muy lejos de donde el mago, solo que bajo tierra.
- Otra vez ha perdido algo -le dijo una hormiga a su compañera, mientras transportaba un gran saco de harina al almacén.
- Y estará solo para buscarlo, te apuesto lo que sea -le contestó su compañera.
Pero en esta ocasión Lermín no puso la casa patas arriba buscando la tinta azul, sino que se desplomó sobre la silla y, cubriéndose la cara con las manos, sollozó.
- ¿Por qué a mí? ¿Por qué siempre a mí?
Deseó que un hada viniera a consolarle, pero él ya no era joven y tierno, y su genio había ahuyentado a las pobres hadas que intentaron ayudarlo.
- Tendrás que ayudarte primero tú a ti mismo, luego podremos hablar otra vez -le había dicho el último hada que lo había visitado, una prima lejana de la famosa Maléfica, la bruja de Blancanieves. Y Lermín sospechaba que el parentesco podía ser aún más cercano de lo que el hada defendía. Pero lo único que le dijo fue una palabrota, ante lo que la otra despareció.
- Y ahora estoy solo. Solo y condenado -se quejó. Pues no será mi culpa lo que pase, no señor.
Y tras decir esto, se levantó otra vez y volvió a su mesa de trabajo. Allí se extendía un gran mapa pintado con diversos colores y todo lujo de detalles. Era difícil entender qué es lo que representaba, salvo que muchos caminitos unían lo que parecían orgánicos pueblos que, como setas tras un día de lluvia, surgían aquí y allá. En algunos lugares había bosquecillos apartados en los que se escondían fieras en la oscuridad. En otros, había desiertos donde un sol a plomo perfilaba las sombras de las rocas. Por allí un mar y una costa abrupta, acá una playa paradisiaca. Todo tenía un increíble lujo de detalles, aunque era imposible determinar con exactitud qué era cada cosa. Simplemente, el mapa recordaba a muchas cosas pero evitaba fijarse nada en concreto.
- ¿Qué tengo para sustituir al azul? Y no puedo poner ni amarillo ni verde o perdería el contraste con los alrededores. Tendrá que ser... sí, naranja
Dicho y hecho. Comenzó a pintar una fina línea naranja.
En aquel momento, en la Tierra, respondiendo a un impulso que no sabía de dónde venía, un estudiante se durmió en medio de una clase soporífera. Al despertarse, en su cabeza aleteó durante un instante una última idea que le había venido en medio del sueño. Rápidamente la escribió en su cuaderno:
- ¿Qué pasará cuando los ángeles van más rápido que la luz?
Cerró su cuaderno y se olvidó rápido de lo que había escrito. En la portada del cuaderno estaba su nombre:
Albert Einstein.
Y Lermín no encontró la tinta azul aquel día, pero no estaba descontento.
sábado, 31 de mayo de 2014
martes, 27 de mayo de 2014
El conductor de rallies
Se metió en el coche y por un momento sintió toda la emoción de una gran carrera. Podría haber estado en Mónaco y las multitudes hubieran aclamado su nombre, los periodistas se amontonarían para sacarle una foto. Sería un día claro, un dia luminoso sin ninguna nube en el horizonte. Del mar llegaría una brisa fresca.
Pero no estaba en Mónaco sino en un paraje yermo y desierto, entre colinas grises y parduzcas. El cielo, encapotado, a punto de llover, y nadie a la vista. El coche ya estaba para que lo jubilaran, pero era su momento.
- Aquí tienes las llaves.Nosotros nos volvemos a casa. Intenta no estrellar el coche -le había dicho su padre con sorna. Luego se atisó un poco el bigote y se habían ido con un rugido del motor. A él le dejaban allí tirado en medio de la nada, con la única compañía de aquella chatarra vieja.
Y, sin embargo, se sentía más libre de lo que se había sentido en mucho tiempo. Había algo sexual en aquel momento, respiraba una intimidad con sus emociones que la traspasaba.
Palpó la palanca de cambios y, después, arrancó. El viejo ronquido del motor se le apareció como el de una bestia rugiente que pidiera millas que recorrer.
- Yo también tengo prisa, pequeño -le dijo él al coche teatralmente.
Arrancó. Las marchas cortas eran extraordinariamente potentes o, al menos, hacían un ruído capaz de peinar la escasa vegetación de la zona.
En cada curva aceleraba más. El coche cabeceaba pero aguantaba firme en su posición.
- Vamos, eso es. Hay que acelerar en las curvas -se dijo él.
De repente surgió un peatón por la carretera. Iba vestido de negro y eso asustó al joven conductor. El frenazo que dio hizo que las ruedas derraparan y que perdiera el control del automóvil. Se salió hacia los campos y a punto estuvo de volcar.
Todavía estaba temblando cuando se acercó corriendo el viandante. Era un sacerdote vestido todo con sotana. Por eso iba de negro.
- ¿Pero qué demonios hacía usted en la carretera? -le gritó el joven nada más verle, mientras aún se peleaba con el cinturón de seguridad.
Antes de que el cura respondiera, de un alud cercano comenzaron a caerse grandes piedras. Si el coche no se hubiera salido de la carretera, las piedras lo habrían enterrado antes. El joven las miró con terror y luego miró al sacerdote, que no parecía mucho mayor que él. Este miraba hacia el alud de piedras recién caído y, luego, hacia el joven conductor. En su rostro se dibujó una extraña sonrisa. Por fin habló:
- ¿Fumas? -le preguntó, sacando de su bolsillo un paquete de cigarrillos.
El joven, con mano temblorosa, cogió uno. El cura prendió una para sí y luego le pasó el mechero.
- Creo que tenemos mucho de lo que hablar -le dijo
El joven conductor dio una calada aún más profunda a su cigarrillo y, mirando a las piedras caídas en la carretera, respondió:
- Eso parece
lunes, 26 de mayo de 2014
nubosidad variable
Un día Hércules, tras haberse convertido en uno de los más famosos dioses griegos y haber superado todas las pruebas, quiso hacer algo diferente. Estaba cansado de que el tiempo fuera tan variable, de que algunos días lloviera tanto y otras apenas chispeara, de que hiciera sol o, en las zonas altas, comenzara a nevar como de imprevisto.
Y es que Hércules añoraba la estabilidad. Su cuerpo apenas había envejecido en los últimos cientos de años, pero su mente ya no se fijaba tanto en el río que fluye como en el lago que permanece; sus oídos prestaban más atención al silencio que a la música de las hojas movidas por el viento; su tacto ya no se estremecía ante los ángulos inesperados y cortantes de la roca, sino que resbalaba de placer en la corteza de los árboles más antiguos, esa corteza que no es más que una capa superficial y que refleja, como la luz en un lago, la profunda y calmada existencia de las plantas leñosas.
- Le pediré a mi padre que el tiempo siempre permanezca igual -le dijo un día a sus amigos.
Subió al Olimpo y allí encontró a su padre que, en aquel momento, le recitaba una de sus peores poesías a Hera. Y es que en el Olimpo recién había comenzado la primavera. Ella reía, complacida, más por los tontos esfuerzos de Zeus por parecer romántico que por la propia poesía, que solo podía gustarle a un fauno sordo.
- Padre, cada primavera te deshonras dejando que tu sangre se altere - le dijo Hércules en cuanto su padre le dio un momento para hablar - y eso es porque dejas que el tiempo te controle. ¡Tú, el mismísimo señor del rayo y del trueno!
Pero Zeus le miró con ojos pacíficos y le dijo:
- Muy bien, será como tú deseas. Haré que toda Grecia viva en una eterna salida de la primavera. Este es un tiempo que a todos gusta, justo antes de que se caigan las hojas de los árboles en Mileto y las playas de Tracia tienen más arena. Pero en las montañas seguirán habiendo estaciones, solo que siempre hará frío y ni siquiera el verano podrá fundir del todo a las nieves acumuladas.
Hércules se marchó contento, vanagloriándose de la influencia que tenía sobre su padre. Sin embargo, al año volvió al Olimpo. Como ya no había estaciones, Zeus estaba jugando con el viento y la tormenta en un mar lejano, así que Hércules tuvo que esperarle. Cuando por fin apareció su padre, le dijo:
- Padre, no aguanto más esta situación. Mi vida es un mar en calma, una piedra escondida en una cueva a la que nadie llega, una gota de agua que solo cae sin llegar nunca a destino. Me equivocaba al pensar que las estaciones eran malas. ¡Reponlas! El tedio invade mi existencia y cada mañana me encuentro esperando un Otoño que nunca termina de llegar.
Zeus sonrió y dijo:
- Nunca hice nada para cambiar el tiempo. Ni soy tan poderoso ni mis intereses van con los tuyos. Lo único que hice fue embrujar tus sentidos para que siempre creyeras que vivías en el mismo tiempo. Pero ahora ve, lávate en esa fuente y podrás volver a la vida de antes.
Hércules se fue y se marchó contento, porque ahora ya podía sentir los cambios en el exterior.
- ¿Acaso esa fuente es milagrosa? -preguntó Hefesto quien pasaba por ahí y estaba interesado en algo que pudiera curarle de los males que le aquejaban
- ¡Quiá! -respondió Zeus- solo es agua normal.
Y es que Hércules añoraba la estabilidad. Su cuerpo apenas había envejecido en los últimos cientos de años, pero su mente ya no se fijaba tanto en el río que fluye como en el lago que permanece; sus oídos prestaban más atención al silencio que a la música de las hojas movidas por el viento; su tacto ya no se estremecía ante los ángulos inesperados y cortantes de la roca, sino que resbalaba de placer en la corteza de los árboles más antiguos, esa corteza que no es más que una capa superficial y que refleja, como la luz en un lago, la profunda y calmada existencia de las plantas leñosas.
- Le pediré a mi padre que el tiempo siempre permanezca igual -le dijo un día a sus amigos.
Subió al Olimpo y allí encontró a su padre que, en aquel momento, le recitaba una de sus peores poesías a Hera. Y es que en el Olimpo recién había comenzado la primavera. Ella reía, complacida, más por los tontos esfuerzos de Zeus por parecer romántico que por la propia poesía, que solo podía gustarle a un fauno sordo.
- Padre, cada primavera te deshonras dejando que tu sangre se altere - le dijo Hércules en cuanto su padre le dio un momento para hablar - y eso es porque dejas que el tiempo te controle. ¡Tú, el mismísimo señor del rayo y del trueno!
Pero Zeus le miró con ojos pacíficos y le dijo:
- Muy bien, será como tú deseas. Haré que toda Grecia viva en una eterna salida de la primavera. Este es un tiempo que a todos gusta, justo antes de que se caigan las hojas de los árboles en Mileto y las playas de Tracia tienen más arena. Pero en las montañas seguirán habiendo estaciones, solo que siempre hará frío y ni siquiera el verano podrá fundir del todo a las nieves acumuladas.
Hércules se marchó contento, vanagloriándose de la influencia que tenía sobre su padre. Sin embargo, al año volvió al Olimpo. Como ya no había estaciones, Zeus estaba jugando con el viento y la tormenta en un mar lejano, así que Hércules tuvo que esperarle. Cuando por fin apareció su padre, le dijo:
- Padre, no aguanto más esta situación. Mi vida es un mar en calma, una piedra escondida en una cueva a la que nadie llega, una gota de agua que solo cae sin llegar nunca a destino. Me equivocaba al pensar que las estaciones eran malas. ¡Reponlas! El tedio invade mi existencia y cada mañana me encuentro esperando un Otoño que nunca termina de llegar.
Zeus sonrió y dijo:
- Nunca hice nada para cambiar el tiempo. Ni soy tan poderoso ni mis intereses van con los tuyos. Lo único que hice fue embrujar tus sentidos para que siempre creyeras que vivías en el mismo tiempo. Pero ahora ve, lávate en esa fuente y podrás volver a la vida de antes.
Hércules se fue y se marchó contento, porque ahora ya podía sentir los cambios en el exterior.
- ¿Acaso esa fuente es milagrosa? -preguntó Hefesto quien pasaba por ahí y estaba interesado en algo que pudiera curarle de los males que le aquejaban
- ¡Quiá! -respondió Zeus- solo es agua normal.
domingo, 25 de mayo de 2014
viaje de slavko
El último día de la semana me metieron en un coche y me llevaron a ljbuljana. Allí me fui con el barbas a la estación de tren. Nos montamos en uno y comenzó a moverse. ¿Hay baño en un tren? No lo sé, así que me paso el viaje poniendo caras y aguantando las ganas de ir al baño.
Llegamos a una gran ciudad y el barbas pregunta a los locales cómo coger uno de esos trenes pequeñitos que van por la ciudad. Son azules y hay muchos. Son azules.
Cuando bajamos del trenecito vemos al jefe alto que viene a recogernos acompañado de dos perros. Él los llama "Jon" y "kiara", pero ellos no dicen nada, como yo. Uno de los perros es lago, castaño y tranquilo. Bosteza mucho. El otro es peludo como una alfombra y tiene ojos azules, como los trenecitos o el cielo.
