lunes, 12 de mayo de 2014

la oca costurera

Había una pequeña oca que tenía un comportamiento muy extraño. Sus padres estaban preocupados, sus tíos apenas mencionaban el problema y sus compañeros de granja se reían de ella. Y es que la oca, la oquita, diríamos... se quedaba ensimismada mirando hacia un atardecer, o se escondía detrás de unos troncos caídos cuando no quería que nadie la encontrara o... bueno, ya me entienden.
Un día alguien la llamó "artista" y ya se le quedó el nombre.
- Es que nuestra oquita es una artista, por eso siempre está así -explicaba la madre a las vecinas.
Y el resto de hermanos y hermanas se reían de ella y jugaban con el mote,
- ¡Vamos, artista, despierta!
La oca en cuestión no se sentía demasiado molesta con el nombrete.
"Tal vez sea verdad. Por eso soy diferente, debo de ser una artista..."
El papá de la oca se plantó un día delante de ella. Tenía algo importante que decirle, así que carraspeó un poco y la miró primero de un lado y luego de otro.
- Creo que es hora de que escogas una profesión, hijo mío -le dijo. ¿En qué has pensado?
La oca se sentía confusa. No sabía que los artistas tuvieran que dedicarse a algo más allá del hecho de ser artistas.
- No lo sé, padre. ¿A ti qué te parece?
El padre miró a su hijo de reojo y luego contestó:
- Uno de tus abuelos era un célebre costurero. Tal vez podrías seguir la tradición.
¡Costurero! La idea le entusiasmó. Podría diseñar y fabricar ropas como nunca vistas antes; su madre se vestiría hermosos chales en invierno y tejería sombreros inigualables para sus hermanos...
- ¡Sí! -le contestó a su padre
Así que comenzó a ocuparse en las artes del hilo. Pero como su familia era muy pobre, no pudo pagarse más que un preceptor que, una vez al mes, pasaba por la granja y veía el trabajo que hacía la oca. Esta, por su parte, ya había perdido mucho de su entusiasmo inicial, y se conformaba con, tan solo, cumplir con los planes que el profesor le mandaba.
Además, ya no era una oca tan rara: no se quedaba ensimismada mirando al atardecer ni le apetecía tanto estar sola.
Pero en una ocasión en la que estaba sola, casi por casualidad, se encontró con un erizo que estaba esculpiendo una pequeña estatuta de madera de una rama caída.
- ¿Qué haces? -le preguntó la oca
El erizo la miró tan solo un momento y luego siguió trabajando.
- ¿Qué haces? -volvió a preguntarle la oca, molesta porque el otro no le contestaba.
Por fin el erizo paró:
- ¿Es que no lo ves? Eso debería bastar para contestarte. Y ahora déjame si no quieres que te de una respuesta demasiado larga y demasiado confusa.
A pesar de las maneras desagradables del erizo, la oca no se marchó.
- ¿Qué respuesta es esa? -preguntó.
- Que en realidad yo tampoco sé lo que hago, solo sé que debo hacerlo. No me preguntes más, por favor. Déjame que siga.
La oca se marchó pensativa. No había pensado en trabajar aquella tarde, pero tras el encuentro con el erizo se dio cuenta de lo que había perdido el día que eligió una vocación a la que dedicarse: la pasión de ser ella misma, el impulso que la llevaba a perderse en la existencia sin preguntar sentidos, sino tan solo obedeciendo al instinto más vital, el instinto primero.
Y que solo la creación la salvaría. Eso costaba un trabajo. Eso costaba una vida.
Estaba dispuesta a pagarla.

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