Esa noche cenamos pizza. Ellos no saben que la pizza no me gusta mucho, y aún se las dan de sorprendidos cuando decido no acabarla. La cerveza sin alcohol, en cambio, si me gusta, pero el jefe alto y el barbas hacen lo posible por agüarme la fiesta.
- ¿Te has fijado en que él mismo ha decidido no comer más? -le dice el jefe alto al barbas con admiración.
Para dormir, el jefe algo nos deja el salón al barbas, al perro bostezón y a mí. Él, por su parte, se va al dormitorio con el perro-felpudo.
Tardo mucho en dormir. Cada vez que me muevo, el perro-alfombra ladra desde el dormitorio y aemanaza con un gruñido a todo el que se quiera levantar o cambiar de posición. Esto significa que no podré ir al baño durante toda la noche. Además, el perro bostezón pasea de vez en cuando del salón al dormitorio, pasando antes por mi cama.
Al mal tiempo, buena cara. Si alguien me hubiera visto habría visto como sonreía en medio de las miserias de una noche entre dos perros y dos humanos que me entienden aún menos.
Al día siguiente paseamos por un gran parque. Hay lagos, perros, gentes y montañitas que me cuesta subir y, sobre todo, bajar. El jefe alto insiste en atarme las ligas de los tenis, aunque poco antes yo había deshecho los que el barbas me había anudado.
Después vamos a comer cevapcici. A mis acompañantes les sorprende que desmenuze la carne hasta trocitos casi invisibles y que me coma la cebolla cruda con parsimonio, placer y ningún picor.
La cerveza sin alcohol, como viene siendo costumbre, me la racionan.
Después acompañamos al jefe alto a ver un coche que quiere comrparse. El coche es pequeño, muy pequeño, y no entiendo por qué todo el mundo parece feliz cuando nos llevan de vuelta a la casa.
En la casa el barbas duerme y yo hago planes de futuro acostado en el sillón. Luego, café y helado. helado que está hecho con leche.
- No pasará nada porque tome un pelín de leche -dice el barbas, para justificar su irresponsabilidad.
Volvemos al trenecito azul y de allí al gran tren. Una vez en el tren, el barbas me invita a ir al baño. ¡Así que hay baño en el tren! Mi vejiga se alegra, mi esfínter se prepara. Pero en e baño hay un señor haciendo no sé qué. Empujo la puerta porque quiero entrar, golpeando al señor que hay dentro. El barbas interviene y yo me enfado y muevo mis brazos con rabia. El barbas me lo coge y me dice:
- Dober je, slavko, dober je. Solo tienes que esperar un poco.
El señor del baño se da cuenta de mi prisa y se va, no sin antes lanzarme una mirada asustada. Entro y el resto del viaje solo es una impaciente espera para poder llegar a mi cuarto en Barka, cepillarme los dientes como a mí me gusta, ponerme mi pijama azul, de un azul más fuerte que el de los trenecitos de la gran ciudad y mucho más fuerte que el de los ojos de Kiara.
Y dormir.
Llegamos a una gran ciudad y el barbas pregunta a los locales cómo coger uno de esos trenes pequeñitos que van por la ciudad. Son azules y hay muchos. Son azules.
Cuando bajamos del trenecito vemos al jefe alto que viene a recogernos acompañado de dos perros. Él los llama "Jon" y "kiara", pero ellos no dicen nada, como yo. Uno de los perros es lago, castaño y tranquilo. Bosteza mucho. El otro es peludo como una alfombra y tiene ojos azules, como los trenecitos o el cielo.
Esa noche cenamos pizza. Ellos no saben que la pizza no me gusta mucho, y aún se las dan de sorprendidos cuando decido no acabarla. La cerveza sin alcohol, en cambio, si me gusta, pero el jefe alto y el barbas hacen lo posible por agüarme la fiesta.
- ¿Te has fijado en que él mismo ha decidido no comer más? -le dice el jefe alto al barbas con admiración.
Para dormir, el jefe algo nos deja el salón al barbas, al perro bostezón y a mí. Él, por su parte, se va al dormitorio con el perro-felpudo.
Tardo mucho en dormir. Cada vez que me muevo, el perro-alfombra ladra desde el dormitorio y aemanaza con un gruñido a todo el que se quiera levantar o cambiar de posición. Esto significa que no podré ir al baño durante toda la noche. Además, el perro bostezón pasea de vez en cuando del salón al dormitorio, pasando antes por mi cama.
Al mal tiempo, buena cara. Si alguien me hubiera visto habría visto como sonreía en medio de las miserias de una noche entre dos perros y dos humanos que me entienden aún menos.
Al día siguiente paseamos por un gran parque. Hay lagos, perros, gentes y montañitas que me cuesta subir y, sobre todo, bajar. El jefe alto insiste en atarme las ligas de los tenis, aunque poco antes yo había deshecho los que el barbas me había anudado.
Después vamos a comer cevapcici. A mis acompañantes les sorprende que desmenuze la carne hasta trocitos casi invisibles y que me coma la cebolla cruda con parsimonio, placer y ningún picor.
La cerveza sin alcohol, como viene siendo costumbre, me la racionan.
Después acompañamos al jefe alto a ver un coche que quiere comrparse. El coche es pequeño, muy pequeño, y no entiendo por qué todo el mundo parece feliz cuando nos llevan de vuelta a la casa.
En la casa el barbas duerme y yo hago planes de futuro acostado en el sillón. Luego, café y helado. helado que está hecho con leche.
- No pasará nada porque tome un pelín de leche -dice el barbas, para justificar su irresponsabilidad.
Volvemos al trenecito azul y de allí al gran tren. Una vez en el tren, el barbas me invita a ir al baño. ¡Así que hay baño en el tren! Mi vejiga se alegra, mi esfínter se prepara. Pero en e baño hay un señor haciendo no sé qué. Empujo la puerta porque quiero entrar, golpeando al señor que hay dentro. El barbas interviene y yo me enfado y muevo mis brazos con rabia. El barbas me lo coge y me dice:
- Dober je, slavko, dober je. Solo tienes que esperar un poco.
El señor del baño se da cuenta de mi prisa y se va, no sin antes lanzarme una mirada asustada. Entro y el resto del viaje solo es una impaciente espera para poder llegar a mi cuarto en Barka, cepillarme los dientes como a mí me gusta, ponerme mi pijama azul, de un azul más fuerte que el de los trenecitos de la gran ciudad y mucho más fuerte que el de los ojos de Kiara.
Y dormir.
sábado, 24 de mayo de 2014
la ventana de pinocho
En una gran ciudad, en un gran edificio y en una oscura habitación, así comenzará y terminará esta historia.
Las persianas de las ventanas habían estado cerradas desde tiempo inmemorial. El edificio pertenecía a una triste época del país, cuando gobernaban unos hombres grises que decían pertenecer al pueblo. El pueblo eran los campos verdes, los ríos escondidos, el pueblo eran las montanas de los osos y las faldas azules de las mozas. Y los hombres grises decían gobernar en su nombre.
En el edificio ya no vivía más que algunos viejos de aquella antigua época y algunos jóvenes okupas de la nueva.
Y, sin embargo, en aquel piso vivía un ser que rehuía de la luz del sol. Temía enfrentarse a ella, pues en su juventud había viajado mucho y había terminado mal, por mucho que dijeran los cuentos. Entonces había muerto su creador y su principal amigo se había escapado por una rendija que surgió en la pared. Una pequena rendija que su pequeno amigo aprovecho para irse y no mas volver.
Entre las rendijas de sus viejas persianas, el ser de la oscuridad había contemplado los cambios que pasaban en la ciudad. Había muchos más aviones que antes sobrevolando el país. Y coches haciendo sonar las bocinas. Y gente que vestía de muchos colores, ya no solo de gris. El aire era más limpio porque habían cerrado la fábrica. Todo cambiaba menos él, pues lo habían creado para ser inmune al paso del tiempo.
/ Se le caerán las bolsas /se dijo cuando vio a la vecina del quinto volver con dos bolsas llenas de comida. Eran bolsas de plástico sobre las que estaban impreso el logotipo en rojo del supermercado. Desde que las bolsas eran de plástico, era más raro ver que a nadie se le cayeran las bolsas, pero la vieja vecina del quinto había mostrado una torpeza superior a la media.
Pero qué era aquello+ Una figura acompanaba la vieja, =su sobrina=, y ahora, pese a la resistencia de la vieja, ella se hizo cargo de la compra.
/ =Pero déjala en paz! /dijo el ser, y movió el brazo como queriendo ahuyentar a la joven sobrina. Pero ni la sobrina le oyó ni la vieja le vio. Sin embargo, su movimiento movió de repente la persiana y un rayo de luz fue a caer sobre el brazo de aquel ser.
/ Maldición /profirió
Y se retiró rápidamente a los más profundo de la habitación. Con temor se volvió hacia su brazo y vio lo que más temía+ allí donde había caído el rayo de sol ahora florecía una peque;a rama con una hojita verde en ella. Con resignación fue hasta la cocina y, cogiendo un cuchillo, se amputó a la recién nacida planta. Le dolio tanto como si se cortara un dedo.
La vida de Pinocho estaba condenada a nunda florecer. Era una muerte demasiado larga para un cuento.
Las persianas de las ventanas habían estado cerradas desde tiempo inmemorial. El edificio pertenecía a una triste época del país, cuando gobernaban unos hombres grises que decían pertenecer al pueblo. El pueblo eran los campos verdes, los ríos escondidos, el pueblo eran las montanas de los osos y las faldas azules de las mozas. Y los hombres grises decían gobernar en su nombre.
En el edificio ya no vivía más que algunos viejos de aquella antigua época y algunos jóvenes okupas de la nueva.
Y, sin embargo, en aquel piso vivía un ser que rehuía de la luz del sol. Temía enfrentarse a ella, pues en su juventud había viajado mucho y había terminado mal, por mucho que dijeran los cuentos. Entonces había muerto su creador y su principal amigo se había escapado por una rendija que surgió en la pared. Una pequena rendija que su pequeno amigo aprovecho para irse y no mas volver.
Entre las rendijas de sus viejas persianas, el ser de la oscuridad había contemplado los cambios que pasaban en la ciudad. Había muchos más aviones que antes sobrevolando el país. Y coches haciendo sonar las bocinas. Y gente que vestía de muchos colores, ya no solo de gris. El aire era más limpio porque habían cerrado la fábrica. Todo cambiaba menos él, pues lo habían creado para ser inmune al paso del tiempo.
/ Se le caerán las bolsas /se dijo cuando vio a la vecina del quinto volver con dos bolsas llenas de comida. Eran bolsas de plástico sobre las que estaban impreso el logotipo en rojo del supermercado. Desde que las bolsas eran de plástico, era más raro ver que a nadie se le cayeran las bolsas, pero la vieja vecina del quinto había mostrado una torpeza superior a la media.
Pero qué era aquello+ Una figura acompanaba la vieja, =su sobrina=, y ahora, pese a la resistencia de la vieja, ella se hizo cargo de la compra.
/ =Pero déjala en paz! /dijo el ser, y movió el brazo como queriendo ahuyentar a la joven sobrina. Pero ni la sobrina le oyó ni la vieja le vio. Sin embargo, su movimiento movió de repente la persiana y un rayo de luz fue a caer sobre el brazo de aquel ser.
/ Maldición /profirió
Y se retiró rápidamente a los más profundo de la habitación. Con temor se volvió hacia su brazo y vio lo que más temía+ allí donde había caído el rayo de sol ahora florecía una peque;a rama con una hojita verde en ella. Con resignación fue hasta la cocina y, cogiendo un cuchillo, se amputó a la recién nacida planta. Le dolio tanto como si se cortara un dedo.
La vida de Pinocho estaba condenada a nunda florecer. Era una muerte demasiado larga para un cuento.
jueves, 22 de mayo de 2014
cayendo del nido
Cuando aún faltaba una buena semana para que sus padres le enseñaran a volar, el pajarito afronsio se cayó del nido.
- El pequeño ha tenido muy mala suerte. Justo en aquel momento pasaba la cigueña contando noticias del sur y él se ha asomado al borde del nido, con tan mala pata que una ráfaga de viento se lo ha llevado por los aires -así lo explicaba el señor cuervo gris, que lo había visto todo.
Y era la razón por la que los padres de Afronsio estaban enfadados con la cigüeña. ¿Quién le mandaba a ella a ir proclamando a gritos sus experiencias en el sur?
- Pero si cada año lo hago, cuando vuelvo por primavera -decía ella, confundida. En cuanto se había enterado se había acercado al nido para ver si podía ayudar en nada.
Así que los padres de Afronsio estaban disgustados, la cigueña se sentía culpable y compungida y el cuervo gris se hacía el moralista. Y, sin embargo, Afronsio no sentía ningún miedo. Es más, se sentía feliz de haber abandonado antes de tiempo el nido.
- Así podré recorrer el mundo -se decía
Había caído sobre un arbusto y no se había hecho ningún daño.
- Y seguro que podré encontrar algo de comer por aquí -le aseguró a su madre, que le miraba con mucha pena.
Los padres no podían permanecer mucho tiempo en el suelo: era peligroso y, sobre todo, no se les ocurría ninguna forma de ayudar a su pequeño. Si estuviera en el nido, tal y como estaba mandado, sería otra cosa. Pero así...
Cuando se hizo la noche, ya no se veía al pequeño. Los padres lloraron pero se fueron al nido a dormir, no fuera que perdieran a otro de sus retoños. La única que se quedó abajo, como un palo erecto y silencioso en la noche del bosque, fue la cigüeña.
- Cuéntame otra historia del sur -le llegó la voz del pequeño pajarito, que con la llegada de la noche había comenzado a tener miedo y agradecía la compañía de la cigüeña, aunque esta no pudiera verle.
- El sur... el sur es como el despertar de un sueño en una mañana calurosa de un sábado. Es de día y el rocío se evapora de las hojas. En el suelo hay muchos gusanos e insectos que han subido junto al sol. El día, el aire, el viento... todo promete. Hay una promesa escondida que se deja ver más en el sur. -le dijo la cigüeña.
El pequeño no dijo nada durante un rato. Pero al cabo, cuando ya la cigüeña se preparaba para emprender vuelo y dormir en su propio nido, su voz trinó otra vez:
- Ya sé lo que tengo que hacer para sobrevivir e ir al sur.
- ¿Y qué es? -respondió la cigüeña a la oscuridad, reprimiendo un bostezo.
- ¡Volaré! -gritó el niño
Y aunque la cigüeña no pudiera verlo, sí que oía como el pequeño corría de un lado a otro y saltaba, extendiendo sus alas en un intento de elevarse sobre el suelo. Sonaba la hojarasca removida y los saltos largos que el pequeño había hecho.
- ¿Lo ves? Ya casi estoy volando
Pero la cigüeña no podía ver nada. Al rato alzó vuelo y se alejó de allí.
A la mañana siguiente, volvió. Los padres estaban llorando y hasta el cuerva gris no sabía qué decir. Sobre la hierba fresca de la mañana estaba el cuerpecito muerto del pajarito. Durante toda la noche había intentado volar hasta que su cuerpo ya no respondió más.
- Si hubiera sabido volar... -se lamentaba su madre
Pero la cigüeña tuvo otro pensamiento: "No es cierto. Afronsio voló más alto que ninguno de nosotros".
- El pequeño ha tenido muy mala suerte. Justo en aquel momento pasaba la cigueña contando noticias del sur y él se ha asomado al borde del nido, con tan mala pata que una ráfaga de viento se lo ha llevado por los aires -así lo explicaba el señor cuervo gris, que lo había visto todo.
Y era la razón por la que los padres de Afronsio estaban enfadados con la cigüeña. ¿Quién le mandaba a ella a ir proclamando a gritos sus experiencias en el sur?
- Pero si cada año lo hago, cuando vuelvo por primavera -decía ella, confundida. En cuanto se había enterado se había acercado al nido para ver si podía ayudar en nada.
Así que los padres de Afronsio estaban disgustados, la cigueña se sentía culpable y compungida y el cuervo gris se hacía el moralista. Y, sin embargo, Afronsio no sentía ningún miedo. Es más, se sentía feliz de haber abandonado antes de tiempo el nido.
- Así podré recorrer el mundo -se decía
Había caído sobre un arbusto y no se había hecho ningún daño.
- Y seguro que podré encontrar algo de comer por aquí -le aseguró a su madre, que le miraba con mucha pena.
Los padres no podían permanecer mucho tiempo en el suelo: era peligroso y, sobre todo, no se les ocurría ninguna forma de ayudar a su pequeño. Si estuviera en el nido, tal y como estaba mandado, sería otra cosa. Pero así...
Cuando se hizo la noche, ya no se veía al pequeño. Los padres lloraron pero se fueron al nido a dormir, no fuera que perdieran a otro de sus retoños. La única que se quedó abajo, como un palo erecto y silencioso en la noche del bosque, fue la cigüeña.
- Cuéntame otra historia del sur -le llegó la voz del pequeño pajarito, que con la llegada de la noche había comenzado a tener miedo y agradecía la compañía de la cigüeña, aunque esta no pudiera verle.
- El sur... el sur es como el despertar de un sueño en una mañana calurosa de un sábado. Es de día y el rocío se evapora de las hojas. En el suelo hay muchos gusanos e insectos que han subido junto al sol. El día, el aire, el viento... todo promete. Hay una promesa escondida que se deja ver más en el sur. -le dijo la cigüeña.
El pequeño no dijo nada durante un rato. Pero al cabo, cuando ya la cigüeña se preparaba para emprender vuelo y dormir en su propio nido, su voz trinó otra vez:
- Ya sé lo que tengo que hacer para sobrevivir e ir al sur.
- ¿Y qué es? -respondió la cigüeña a la oscuridad, reprimiendo un bostezo.
- ¡Volaré! -gritó el niño
Y aunque la cigüeña no pudiera verlo, sí que oía como el pequeño corría de un lado a otro y saltaba, extendiendo sus alas en un intento de elevarse sobre el suelo. Sonaba la hojarasca removida y los saltos largos que el pequeño había hecho.
- ¿Lo ves? Ya casi estoy volando
Pero la cigüeña no podía ver nada. Al rato alzó vuelo y se alejó de allí.
A la mañana siguiente, volvió. Los padres estaban llorando y hasta el cuerva gris no sabía qué decir. Sobre la hierba fresca de la mañana estaba el cuerpecito muerto del pajarito. Durante toda la noche había intentado volar hasta que su cuerpo ya no respondió más.
- Si hubiera sabido volar... -se lamentaba su madre
Pero la cigüeña tuvo otro pensamiento: "No es cierto. Afronsio voló más alto que ninguno de nosotros".
lunes, 19 de mayo de 2014
el conductor
El búho era el encargado de llevar a todo el mundo de un lado a otro en las horas nocturnas. Ya era muy mayor y por eso llevaba una gruesas gafas de botella sobre su pequeño pico. El autobús era, en general, uno de esas barcas voladoras hechas de madera policromada. De esos quedan pocos ya, sustituidos por las flechas monoplazas que los jóvenes del bosque preferían.
Pero la compañía de transportes aún tenía un buen número de los antiguos colectivos que utilizaba, sobre todo, por la noche, cuando apenas había tráfico aéreo entre los árboles. El viejo búho no solo era el encargado de una línea, sino de todas las líneas nocturnas. Tan pronto como terminaba el trayecto con una, se hacía con otro vehículo o le cambiab a el cartel al que llevaba y, ¡a volar!, se iba por otras partes del bosque para recoger a sus nuevos pasajeros. Casi siempre estos eran ardillas despistadas, ratas y ratoncitos trasnochadores, algún pájaro que había perdido el rumbo e insectos de gran tamaño que ya estaban cansados de volar. Tanto el autobús como las estaciones eran terreno sagrado donde no se permitía la caza. Pero a veces era difícil obviar los sentimientos y aunque nadie había nunca violado el pacto del transporte -tampoco hubieran podido, dado la magia que había sellado el pacto- el mismísimo chófer sentía hambre cuando veía que en el autobús entraban los peluditos y tiernos ratoncillos, hablando con sus agudas voces y riéndose por cualquier tontería.
En la empresa de autobuses estaban un poco preocupados; los jóvenes ya no sabían conducir aquellos trastos viejos y el anciano búho no parecía que fuera a aguantarles mucho tiempo más. Él no se quejaba, pero a los mismos jefes sentían que se les partía el alma cuando veían que, no bien terminaba un trayecto, comenzaba otro. Antes de partir, invariablemente, se ajustaba sus gafitas, hacía rotar el cuello de un lado a otro y ululaba.
- Jefe, lléveme a donde sea -le dijo una noche una ardillas que se había arrancado a sí misma los pelos del bigote.
"Desesperada", pensó el búho, pero no dijo nada
A mitad de camino, cuando atravesaban el gran lago del bosque, la ardilla se tiró al agua:
- Por lo menos llorarás mi muerte -dijo antes de saltar.
El búho comprendió que allí había un lío de faldas por medio, pero no tuvo tiempo a pensar más. No podía dejar que la ardilla se ahogara por una estupidez así. Así que voló raso por la superficie del agua, buscando algún rastro de la suicida mientras el resto de pasajeros no paraba de hablar con gran excitación. Pero no había rastro de ella.
Así que siguió el trayecto de la línea. Cuando por fin terminó, se dispuso -como tantas otras veces- a cambiar el cartel de autobús e iniciar otro trayecto para otros nuevos pasajeros. La noche aún era joven pero él, por primera vez en su vida, se sintió diferente.
"Estoy cansado", notó que su alma se quejaba.
Luego se ajustó sus gafas, rotó el cuello de un lado a otro, ululó y arrancó el autobús.
Una noche más.
Pero la compañía de transportes aún tenía un buen número de los antiguos colectivos que utilizaba, sobre todo, por la noche, cuando apenas había tráfico aéreo entre los árboles. El viejo búho no solo era el encargado de una línea, sino de todas las líneas nocturnas. Tan pronto como terminaba el trayecto con una, se hacía con otro vehículo o le cambiab a el cartel al que llevaba y, ¡a volar!, se iba por otras partes del bosque para recoger a sus nuevos pasajeros. Casi siempre estos eran ardillas despistadas, ratas y ratoncitos trasnochadores, algún pájaro que había perdido el rumbo e insectos de gran tamaño que ya estaban cansados de volar. Tanto el autobús como las estaciones eran terreno sagrado donde no se permitía la caza. Pero a veces era difícil obviar los sentimientos y aunque nadie había nunca violado el pacto del transporte -tampoco hubieran podido, dado la magia que había sellado el pacto- el mismísimo chófer sentía hambre cuando veía que en el autobús entraban los peluditos y tiernos ratoncillos, hablando con sus agudas voces y riéndose por cualquier tontería.
En la empresa de autobuses estaban un poco preocupados; los jóvenes ya no sabían conducir aquellos trastos viejos y el anciano búho no parecía que fuera a aguantarles mucho tiempo más. Él no se quejaba, pero a los mismos jefes sentían que se les partía el alma cuando veían que, no bien terminaba un trayecto, comenzaba otro. Antes de partir, invariablemente, se ajustaba sus gafitas, hacía rotar el cuello de un lado a otro y ululaba.
- Jefe, lléveme a donde sea -le dijo una noche una ardillas que se había arrancado a sí misma los pelos del bigote.
"Desesperada", pensó el búho, pero no dijo nada
A mitad de camino, cuando atravesaban el gran lago del bosque, la ardilla se tiró al agua:
- Por lo menos llorarás mi muerte -dijo antes de saltar.
El búho comprendió que allí había un lío de faldas por medio, pero no tuvo tiempo a pensar más. No podía dejar que la ardilla se ahogara por una estupidez así. Así que voló raso por la superficie del agua, buscando algún rastro de la suicida mientras el resto de pasajeros no paraba de hablar con gran excitación. Pero no había rastro de ella.
Así que siguió el trayecto de la línea. Cuando por fin terminó, se dispuso -como tantas otras veces- a cambiar el cartel de autobús e iniciar otro trayecto para otros nuevos pasajeros. La noche aún era joven pero él, por primera vez en su vida, se sintió diferente.
"Estoy cansado", notó que su alma se quejaba.
Luego se ajustó sus gafas, rotó el cuello de un lado a otro, ululó y arrancó el autobús.
Una noche más.
la ninfa entre las plantas
Un día, un joven caballero del rey llamado archibaldo perseguía un ciervo herido por el bosque. Sin darse cuenta, en la persecución, archibaldo se internó en partes del bosque que, si su madre hubiera podido, le habría advertido de lo peligroso que eran. No había nadie que se internara por allí, y con razón. El ciervo herido guió al cazador hasta un pequeño lago. Allí el animal se sentó, exhausto, y de vez en cuando alargaba el cuello para beber algo de agua. Cuando archivaldo llegó, el ciervo le miró sin miedo, casi con orgullo, como diciendo “Hasta aquí has venido para matarme. Pero mira: ya no te temo” Archibaldo, por su parte, sintió que la compasión le inundaba al contemplar al animal herido; antes habían dominado los instintos de cazador de Archibaldo. Ahora serían los de caballero cristiano. Así que caminó hasta el ciervo sin tomar ninguna precaución. Alargaba una mano en signo de paz -la misma con la que había blandido la lanza- mientras se acercaba al animal. - No te acerques más -le dijo de repente una dulce voz pero que emanaba autoridad. Y allí, en el centro del estanque, había una ninfa del bosque. Estaba desnuda y aparecía como una suave flor en medio del lago, pero Archibaldo no se sintió ni desconcertado ni sorprendido ante aquella desnudez. Dentro del panorama en el que se encontraban, le parecía normal. Había algo mágico en el ambiente. - La mano que lo ha herido ya no puede curarlo, a menos que tú estés dispuesto a sufrir un destino parecido. - Lo estoy- aseguró el joven En ese momento sintió un dolor profundo en el estómago, allí donde había clavado la lanza al animal horas antes. Cayó al suelo y se sintió agonizar, mientras que el ciervo se ponía en pie y se marchaba corriendo. La ninfa fue hasta él y posó una de sus blancas manos sobre el estómago. El dolor remitió, pero Archibaldo sintió que sus fuerzas aún no volvían. - ¿Por qué has elegido la libertad del animal? Este es un lugar mágico donde hay deseos que se vuelven realidad con tan solo pronunciarlos. - Entonces me gustará morir si el deseo que tengo en los labios se cumple, ninfa del bosque. La ninfa le miró, adivinando lo que tenía en el pensamiento el caballero. - Si me sacas de este lugar, ya no seré más una ninfa, sino una mujer corriente. Ya no habitaré en tus sueños, sino en tu cama. No perseguirás complacerme, sino que me acabarás huyendo. Ahora morirías por estar conmigo; entonces lo harás para que así, con el sello de la muerte, puedas ser libre otra vez. Luego le pasó las manos por los ojos y Archibaldo vio en un instante todo lo que en aquel momento se le ofrecía: la ninfa le besaría, tal y como él deseaba, y a cambio de ese beso se volvería humana, mortal. Con él viajaría de vuelta, se casarían, tendrían hijos y Archibaldo engordaría. Él y su mujer tendrían una relación cada vez más odiosa, hasta el punto de que un viejo archibaldo buscaría la muerte solo para librarse de tal esposa. Todo lo vio, todo le pareció real, ¡tan real!, como si lo hubiera vivido. Pero al final, cuando en la visión moría satisfecho de dejar una vida tan amarga, despertó y se encontró cara a cara con la joven y bella ninfa. - Creo que me arriesgaré -le dijo, atrayendo hacia sí el dulce rostro de la joven. Y ella también sonreía. - Valdrá la pena -le dijo en un susurro.
domingo, 18 de mayo de 2014
don insomnio
- Siempre te vemos por aquí, pero nunca dices nada -le dijo la gatita a aquel gato de hábitos nocturnos que siempre aparecía por el bar. ¿Siempre? Ya hacía un año y medio que no faltaba noche en la que no apareciera. Se sentaba en cualquiera de las mesas que daban a la calle y pedía su vaso de leche caliente, que sorbía con cuidado mientras contemplaba la calle desierta. Y las calles estaban desiertas porque, por las noches, el único bar que abría era aquel, y ni siquiera todos los días.
El gato miró a la camarera aparentando un interés que estaba lejos de sentir. Solo quería volver a su cama y que le dejaran en paz.
- Tal vez sea mejor así. Los gatos que suelen parar por aquí solo saben decirle a uno cosas soeces... creen que el hecho de encontrarte aquí a estas horas les da derecho a ser groseros.
El otro asintió con cuidado
- ¿Y por qué vienes si luego te estás cayendo de sueño? -insistió la camarera, una gatita escuálida, curiosa y nerviosa, poco atractiva.
- La noche rige con sus propias leyes -sentenció el gato con voz pastosa
La otra no le entendió y no se esforzó por disimularlo. Con brusquedad le retiró el vaso de leche que ya había acabado.
- ¿Le traigo la tarta de fresas? -preguntó secamente
El otro asintió y se volvió hacia la calle.
Eran las leyes de la noche las que comandaban sobre los insomnes; bajo su influjo la camarera oía groserías, pero por el mismo influjo los conjuraba y los deseaba sin darse cuenta de ello. Y si aquellos seres de la noche tenían trabajos nocturnos era porque, en algún momento, la noche les había atraído, los había tentado para que cayeran en sus garras. Podían pensar que habían tenido algo que ver en la elección, que acaso no encontraban otro trabajo. Pero en realidad era la confabulación de las fuerzas nocturnas.
La noche regía con sus propias leyes. Y para él también. Por eso se veía obligado a salir cada noche, a abandonar el calentito lecho que le llamaba para luego rechazarle. Él era, entre todos los insomnes, el insomne.
La camarera puso delante de él la tarta y se preparó para marcharse.
- Espera -le dijo él antes de que se diera media vuelta.
Ella le miró con curiosidad y algo de temor.
- Esperaré a que salgas. Caminaremos un rato juntos.
No le proponía nada, simplemente le afirmaba un hecho. Y ella le entendió.
Porque la noche les embrujaba a ambos y, borrachos bajo su hechizo, no les quedaba más que una salida: vivir.
Vivir como si fuera de día.
El gato miró a la camarera aparentando un interés que estaba lejos de sentir. Solo quería volver a su cama y que le dejaran en paz.
- Tal vez sea mejor así. Los gatos que suelen parar por aquí solo saben decirle a uno cosas soeces... creen que el hecho de encontrarte aquí a estas horas les da derecho a ser groseros.
El otro asintió con cuidado
- ¿Y por qué vienes si luego te estás cayendo de sueño? -insistió la camarera, una gatita escuálida, curiosa y nerviosa, poco atractiva.
- La noche rige con sus propias leyes -sentenció el gato con voz pastosa
La otra no le entendió y no se esforzó por disimularlo. Con brusquedad le retiró el vaso de leche que ya había acabado.
- ¿Le traigo la tarta de fresas? -preguntó secamente
El otro asintió y se volvió hacia la calle.
Eran las leyes de la noche las que comandaban sobre los insomnes; bajo su influjo la camarera oía groserías, pero por el mismo influjo los conjuraba y los deseaba sin darse cuenta de ello. Y si aquellos seres de la noche tenían trabajos nocturnos era porque, en algún momento, la noche les había atraído, los había tentado para que cayeran en sus garras. Podían pensar que habían tenido algo que ver en la elección, que acaso no encontraban otro trabajo. Pero en realidad era la confabulación de las fuerzas nocturnas.
La noche regía con sus propias leyes. Y para él también. Por eso se veía obligado a salir cada noche, a abandonar el calentito lecho que le llamaba para luego rechazarle. Él era, entre todos los insomnes, el insomne.
La camarera puso delante de él la tarta y se preparó para marcharse.
- Espera -le dijo él antes de que se diera media vuelta.
Ella le miró con curiosidad y algo de temor.
- Esperaré a que salgas. Caminaremos un rato juntos.
No le proponía nada, simplemente le afirmaba un hecho. Y ella le entendió.
Porque la noche les embrujaba a ambos y, borrachos bajo su hechizo, no les quedaba más que una salida: vivir.
Vivir como si fuera de día.
jueves, 15 de mayo de 2014
racimos de niños al viento
Era un día de mucho viento, así que no me extrañé por lo que me encontré en la guardería. Los ramas de los árboles estaban combadas y se hacía difícil caminar. Y allí estaba el profesor, cuidando de los niños. Los niños se habían echado a volar con el viento y el profesor, sabiamente, les había atado una cuerda que los unía al suelo. Parecían cometas echadas al aire para la fiesta de San Diego. El profesor se paseaba entre toda aquella arboladura, como un capitán que se pasea por la cubierta del barco y comprueba cómo de tensas están las velas.
- Vengo a por... -le dije, señalándole a mi hija con un gesto de la cabeza.
Él asintió y comenzó a bajarla, tirando de la cuerda. El viento enmarañaba los pelos largos de mi pequeña y no podía verle bien la cara. Pero tenía aquella camisita roja que su abuela le había comprado.
- Sopla bien, hoy, ¿no le parece? -le pregunté amigablemente al profesor, que más parecía un marinero amainando las velas.
- Ajá -contestó él, con aire distraído
Ya tenía a la pequeña casi a mi altura. Y fue entonces cuando me di cuenta de mi error:
- Pero esta no es la mía -le dije al otro
Pero el profesor me hizo oídos sordos. El viento se llevaba mis palabras.
- ¡Esta no es la mía! -exclamé
Seguía sin oírme. Ya la niña estaba casi en el suelo y el profesor la estaba amarrando con un nudo marinero, posiblemente un ballestrinque. La pequeña me miraba con sorpresa y miedo. Parecía una niña simpática a la que los padres le habían comprado una camisa similar a la que llevaba mi propia hija. Y por un momento me tentó irme con ella de allí, cejar con mis pretensiones de ser un padre para una hija. ¿Quién sabe? Tal vez aquella niña y yo consigamos una mejor química que la que la genética me había conseguido. Y siempre sería más prudente probar antes de decidirse; definitivamente, la naturaleza tenía un gusto apresurado al imponer hijos a los padres que, la verdad, uno no sabe bien cómo van a salir.
Pero lo pensé mejor. Mi mujer nunca lo aceptaría y, lo que era aún peor, hoy me había prometido mi postre favorito para cenar. Tal vez podría convencerla para que aceptara a una nueva niña en lugar de nuestra hija, pero hacerlo me tomaría demasiado tiempo y al final no le quedarían energías como para prepararme la cena.
Así que le toqué en el hombro al profesor y, aproximándome a su oreja, le grité:
- ¡Esta no es la mía, se ha equivocado!
El otro por fin se dio cuenta de su error. Rápidamente deshizo al nudo en el que había estado ocupado y la niña salió volando casi inmediatamente por los aires.
Al rato ya bajó a la mía, esta vez sí. Venía sonriendo por verme. Al profesor le pedí que no la desatara, que me la llevaría así, como quien lleva un globo comprado en el parque al lado del estanque. Y ella, alborozada, solo exclamó:
- ¡Papá!
Y todo lo que había pensado antes me pareció un sueño.
- Vengo a por... -le dije, señalándole a mi hija con un gesto de la cabeza.
Él asintió y comenzó a bajarla, tirando de la cuerda. El viento enmarañaba los pelos largos de mi pequeña y no podía verle bien la cara. Pero tenía aquella camisita roja que su abuela le había comprado.
- Sopla bien, hoy, ¿no le parece? -le pregunté amigablemente al profesor, que más parecía un marinero amainando las velas.
- Ajá -contestó él, con aire distraído
Ya tenía a la pequeña casi a mi altura. Y fue entonces cuando me di cuenta de mi error:
- Pero esta no es la mía -le dije al otro
Pero el profesor me hizo oídos sordos. El viento se llevaba mis palabras.
- ¡Esta no es la mía! -exclamé
Seguía sin oírme. Ya la niña estaba casi en el suelo y el profesor la estaba amarrando con un nudo marinero, posiblemente un ballestrinque. La pequeña me miraba con sorpresa y miedo. Parecía una niña simpática a la que los padres le habían comprado una camisa similar a la que llevaba mi propia hija. Y por un momento me tentó irme con ella de allí, cejar con mis pretensiones de ser un padre para una hija. ¿Quién sabe? Tal vez aquella niña y yo consigamos una mejor química que la que la genética me había conseguido. Y siempre sería más prudente probar antes de decidirse; definitivamente, la naturaleza tenía un gusto apresurado al imponer hijos a los padres que, la verdad, uno no sabe bien cómo van a salir.
Pero lo pensé mejor. Mi mujer nunca lo aceptaría y, lo que era aún peor, hoy me había prometido mi postre favorito para cenar. Tal vez podría convencerla para que aceptara a una nueva niña en lugar de nuestra hija, pero hacerlo me tomaría demasiado tiempo y al final no le quedarían energías como para prepararme la cena.
Así que le toqué en el hombro al profesor y, aproximándome a su oreja, le grité:
- ¡Esta no es la mía, se ha equivocado!
El otro por fin se dio cuenta de su error. Rápidamente deshizo al nudo en el que había estado ocupado y la niña salió volando casi inmediatamente por los aires.
Al rato ya bajó a la mía, esta vez sí. Venía sonriendo por verme. Al profesor le pedí que no la desatara, que me la llevaría así, como quien lleva un globo comprado en el parque al lado del estanque. Y ella, alborozada, solo exclamó:
- ¡Papá!
Y todo lo que había pensado antes me pareció un sueño.
miércoles, 14 de mayo de 2014
el pájaro del tendedero
Desde que comenzara el verano, la pequeña Flor había tenido un motivo especial para alegrarse. Todo había comenzado el día que se había a decidido a ayudar a su madre a tender la ropa; es más, decidió hacerlo sola.
Y fue así que se encontró con el pajarito. Estaba posado en la cuerda y la miraba con curiosidad. Ella dejó el cesto de la ropa en el suelo y le habló:
- Yo me llamo Flor. ¿Quieres hacerme compañía?
El pájaro entonó un corto trino y no dijo nada más. Entonces Flor comenzó a tender la ropa y el pajarito, sintiendo que la cuerda vibraba más de lo que le gustaba, fue a posarse unos metros más allá, sobre el rosal seco del jardín.
Cada semana, Flor sacaba la ropa para tenderla. Y cada semana estaba allí su pajarito, esperándola.
- Te llamaré Vicente -le anunció un día.
Y el pajarito Vicente trinó un poquito más que otras veces. Le gustaba el nombre. Y, como siempre, esperó a que ella comenzara a tender la ropa antes de cambiarse de sitio y posarse sobre el rosal seco del jardín.
Un día de otoño, un día frío, Vicente no apareció.
- Cuando comienza a hacer frío, los pajaritos se van más al sur -le explicó a Flor su mamá aquella noche.
Y Flor imaginó a su pajarito tomando el sol en la playa. ¿Quién sabe? Tal vez allí encontrara una pajarito de su gusto y formara un familia. Entonces se quedaría allí con ella y no volvería a ver a Flor. El pensamiento entristeció a la pequeña, pero luego reflexiońó un poco más: la vida en una playa no podía por menos que ser buena para Vicente, así que Flor se alegraría por él.
- Los verdaderos amigos se alegran cuando te pasa algo bueno, aunque para ellos sea una tristeza -le había explicado un día su papá.
Y Flor decidió que se iba a alegrar por el pajarito Vicente. Quería ser su amiga.
A la semana siguiente, cuando la pequeña fue a tender la ropa una vez más, se llevó una sorpresa: Vicente volvía a estar allí. La estaba esperando como siempre, posado en el tendedero.
- ¿Y por qué no te has ido al sur con los demás? -le reprochó Flor. Pero en realidad le alegró mucho verle.
Durante el siguiente fin de semana, nevó en el pequeño pueblo. Y cuando a Flor le tocó otra vez tender la ropa, no vio a su pajarito por ningún lado.
Sin embargo, ¡oh, milagro!, cuando ya había terminado se dio cuenta de que el rosal seco había dado una pequeña flor roja. ¡Y justo cuando entraban en el invierno! Flor se acercó a verla más. Era un pequeño capullo de una bonita rosa de color rojo sangre. La niña acarició los pétalos cerrados con cuidado, y una hojita seca que había en la rama cayó al suelo, revoloteando tranquilamente por los aires. La niña la siguió con la mirada. La hoja fue a parar al lado de un pequeño bulto que había en el suelo.
Flor le reconoció con un sobresalto. Se trataba de su pajarito, de Vicente, muerto a los pies de un rosal seco en la antesala del invierno.
Y fue así que se encontró con el pajarito. Estaba posado en la cuerda y la miraba con curiosidad. Ella dejó el cesto de la ropa en el suelo y le habló:
- Yo me llamo Flor. ¿Quieres hacerme compañía?
El pájaro entonó un corto trino y no dijo nada más. Entonces Flor comenzó a tender la ropa y el pajarito, sintiendo que la cuerda vibraba más de lo que le gustaba, fue a posarse unos metros más allá, sobre el rosal seco del jardín.
Cada semana, Flor sacaba la ropa para tenderla. Y cada semana estaba allí su pajarito, esperándola.
- Te llamaré Vicente -le anunció un día.
Y el pajarito Vicente trinó un poquito más que otras veces. Le gustaba el nombre. Y, como siempre, esperó a que ella comenzara a tender la ropa antes de cambiarse de sitio y posarse sobre el rosal seco del jardín.
Un día de otoño, un día frío, Vicente no apareció.
- Cuando comienza a hacer frío, los pajaritos se van más al sur -le explicó a Flor su mamá aquella noche.
Y Flor imaginó a su pajarito tomando el sol en la playa. ¿Quién sabe? Tal vez allí encontrara una pajarito de su gusto y formara un familia. Entonces se quedaría allí con ella y no volvería a ver a Flor. El pensamiento entristeció a la pequeña, pero luego reflexiońó un poco más: la vida en una playa no podía por menos que ser buena para Vicente, así que Flor se alegraría por él.
- Los verdaderos amigos se alegran cuando te pasa algo bueno, aunque para ellos sea una tristeza -le había explicado un día su papá.
Y Flor decidió que se iba a alegrar por el pajarito Vicente. Quería ser su amiga.
A la semana siguiente, cuando la pequeña fue a tender la ropa una vez más, se llevó una sorpresa: Vicente volvía a estar allí. La estaba esperando como siempre, posado en el tendedero.
- ¿Y por qué no te has ido al sur con los demás? -le reprochó Flor. Pero en realidad le alegró mucho verle.
Durante el siguiente fin de semana, nevó en el pequeño pueblo. Y cuando a Flor le tocó otra vez tender la ropa, no vio a su pajarito por ningún lado.
Sin embargo, ¡oh, milagro!, cuando ya había terminado se dio cuenta de que el rosal seco había dado una pequeña flor roja. ¡Y justo cuando entraban en el invierno! Flor se acercó a verla más. Era un pequeño capullo de una bonita rosa de color rojo sangre. La niña acarició los pétalos cerrados con cuidado, y una hojita seca que había en la rama cayó al suelo, revoloteando tranquilamente por los aires. La niña la siguió con la mirada. La hoja fue a parar al lado de un pequeño bulto que había en el suelo.
Flor le reconoció con un sobresalto. Se trataba de su pajarito, de Vicente, muerto a los pies de un rosal seco en la antesala del invierno.
martes, 13 de mayo de 2014
la exposición del señor ratón
Un día de otoño, el señor ratón se despertó en su madriguera de un sobresalto. En sus sueños, había visto lo que tenía que hacer. ¡Tanto tiempo esperando su oportunidad para saber qué hacer en la vida y por fin había llegado!
- Sabía que estaba destinado a algo grande -se dijo
De un salto se levantó de la cama y corriendo fue hasta el bureau, donde estaba su cuaderno de ideas. La mayoría de las páginas estaban vacías, si acaso con alguna frase suelta o un rayón descuidado, pero el aspecto estaba lejos de ser atrayente. Fue hasta la última página y allí anotó la idea que le martilleaba en la cabeza.
Haría un exposición. En el sueño todos iban a ver su exposición, todos los ratones del condado, y se admiraban de su arte. Las ratoncitas más jóvenes agitaban nerviosas sus colita en la presencia del ratón. Y los ratones más ancianos y admirados de la comunidad le trataban con respeto.
Pero en el sueño no estaba muy claro qué era lo que exponía.
- Algo mío, ha de ser algo mío. Con eso bastará -se dijo el ratón, sacándose el bolígrafo de la boca y admirado de la claridad de sus ideas.
Porque si había algo que le faltaba al mundo en el que el ratoncito vivía, eso era originalidad. Todos se regían por gustos similares, todos buscaban lo mismo y los caminos para hacerlo diferían poco.
- Es la época del pensamiento único -se había quejado su propio padre hacía poco.
El ratón sacó de un cajón un montoncito de folios en blanco. ¡Qué claridad la de aquel blanco! El preámbulo del proceso creativo le era tan emotivo que sentía ganas de llorar. ¡Crear, hacer, inventar! Ese era su cometido, para eso había venido al mundo.
Mojando en tinta china su pluma, trazó unas líneas sobre el papel. Luego trazó otras más. Luego escribió una palabra en un margen y, en el lado opuesto, firmó. Alejó un poco el papel de sí y lo miro con placer:
- Esto es lo que hay que hacer, ¡eso es! -se animó a sí mismo.
Y así fue rellenando un folio tras otro con trazos, líneas, palabras sueltas y alguna frase que en el momento le ocupaba la mente. En total, acabar con aquel trabajo le llevó 37 horas, 12 mintutos y 5 segundos. Cuando terminó, tenía un hambre terrible. Del despacho solo se había levantado hasta entonces para ir al baño.
Pero antes de comer, tenía que llamar a su agente.
...
Cuando la exposición estuvo montada, el ratón se paseaba nervioso por la sala donde estaban expuestas sus creaciones.
- Este es el gran momento. Este es el momento definitivo -se decía entre los bigotes
Abrieron y comenzaron a llegar los visitantes. Aunque el señor ratón se hacía el indiferente, no había expresión, comentario o gesto que no escuchara y analizara.
Todos los presentes aparentaban ser grandes entendidos en arte. Nadie se atrevía a mirar a otro sitio que no fuera a aquellos cuadros prometedores de todo un artista.
- Es algo muy original -oyó que comentaba una joven hurona con pinta de hippie.
Entonces llegó a la sala un joven de aspecto malhumorado. En sus manos llevaba un folleto de la exposición, pero apenas lo veía. Lo único que hacía era mirar de un cuadro hacia otro, como si buscara en ellos algo que no terminaba de encontrar. El señor ratón lo veía por el rabillo del ojo.
Por fin el recién llegado se le acercó y carraspeando antes de hablar, le preguntó:
- Perdone, caballero, ¿sabe usted dónde está el baño?
Sin decir ni una palabra, porque no podía, el señor ratón le indicó con sus manitas dónde estaba el servicio. 7 horas, 12 mintutos y 5 segundos le había llevado a él hacer todo aquella muestra de su alma. La exposición y el arte allí plasmados le desgarraban por dentro. Y aquí había alguien que se había zampado todo su proceso creativo en menos de cinco minutos, tras los cuales no encontraba nada mejor que hacer que ir al inhodoro.
Y el señor ratón tragó saliva. Allí había un arte escondido que para él era imiposible ver.
- Sabía que estaba destinado a algo grande -se dijo
De un salto se levantó de la cama y corriendo fue hasta el bureau, donde estaba su cuaderno de ideas. La mayoría de las páginas estaban vacías, si acaso con alguna frase suelta o un rayón descuidado, pero el aspecto estaba lejos de ser atrayente. Fue hasta la última página y allí anotó la idea que le martilleaba en la cabeza.
Haría un exposición. En el sueño todos iban a ver su exposición, todos los ratones del condado, y se admiraban de su arte. Las ratoncitas más jóvenes agitaban nerviosas sus colita en la presencia del ratón. Y los ratones más ancianos y admirados de la comunidad le trataban con respeto.
Pero en el sueño no estaba muy claro qué era lo que exponía.
- Algo mío, ha de ser algo mío. Con eso bastará -se dijo el ratón, sacándose el bolígrafo de la boca y admirado de la claridad de sus ideas.
Porque si había algo que le faltaba al mundo en el que el ratoncito vivía, eso era originalidad. Todos se regían por gustos similares, todos buscaban lo mismo y los caminos para hacerlo diferían poco.
- Es la época del pensamiento único -se había quejado su propio padre hacía poco.
El ratón sacó de un cajón un montoncito de folios en blanco. ¡Qué claridad la de aquel blanco! El preámbulo del proceso creativo le era tan emotivo que sentía ganas de llorar. ¡Crear, hacer, inventar! Ese era su cometido, para eso había venido al mundo.
Mojando en tinta china su pluma, trazó unas líneas sobre el papel. Luego trazó otras más. Luego escribió una palabra en un margen y, en el lado opuesto, firmó. Alejó un poco el papel de sí y lo miro con placer:
- Esto es lo que hay que hacer, ¡eso es! -se animó a sí mismo.
Y así fue rellenando un folio tras otro con trazos, líneas, palabras sueltas y alguna frase que en el momento le ocupaba la mente. En total, acabar con aquel trabajo le llevó 37 horas, 12 mintutos y 5 segundos. Cuando terminó, tenía un hambre terrible. Del despacho solo se había levantado hasta entonces para ir al baño.
Pero antes de comer, tenía que llamar a su agente.
...
Cuando la exposición estuvo montada, el ratón se paseaba nervioso por la sala donde estaban expuestas sus creaciones.
- Este es el gran momento. Este es el momento definitivo -se decía entre los bigotes
Abrieron y comenzaron a llegar los visitantes. Aunque el señor ratón se hacía el indiferente, no había expresión, comentario o gesto que no escuchara y analizara.
Todos los presentes aparentaban ser grandes entendidos en arte. Nadie se atrevía a mirar a otro sitio que no fuera a aquellos cuadros prometedores de todo un artista.
- Es algo muy original -oyó que comentaba una joven hurona con pinta de hippie.
Entonces llegó a la sala un joven de aspecto malhumorado. En sus manos llevaba un folleto de la exposición, pero apenas lo veía. Lo único que hacía era mirar de un cuadro hacia otro, como si buscara en ellos algo que no terminaba de encontrar. El señor ratón lo veía por el rabillo del ojo.
Por fin el recién llegado se le acercó y carraspeando antes de hablar, le preguntó:
- Perdone, caballero, ¿sabe usted dónde está el baño?
Sin decir ni una palabra, porque no podía, el señor ratón le indicó con sus manitas dónde estaba el servicio. 7 horas, 12 mintutos y 5 segundos le había llevado a él hacer todo aquella muestra de su alma. La exposición y el arte allí plasmados le desgarraban por dentro. Y aquí había alguien que se había zampado todo su proceso creativo en menos de cinco minutos, tras los cuales no encontraba nada mejor que hacer que ir al inhodoro.
Y el señor ratón tragó saliva. Allí había un arte escondido que para él era imiposible ver.
lunes, 12 de mayo de 2014
la oca costurera
Había una pequeña oca que tenía un comportamiento muy extraño. Sus padres estaban preocupados, sus tíos apenas mencionaban el problema y sus compañeros de granja se reían de ella. Y es que la oca, la oquita, diríamos... se quedaba ensimismada mirando hacia un atardecer, o se escondía detrás de unos troncos caídos cuando no quería que nadie la encontrara o... bueno, ya me entienden.
Un día alguien la llamó "artista" y ya se le quedó el nombre.
- Es que nuestra oquita es una artista, por eso siempre está así -explicaba la madre a las vecinas.
Y el resto de hermanos y hermanas se reían de ella y jugaban con el mote,
- ¡Vamos, artista, despierta!
La oca en cuestión no se sentía demasiado molesta con el nombrete.
"Tal vez sea verdad. Por eso soy diferente, debo de ser una artista..."
El papá de la oca se plantó un día delante de ella. Tenía algo importante que decirle, así que carraspeó un poco y la miró primero de un lado y luego de otro.
- Creo que es hora de que escogas una profesión, hijo mío -le dijo. ¿En qué has pensado?
La oca se sentía confusa. No sabía que los artistas tuvieran que dedicarse a algo más allá del hecho de ser artistas.
- No lo sé, padre. ¿A ti qué te parece?
El padre miró a su hijo de reojo y luego contestó:
- Uno de tus abuelos era un célebre costurero. Tal vez podrías seguir la tradición.
¡Costurero! La idea le entusiasmó. Podría diseñar y fabricar ropas como nunca vistas antes; su madre se vestiría hermosos chales en invierno y tejería sombreros inigualables para sus hermanos...
- ¡Sí! -le contestó a su padre
Así que comenzó a ocuparse en las artes del hilo. Pero como su familia era muy pobre, no pudo pagarse más que un preceptor que, una vez al mes, pasaba por la granja y veía el trabajo que hacía la oca. Esta, por su parte, ya había perdido mucho de su entusiasmo inicial, y se conformaba con, tan solo, cumplir con los planes que el profesor le mandaba.
Además, ya no era una oca tan rara: no se quedaba ensimismada mirando al atardecer ni le apetecía tanto estar sola.
Pero en una ocasión en la que estaba sola, casi por casualidad, se encontró con un erizo que estaba esculpiendo una pequeña estatuta de madera de una rama caída.
- ¿Qué haces? -le preguntó la oca
El erizo la miró tan solo un momento y luego siguió trabajando.
- ¿Qué haces? -volvió a preguntarle la oca, molesta porque el otro no le contestaba.
Por fin el erizo paró:
- ¿Es que no lo ves? Eso debería bastar para contestarte. Y ahora déjame si no quieres que te de una respuesta demasiado larga y demasiado confusa.
A pesar de las maneras desagradables del erizo, la oca no se marchó.
- ¿Qué respuesta es esa? -preguntó.
- Que en realidad yo tampoco sé lo que hago, solo sé que debo hacerlo. No me preguntes más, por favor. Déjame que siga.
La oca se marchó pensativa. No había pensado en trabajar aquella tarde, pero tras el encuentro con el erizo se dio cuenta de lo que había perdido el día que eligió una vocación a la que dedicarse: la pasión de ser ella misma, el impulso que la llevaba a perderse en la existencia sin preguntar sentidos, sino tan solo obedeciendo al instinto más vital, el instinto primero.
Y que solo la creación la salvaría. Eso costaba un trabajo. Eso costaba una vida.
Estaba dispuesta a pagarla.
Un día alguien la llamó "artista" y ya se le quedó el nombre.
- Es que nuestra oquita es una artista, por eso siempre está así -explicaba la madre a las vecinas.
Y el resto de hermanos y hermanas se reían de ella y jugaban con el mote,
- ¡Vamos, artista, despierta!
La oca en cuestión no se sentía demasiado molesta con el nombrete.
"Tal vez sea verdad. Por eso soy diferente, debo de ser una artista..."
El papá de la oca se plantó un día delante de ella. Tenía algo importante que decirle, así que carraspeó un poco y la miró primero de un lado y luego de otro.
- Creo que es hora de que escogas una profesión, hijo mío -le dijo. ¿En qué has pensado?
La oca se sentía confusa. No sabía que los artistas tuvieran que dedicarse a algo más allá del hecho de ser artistas.
- No lo sé, padre. ¿A ti qué te parece?
El padre miró a su hijo de reojo y luego contestó:
- Uno de tus abuelos era un célebre costurero. Tal vez podrías seguir la tradición.
¡Costurero! La idea le entusiasmó. Podría diseñar y fabricar ropas como nunca vistas antes; su madre se vestiría hermosos chales en invierno y tejería sombreros inigualables para sus hermanos...
- ¡Sí! -le contestó a su padre
Así que comenzó a ocuparse en las artes del hilo. Pero como su familia era muy pobre, no pudo pagarse más que un preceptor que, una vez al mes, pasaba por la granja y veía el trabajo que hacía la oca. Esta, por su parte, ya había perdido mucho de su entusiasmo inicial, y se conformaba con, tan solo, cumplir con los planes que el profesor le mandaba.
Además, ya no era una oca tan rara: no se quedaba ensimismada mirando al atardecer ni le apetecía tanto estar sola.
Pero en una ocasión en la que estaba sola, casi por casualidad, se encontró con un erizo que estaba esculpiendo una pequeña estatuta de madera de una rama caída.
- ¿Qué haces? -le preguntó la oca
El erizo la miró tan solo un momento y luego siguió trabajando.
- ¿Qué haces? -volvió a preguntarle la oca, molesta porque el otro no le contestaba.
Por fin el erizo paró:
- ¿Es que no lo ves? Eso debería bastar para contestarte. Y ahora déjame si no quieres que te de una respuesta demasiado larga y demasiado confusa.
A pesar de las maneras desagradables del erizo, la oca no se marchó.
- ¿Qué respuesta es esa? -preguntó.
- Que en realidad yo tampoco sé lo que hago, solo sé que debo hacerlo. No me preguntes más, por favor. Déjame que siga.
La oca se marchó pensativa. No había pensado en trabajar aquella tarde, pero tras el encuentro con el erizo se dio cuenta de lo que había perdido el día que eligió una vocación a la que dedicarse: la pasión de ser ella misma, el impulso que la llevaba a perderse en la existencia sin preguntar sentidos, sino tan solo obedeciendo al instinto más vital, el instinto primero.
Y que solo la creación la salvaría. Eso costaba un trabajo. Eso costaba una vida.
Estaba dispuesta a pagarla.
domingo, 11 de mayo de 2014
el señor trueno
El señor trueno estaba a la mesa comiendo cuando de repente se levantó furioso.
- Este café está demasiado caliente. ¡No hay quien se lo beba! ¿Por quién me habéis tomado?
El camarero se acercó rápidamente para calmar a su cliente más iracundo.
- Se lo podemos enfriar, si lo desea.
- Tengo una cita con el rayo en cinco minutos. No tengo tiempo.
"Esta familia es inaguantable", se dijo el camarero.
Este era un joven venido directamente de una granja a trabajar en el restaurante de los dioses. Apenas tenía 17 años, su pelo era como paja al viento en un día de verano y sus ojos pequeños brillaban siempre por la curiosidad. ¡Pasaban tantas cosas en el hogar de los dioses! Pero no podía acostumbrarse a los prontos de la familia tormenta.
- Camarero, ¡camarero, por favor! -era la señorita lluvia chispeante, un ser bastante cursi para el gusto del camarero.
- Enseguida estoy, señorita
- Es muy apuesto pero no se aclara en este lugar -le susurró la señorita lluvia chispeante a su compañero, el busca problemas oleaje en rompiente.
El camarero lo oyó, pero se mordió los labios e intentó calmar al señor trueno.
- Si me da usted un minuto, se lo arreglaré en seguida
- No tengo minutos. Los dioses no perdemos el tiempo como los humanos, muchacho -le respondió el otro, airado
- Le voy a demostrar cómo el café no está tan caliente -le dijo entonces el camarero, harto de los prontos del señor trueno.
Y dicho y hecho: cogió el café y se le bebió de un golpe. En efecto, estaba caliente y la garganta le dolía, sentía que le habían echado agua ardiente en el interior. Pero no quería reconocerlo ante el señor trueno, por eso se contentó con esbozar una sonrisa pícara mientras el rostro se le ponía rojo como un tomate. Lo que no pudo evitar es que por un orificio de la nariz le salera un hilillo de humo.
Al señor trueno le hizo gracia:
- Tienes carácter, muchacho. Eso me gusta. ¿Te gustaría trabajar conmigo?
¡Trabajar con el señor trueno! Eso sonaba muy bien, ¡sería todo un ascenso!
- ¿Y qué tendría que hacer, señor? -preguntó en cuanto pudo hablar otra vez.
- Solo tengo un puesto disponible: encargado de tormentas fortuitas en primavera y verano. Claro que solo para unos meses. La economía, ya sabes...
- Claro, claro... -respondió el joven.
En ese momento alguien comenzó a zarandearle.
En el planeta tierra:
- ¡Despierta, despierta, holgazán!
El camarero se despertó. ¿Dónde se encontraba? ¡Ah, sí! Se había quedado durmiendo sentado en una silla. En aquel bar apenas había clientes y el calor pesado del verano le había hecho soñar...
- Saca las mesas y las sillas a la terraza, que hace buen tiempo, ¡ni una nube! y seguro que algún cliente se acerca.
El camarero comenzó a sacar las mesas, pero al rato se paró y mirando al cielo, pensó:
"Si ahora pudiera convocaría una tormenta"
Pero el pensamiento se le pasó rápido. Entró otra vez a por otra mesa más, pero en aquel momento restalló un trueno. De repente había comenzado a llover.
- Este café está demasiado caliente. ¡No hay quien se lo beba! ¿Por quién me habéis tomado?
El camarero se acercó rápidamente para calmar a su cliente más iracundo.
- Se lo podemos enfriar, si lo desea.
- Tengo una cita con el rayo en cinco minutos. No tengo tiempo.
"Esta familia es inaguantable", se dijo el camarero.
Este era un joven venido directamente de una granja a trabajar en el restaurante de los dioses. Apenas tenía 17 años, su pelo era como paja al viento en un día de verano y sus ojos pequeños brillaban siempre por la curiosidad. ¡Pasaban tantas cosas en el hogar de los dioses! Pero no podía acostumbrarse a los prontos de la familia tormenta.
- Camarero, ¡camarero, por favor! -era la señorita lluvia chispeante, un ser bastante cursi para el gusto del camarero.
- Enseguida estoy, señorita
- Es muy apuesto pero no se aclara en este lugar -le susurró la señorita lluvia chispeante a su compañero, el busca problemas oleaje en rompiente.
El camarero lo oyó, pero se mordió los labios e intentó calmar al señor trueno.
- Si me da usted un minuto, se lo arreglaré en seguida
- No tengo minutos. Los dioses no perdemos el tiempo como los humanos, muchacho -le respondió el otro, airado
- Le voy a demostrar cómo el café no está tan caliente -le dijo entonces el camarero, harto de los prontos del señor trueno.
Y dicho y hecho: cogió el café y se le bebió de un golpe. En efecto, estaba caliente y la garganta le dolía, sentía que le habían echado agua ardiente en el interior. Pero no quería reconocerlo ante el señor trueno, por eso se contentó con esbozar una sonrisa pícara mientras el rostro se le ponía rojo como un tomate. Lo que no pudo evitar es que por un orificio de la nariz le salera un hilillo de humo.
Al señor trueno le hizo gracia:
- Tienes carácter, muchacho. Eso me gusta. ¿Te gustaría trabajar conmigo?
¡Trabajar con el señor trueno! Eso sonaba muy bien, ¡sería todo un ascenso!
- ¿Y qué tendría que hacer, señor? -preguntó en cuanto pudo hablar otra vez.
- Solo tengo un puesto disponible: encargado de tormentas fortuitas en primavera y verano. Claro que solo para unos meses. La economía, ya sabes...
- Claro, claro... -respondió el joven.
En ese momento alguien comenzó a zarandearle.
En el planeta tierra:
- ¡Despierta, despierta, holgazán!
El camarero se despertó. ¿Dónde se encontraba? ¡Ah, sí! Se había quedado durmiendo sentado en una silla. En aquel bar apenas había clientes y el calor pesado del verano le había hecho soñar...
- Saca las mesas y las sillas a la terraza, que hace buen tiempo, ¡ni una nube! y seguro que algún cliente se acerca.
El camarero comenzó a sacar las mesas, pero al rato se paró y mirando al cielo, pensó:
"Si ahora pudiera convocaría una tormenta"
Pero el pensamiento se le pasó rápido. Entró otra vez a por otra mesa más, pero en aquel momento restalló un trueno. De repente había comenzado a llover.
viernes, 9 de mayo de 2014
en el extranjero
La serpiente no estaba cómoda; había tenido que migrar y juntarse con aquel grupo de reptiles. Todos eran muy amables con ella; le dejaban sitio donde reposar, donde cambiar la piel. Y admiraban sus movimientos sinuosos y sus ojos hipnotizadores.
Unas lluvias inesperadas eran las culpables de todo.
Había un cocodrilo, en especial, cuya amabilidad le resultaba a la serpiente un poco cargante: ¡ella quería estar sola y en silencio! Pero no se atrevía a decírselo; el cocodrilo era el único que ahora se encargaba de la madriguera común y solía estar solo. Por eso bienvenía la llegada de una compañera, por muy poco agradable que fuera.
- ¿Y no echas de menos tu tierra? -le preguntaba
Y la serpiente solo asentía esquivamente. "No tengo tiempo para esto", pensaba. ¿No se daba cuenta el cocodrilo de lo que estaba haciendo? Que cambiar la piel no era un asunto fácil, ni mucho menos. Que requería concentrarse. Que no estaba acostumbrada a hacerlo en un ambiente extraño, aunque no fuera directamente hostil.
El cocodrilo comenzó a recoger un poco la madriguera. Allí vivían muchos reptiles y todo estaba hecho un desastre. Pero él, con mucha calma, aprovechaba para poner un poco de orden. Duraría poco: en cuanto llegaran los otros se acabaría el orden.
- Yo ya no cambio la piel. Lo hice en mi juventud, pero ya no -dijo el cocodrilo. Y luego comenzó a llorar.
"Lágrimas de cocodrilo, lo que faltaba" pensó la serpiente.
Afuera sonó un trueno.
- ¿Dónde están los demás? -preguntó por fin la serpiente. En realidad, quería saber cuánto le quedaba en compañía del cocodrilo.
- Se fueron. No querían estar aquí, conmigo. Cada vez que pueden se largan. Dicen que les cargo, que les molesto... pero...
Entonces miró a la serpiente con aquellos ojos cargados de falsas lágrimas. Y como un antiguo orgullo le salió a la superficie de la misma forma que un corcho flota en el agua.
- No sé ser de otra manera y no creo que deba intentarlo -dijo
Sus boca ya no tenía dientes. Una de sus piernas cojeaba. La nariz la tenía desgarrada tras un encuentro con el joven cocodrilo que lo había echado de su territorio. Era un saurio viejo y ya le quedaba poco para morirse.
- Esta es una bonita madriguera -dijo la serpiente. Y pensó: "En ella vive la dignidad"
Unas lluvias inesperadas eran las culpables de todo.
Había un cocodrilo, en especial, cuya amabilidad le resultaba a la serpiente un poco cargante: ¡ella quería estar sola y en silencio! Pero no se atrevía a decírselo; el cocodrilo era el único que ahora se encargaba de la madriguera común y solía estar solo. Por eso bienvenía la llegada de una compañera, por muy poco agradable que fuera.
- ¿Y no echas de menos tu tierra? -le preguntaba
Y la serpiente solo asentía esquivamente. "No tengo tiempo para esto", pensaba. ¿No se daba cuenta el cocodrilo de lo que estaba haciendo? Que cambiar la piel no era un asunto fácil, ni mucho menos. Que requería concentrarse. Que no estaba acostumbrada a hacerlo en un ambiente extraño, aunque no fuera directamente hostil.
El cocodrilo comenzó a recoger un poco la madriguera. Allí vivían muchos reptiles y todo estaba hecho un desastre. Pero él, con mucha calma, aprovechaba para poner un poco de orden. Duraría poco: en cuanto llegaran los otros se acabaría el orden.
- Yo ya no cambio la piel. Lo hice en mi juventud, pero ya no -dijo el cocodrilo. Y luego comenzó a llorar.
"Lágrimas de cocodrilo, lo que faltaba" pensó la serpiente.
Afuera sonó un trueno.
- ¿Dónde están los demás? -preguntó por fin la serpiente. En realidad, quería saber cuánto le quedaba en compañía del cocodrilo.
- Se fueron. No querían estar aquí, conmigo. Cada vez que pueden se largan. Dicen que les cargo, que les molesto... pero...
Entonces miró a la serpiente con aquellos ojos cargados de falsas lágrimas. Y como un antiguo orgullo le salió a la superficie de la misma forma que un corcho flota en el agua.
- No sé ser de otra manera y no creo que deba intentarlo -dijo
Sus boca ya no tenía dientes. Una de sus piernas cojeaba. La nariz la tenía desgarrada tras un encuentro con el joven cocodrilo que lo había echado de su territorio. Era un saurio viejo y ya le quedaba poco para morirse.
- Esta es una bonita madriguera -dijo la serpiente. Y pensó: "En ella vive la dignidad"
jueves, 8 de mayo de 2014
acampadas
El mono miró hacia la selva que le rodeaba. Llevaba cuatro días viviendo con los hombres. Un niño lo había adoptado y ahora se había acostumbrado a estar con la familia.
- Al final se irá -le había advertido su padre al pequeño el día anterior, preparándole para el momento.
Pero lo que el niño y el padre no podían comprender es que ya desde el primer día el mono había querido escaparse a la jungla. Y si no lo había hecho, era porque le habían calmado su inquietud con dádivas, con comida y cariño.
En la selva nunca sabes qué te va a pasar. Puedes estar sentado en una rama, pero nunca del todo relajado, nunca bajando la guardia. Que en cualquier momento una boa podía enrollarse alrededor de tu cuerpo, o una pantera saltarte encima. U otro mono atacarte por cualquier motivo.
Y la comida no estaba asegurada. Cada día era una nueva búsqueda: de frutos, de flores, de carne.
En cambio, en el poblado todo era una vida regalada. El niño jugaba con él y su madre lo miraba con cariño. Hasta el padre de la familia le había regalado una pequeña pelota con la que jugar.
Y, sin embargo, algo le tiraba hacia la jungla. No era un pensamiento coordinado, sino más bien un instinto básico, primordial. Que valía más la pena vivir al borde de la muerte, pero vivir, al cabo, que vivir moriendo a uno mismo en la vida del poblado.
Así que se escapó. Trepó por la empalizada y se dejó caer al otro lado, pero con tan mala suerte que cayó sobre unos espinos y una gran espina se le clavó en la palma del pie. Cojeando y saltando llegó hasta los primeros árboles de la jungla.
Comenzó a llover. Era el monzón. Apenas podía distinguir nada con la cortina de agua que le caía ante los ojos; ni podía oler nada. No había nada que comer.
Sintió que toda una parte de su ser añoraba el calor perdido del hogar.
Tenía frío. Le dolía un pie. No había nadie con quien consolarse. Seguramente los suyos hubieran migrado hacia el sur, sin esperarle. Pensarían que les había abandonado y no les faltaba razón.
Entonces, abriéndose paso entre unos matorrales de grandes hojas, apareció la cabeza de un tigre. El mono se quedó quieto, aterrorizado. El felino le miraba fijamente, como esperando a que hiciera el más mínimo movimiento para echársele encima.
Y otra vez, en medio del terror, le llegó la imagen de todo lo que había dejado detrás: seguridad, comida, cariño, techo...
El tigre se fue acercando más y más. La rama sobre la que se posaba el mono apenas estaba un metro más alta que el cazador.
Cuando ya estaba a punto de saltar, se oyó un disparo.
- ¡Un tigre, un tigre! -comenzó a gritar el aldeano que, desde lo alto de la empalizada, había visto la sombra del gran animal.
Antes de que le dispararan otra vez, el tigre se alejó corriendo. El mono, por su parte, se volvió una vez más hacia el poblado. Y luego se fue corriendo, como detrás de su cazador.
A lo más profundo de la selva.
- Al final se irá -le había advertido su padre al pequeño el día anterior, preparándole para el momento.
Pero lo que el niño y el padre no podían comprender es que ya desde el primer día el mono había querido escaparse a la jungla. Y si no lo había hecho, era porque le habían calmado su inquietud con dádivas, con comida y cariño.
En la selva nunca sabes qué te va a pasar. Puedes estar sentado en una rama, pero nunca del todo relajado, nunca bajando la guardia. Que en cualquier momento una boa podía enrollarse alrededor de tu cuerpo, o una pantera saltarte encima. U otro mono atacarte por cualquier motivo.
Y la comida no estaba asegurada. Cada día era una nueva búsqueda: de frutos, de flores, de carne.
En cambio, en el poblado todo era una vida regalada. El niño jugaba con él y su madre lo miraba con cariño. Hasta el padre de la familia le había regalado una pequeña pelota con la que jugar.
Y, sin embargo, algo le tiraba hacia la jungla. No era un pensamiento coordinado, sino más bien un instinto básico, primordial. Que valía más la pena vivir al borde de la muerte, pero vivir, al cabo, que vivir moriendo a uno mismo en la vida del poblado.
Así que se escapó. Trepó por la empalizada y se dejó caer al otro lado, pero con tan mala suerte que cayó sobre unos espinos y una gran espina se le clavó en la palma del pie. Cojeando y saltando llegó hasta los primeros árboles de la jungla.
Comenzó a llover. Era el monzón. Apenas podía distinguir nada con la cortina de agua que le caía ante los ojos; ni podía oler nada. No había nada que comer.
Sintió que toda una parte de su ser añoraba el calor perdido del hogar.
Tenía frío. Le dolía un pie. No había nadie con quien consolarse. Seguramente los suyos hubieran migrado hacia el sur, sin esperarle. Pensarían que les había abandonado y no les faltaba razón.
Entonces, abriéndose paso entre unos matorrales de grandes hojas, apareció la cabeza de un tigre. El mono se quedó quieto, aterrorizado. El felino le miraba fijamente, como esperando a que hiciera el más mínimo movimiento para echársele encima.
Y otra vez, en medio del terror, le llegó la imagen de todo lo que había dejado detrás: seguridad, comida, cariño, techo...
El tigre se fue acercando más y más. La rama sobre la que se posaba el mono apenas estaba un metro más alta que el cazador.
Cuando ya estaba a punto de saltar, se oyó un disparo.
- ¡Un tigre, un tigre! -comenzó a gritar el aldeano que, desde lo alto de la empalizada, había visto la sombra del gran animal.
Antes de que le dispararan otra vez, el tigre se alejó corriendo. El mono, por su parte, se volvió una vez más hacia el poblado. Y luego se fue corriendo, como detrás de su cazador.
A lo más profundo de la selva.
lunes, 5 de mayo de 2014
El artista
había una vez un pájaro que vivía en la gran ciudad. Le gustaba volar hasta los edificios más altos y, desde allí, contemplar toda la vida que sucedía a sus pies. Y a veces se quedaba ensimismado en los cruces de carreteras, cuanto más ruidosos mejor, viendo como todos se apresuraban de un lado a otro. Las bocinas eran música para sus oídos; los gritos de los tenderos, rebelión de almas; y los cuerpos de policías, bomberos o barrenderos, ejército de mentes y costumbres. Este pájaro no era un pájaro cualquiera, pues se sabía honrado al poder apreciar todo lo que sucedía bajo su vuelo.
A veces volaba hasta la universidad y, sintiendo la sangre joven de los estudiantes, se sentía revivir.
Este pájaro era un artista y un poeta.
Una noche se quedó dormido en una camioneta. Estaba tan cansado que no se dio cuenta de que la estaban cargando con cajas, a la mañana siguiente. Y para cuando quiso salir ya era tarde: estaba encerrado en medio de ellas.
El camión partió de buena mañana. El movimiento de la carretera, llena de baches, movió las cajas y, finalmente, liberó al pájaro. Y éste salió volando como un tiro, sin mirar cómo ni dónde. Solo quería sentir el azul del cielo rodeándole.
¡Libre!
Pero mientras el camión se alejaba se dio cuenta de que no estaba en ningún lugar conocido. Bajo él se extendía una meseta salvaje y rocosa con escasa vegetación. Pero había muchos mosquitos con los que poder alimentarse.
El pájaro artista intentó orientarse y, cuando atardecía, encontró las ruinas de una casa. Se acomodó en ella para dormir, entre el hueco de unas piedras en el tejado derruído.
A la mañana siguiente pensó en partir cuanto antes, pero no bien había volado unos cientos de metros cuando se dio la vuelta y volvió hacia la casa.
No sabía qué lo retenía allí, pero no podía abandonarla. Desde aquel nido improvisado había contemplado un atardecer en soledad, y un amanecer sin hombres ni más ruído que el de las piedras silenciosas.
¿Qué vida se escondía entre aquellos peñascos rotos?
Al cabo de una semana, se dio cuenta de que nunca se marcharía de allí.
"ya no seré un artista", se dijo una noche.
Y así pasaba el tiempo, cantando canciones para las que no tenía público, contemplando escenas que no tenía con quien compartir, recolectando recuerdos que morirían al mismo tiempo que él.
"ya no seré un artista", se repetía cada noche.
Y pasó el tiempo. y la lluvia en invierno, y el sol en verano. Pájaros migratorios en la lejanía. Carreteras solitarias, páramos perdidos.
y al final murió. Y no como artista. Sino, simiplemente, como un pequeño pájaro en una casa de piedra con el techo caído en la que, desde hacía muchos muchos años, no pasaba nada.
El salero de papá pitufo
- ¿Quién me ha cogido el salero? -se quejó en voz alta papá pitufo. Estaba sentado en su mesa preferida del pequeño restaurante del pueblo de los pitufos. Habían sobrevivido todos a un encuentro con gargamel y con su gato azrael; habían corrido unas aventuras apasionantes pero peligrosas. Y ahora les tocaba un descanso. Papá pitufo había ido al restaurante y rápidamente le habían colocado en su mesa, al lado de la ventana. Habían colocado sus cubiertos con cuidado, su pequeña copa para el oporto y su vaso anaranjado para el vino. En el centro de la mesa estaban sus vinajeras y en ellas, en una pequeña porcelana blanca que imitaba a un cisne, estaba el salero.
- ¿Le sucede algo, papá pitufo? -preguntó el pitufo-camarero que también hacía las veces, cuando tocaba, de pitufo-pinche de cocina y pitufo-vete-a-comprarme-el-periódico-chaval y, los fines de semana pitufo-limpiáme-las-botas.
- ¡No sale sal de mi salero! ¿Quién lo ha estado toqueteando?
El camarero no respondió sino que cogió el salero e inspeccionó los agujeritos: estaban limpios. Y dentro del salero había sal blanca, tendida amablemente en el fondo del frasquito, esperando a que alguien la degustara. El camarero lo hizo con un dedo y, tras cerciorarse que ni por parte de la sal ni por parte del salero había ningún desperfecto aparente, se lo devolvió a Papá pitufo diciendo:
- No encuentro nada raro en el salero. Todo parece en orden.
- Salvo el hecho de que no sale la sal -refunfuñó papá pitufo
El camarero ya estaba preparándose para su nuevo papel de pitufo-te-voy-a-insultar-hasta-que-me-quede-ronco. Por eso le sorprendió tanto que Papá pitufo saliera del restaurante sin decir palabra, con el salero en la mano, y desde el jardincito lo tirara a lo lejos. El salero se perdió en la lejanía.
- Tiene usted un buen brazo, Papá pitufo -le dijo el camarero
- Muerto el perro ...-refunfuñó el viejo- Ahora traéme el menú del día, pero será mejor que me salen la comida al punto en la cocina.
Mientras el pitufo-camarero volvía a la cocina agradeciendo a los cielos que la cosa no hubiera llegado a mayores, el salero volaba.
- ¡Esto sí que es volar, y no eso de estar todo el día en una mesa, esperando que alguien me alze! -se dijo
Pero aunque el brazo de papá pitufo era más fuerte de lo que aparentaba, el salero por fin comenzó a bajar. Le fue a dar en plena cabeza al pitufo perezozo, que en aquel momento echaba una cabezadita a la sombra de un árbol, mientras acompañaba al pitufo-pescador que, en el borde del río, tendía su caña esperando que algún incauto pececillo picara el anzuelo-
- ¡Ay! -se quejó el pitufo perezozo. ¿Quién es el idiota que ha tiraro un salero por los aires?
El otro pitufo se le acercó y, tras comprobar lo que había caído del cielo, dijo:
- ¡Justamente no tengo salero! ¿Por qué no me regalas ese?
El perezozo, cuyo impulso hubiera sido el de tirar el salero al fondo del río, cambió rápidamente de opinión al oír aquellas palabras:
- No. Me ha caído a mí y yo me lo quedaré -sentenció
Y fue así como el salero acabó aquel día en casa del pitufo perezozo. Pero no pasaría allí más que una noche, porque al día siguiente...
2 día
El interés del pitufo perezozo decayó no bien volvió a su casa. Puso el salero en la cocina, buscando el sitio idóneo para él. Pero no lo encontró y, finalmente, optó por esconderlo en un rincón detrás del azucarero. Luego se tumbó en el sillón y pensó lo mismo que muchas otras noches:
- Esta noche debería ir afuera a contar estrellas
Y así se quedó dormido en el sofá. A medianoche le dolía la espalda y se despertó; fue al baño y luego a su cama.
El salero, mientras tanto, no podía dormir. Tenía ganas de explorar los alrededores de su nuevo hogar, pero no se atrevía a moverse. Algo en el carácter de su nuevo amo no terminaba de convencerle y no quería enfrentarse a él.
- Pero si me quedo aquí mucho tiempo se acabará olvidando de mí. Lo que yo necesito es una estrategia, ¡un plan maestro!
Y se pasó el resto de la noche pensando en qué haría. El único pensamiento que logró sedimentar en su cabeza de porcelana fue el primero que le llegó; no parecía que el pensamiento pudiera tener ninguna continuación y, tras probar mil salidas imaginativas, todas infructuosas, se quedó con la primera idea.
- Justo antes de que salga el sol, cuando todos duerman y el sueño sea el más profundo, me moveré hasta esa ventana que está abierta. Y desde allí veré lo que tenga que ver.
Su plan no le daba para mucho más.
- Pero no puedo hacer ninguna estrategia si no sé qué pasaré después de que me acerque a la ventana. Digamos que mi plan maestro es el de ponerme a tiro para que pase lo inesperado. Hay un camino que pasa cerca de la ventana. Y por el camino pasa todo tipo de gente.
Dicho y hecho. Cuando los gallos carraspeaban sus gargantas preparándose para cantar, el salero se fue moviendo poco a poco hasta la ventana. Sin quererlo rozó la cuchara de un azucarero, que se despertó de mal humor:
- ¡Mira por dónde andas, salero, que no son horas!
Luego volvió a cerrar los ojos.
Por suerte nadie más se despertó, a pesar del grito de azucarero.
El salero llegó a la ventana y esperó. Nadie pasaba por el camino. La mañana se fue abriendo y por fin apareció el sol en el horizonte. Cantó el gallo.
- Se despertará el pitufo perezozo y me encontrará aquí. Tendremos una escena, una de las malas. ¡Y yo recién acabo de llegar a su casa! -se angustió el salero.
Pero el pitufo perezozo dormía, haciendo honor a su nombre.
Pasó el tiempo y la sombra de una colina cercana se fue acortando. El pitufo seguía durmiendo, pero el salero no sabía que hacer. Sentía que estaba tentando su suerte. Ya eran muchos los objetos que, en la cocina, andaban despiertos y le miraban con curiosidad. ¿Qué hacía el salero en la ventana? Y el salero no sabía qué hacer. Tal vez todavía tuviera tiempo de volver a su puesto y que el pitufo perezozo no se diera cuenta de nada.
Justo cuando ya se iba a retirar, vio a quien menos se esperaba encontrar por el camino. ¡La pitufina! Volvía con el pelo revuelto y lleno de pajas, como si hubiera dormido en un granero.
Al salero le inundó el deseo de irse con ella. Pero, ¿qué haría para llamar su atención? Se acercaba por el camino y no miraba hacia la cara del perezozo. Y entonces hizo una pequeña locura: se tiró por la ventana y cayó sobre una cacharra de metal que había en el suelo. Y, ahora sí, la pitufina le oyó y se acercó hasta él. Pero no fue el único que oyó su caída. El pitufo perezozo se despertó.
3 día
- ¡Qué salero tan bonito! Si querías darme una sorpresa, lo has conseguido
Así hablaba la pitufina al pitufo perezozo quien, al oír el ruído, se había asomado a la ventana de la cocina. La pitufina tenía su salero entre las manos.
- Eh... bueno... -farfulló el pitufo
- ¡Gracias, pitufo-perezozo! -dijo la pitufina, y la plantó un sonoro beso en la mejilla. El pitufo se sonrojó.
La pitufina se alejó alegre por el camino. Y el salero también estaba alegre, pensando que por fin se iba a arreglar su suerte.
La casa de la pitufina estaba en las afueras del pueblo. Cuando se acercaban, la pitufina comenzó a hablar con el salero:
- Ha sido toda una casualidad que te encontrara. Ayer salí de paseo y fui a recoger flores cerca del viejo molino. La curiosidad hizo que entrara en el molino y allí me acosté a dormir la siesta. Y no sé cómo, pero al final me quedé dormida toda la noche. ¡Qué cansada estaba! Y así fue que esta mañana te encontré a ti.
Abrió la puerta de su casa. Todo parecía en su sitio y abundaban los colores rosa y azul pálido.
- Como todavía no sé dónde ponerte vas a estar un tiempo en la caja donde todos mis cachivaches esperan. Dentro de unos días te sacaré de allí y ya verás cómo encontramos el mejor sitio para ti.
Dicho y hecho. Cuando ya el salero se las daba de triunfador, la pitufina lo encerró en una caja rosa donde había un montón de cosas, desde lápices de colores a sartenes con diseños artísticos.
- Un nuevo -dijo un angelito de porcelana. En sus manos tenía un harpa.
- ¿Sabes tocar el harpa? -le preguntó, muy educado, el salero.
El angelito se rió y rasgó las cuerdas. Sonaba muy bien.
- ¿Cuánto tiempo te ha dicho que estarás aquí? -le preguntó un dedal dorado.
- Unos días -respondió el salero
- ¿Y qué sabes hacer? -intervino un anillo rosa
- Soy salero. Pero mi viaje comenzó el día que no pude dar más sal.
- ¿Estás enfermo? -preguntó el dedal con voz apenada.
- no lo sé -respondió con honestidad el salero.
El ángel volvió a tocar el arpa. En ese momento comenzó a cantar una flor de porcelana. El salero nunca había escuchado nada tan hermosa en su vida. Sintió que sus entrañas de sal se le movían. Cuando acabó de cantar, no podía quitar sus ojos de la flor y del arpa del ángel.
- ¿Estás viajando? -le pregunto'el angelito, volviendo al hilo inicial de la conversación.
- Eso creo. Pero no sé muy bien a dónde voy. Ni qué busco -respondió el salero, aún conmovido por la múcia
- Sabrás a dónde ir cuando sepas por qué estás en este mundo -añadió el ángel crípticamente.
En ese momento se hizo la luz. La pitufina había abierto la caja y, sacando de ella el salero, le dijo,
- ¡Ya sé dónde vas a ir!
iv
El salero no sabía a dónde se dirigían. La pitufina lo había envuelto en un papel de regalo de un chillón color rosa.
Atardecía.
El salero estaba cansado de viajar. Cuando habían comenzado sus aventuras, había contado con llegar a algún lugar estupendo donde solo vivía gente maravillosa con una percepción de la vida y del mundo totalmente nuevas y cautivadoras. Pero, en lugar de eso, se había tropezado con pitufo perezozo y egoísta. Luego se las habiá apañado para que la pitufina lo recogiera, acaso esperando que con ella las cosas serían diferentes. Pero no había sido así: la pitufina vivía en un mundo rosa lleno de sensaciones nuevas, es verdad, pero todas familiares y sin interés. Y en la caja con los demás objetos se había visto con los ojos con los que los demás podían verlo: que no era tan especial como creía, que ni siquiera era capaz de cantar como aquella flor de porcelana, que apenas entendía los crípticos mensajes de un angelito. Solo era un salero incapaz de dar sal; "cuando sepas por qué estás aquí...", le había dicho el ángel. ¿y cuál era su porqué? ¿Que lo tiraran como objeto inútil? ¿que se consolara pensando que era un incomprendido, solo para descubir que no tenía nada de especial?
Ding-dong, sonó el timbre que la pitufina tocó. Ahora sería un regalo para alguien, para un nuevo pitufo perezozo que lo apreciaría solo en función de lo que los demás lo desearan.
Din-Dong, volvió a sonar el tmbre. No había nadie en casa.
- ¿Le espero o me voy? -se dijo la pitufina en voz alta, reflexionando.
"Mejor vete", pensó el salero, pero no dijo nada.
Otra vez recordó la música del ángel y la flor de porcelana. Y sintió que sus entrañas de sal se removían y pugnaban por salir afuera.
Sí, ahora podría dar sal.
"¿Es para esto que estoy en el mundo?", se preguntó otra vez. Así que lo único que le tocaba, al parecer, era servir sal. Que las comidas estuvieran más sabrosas, que la carne se conservara fuera de la nevera, que los novios se la echaran por encima al salir de la iglesia.
¡Pero la sal era algo tan poco especial! Sin embargo... él no era la sal, solo la contenía, solo la repartía hacia afuera.
Ding-Dong, sonó el timbre. Pero antes de que su sonido se extinguiera, la pitufina exclamó:
- ¡Por fin ha llegado! Llevo un rato esperándole
- ¿Qué deseas, hija mía? -dijo una vieja voz conocida por el salero. Se estremeció.
- Traigo un regalo para usted. Tome
El salero sintió que lo cambiaban de manos. Y al poco unas manos viejas comenzaron a desempaquetarlo.
- ¡Mi salero! -exclamó Papá Pitufo al reencontrarlo.
- ¿Era tuyo? -preguntó la pitufina desconcertada.
- Ayer lo tiré en un momento de rabia. Y después no ha pasado ni un minuto en el que no me arrepintiera. Pero es qeu no me daba sal.
- ¿Por qué no prueba ahora? Eche un poco aquí, en la palma de mi mano -propuso la pitufa
El salero se esforzó por recordar la melodía de la rosa de porcelana y el arpa del ánel. Y, ¡oh, milagro!, cayó la sal sobre la manita de la pitufa, como nieve blanca y suave en un día de primavera.
- Gracias, pitufina -dijo papá pitufo
"Gracias" pensó el salero
Y desde aquel día se propuso decir gracias cada vez que alguien lo utilizara. Y para él ya no hubo nada más especial y único que dar sal.
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