Era un día de mucho viento, así que no me extrañé por lo que me encontré en la guardería. Los ramas de los árboles estaban combadas y se hacía difícil caminar. Y allí estaba el profesor, cuidando de los niños. Los niños se habían echado a volar con el viento y el profesor, sabiamente, les había atado una cuerda que los unía al suelo. Parecían cometas echadas al aire para la fiesta de San Diego. El profesor se paseaba entre toda aquella arboladura, como un capitán que se pasea por la cubierta del barco y comprueba cómo de tensas están las velas.
- Vengo a por... -le dije, señalándole a mi hija con un gesto de la cabeza.
Él asintió y comenzó a bajarla, tirando de la cuerda. El viento enmarañaba los pelos largos de mi pequeña y no podía verle bien la cara. Pero tenía aquella camisita roja que su abuela le había comprado.
- Sopla bien, hoy, ¿no le parece? -le pregunté amigablemente al profesor, que más parecía un marinero amainando las velas.
- Ajá -contestó él, con aire distraído
Ya tenía a la pequeña casi a mi altura. Y fue entonces cuando me di cuenta de mi error:
- Pero esta no es la mía -le dije al otro
Pero el profesor me hizo oídos sordos. El viento se llevaba mis palabras.
- ¡Esta no es la mía! -exclamé
Seguía sin oírme. Ya la niña estaba casi en el suelo y el profesor la estaba amarrando con un nudo marinero, posiblemente un ballestrinque. La pequeña me miraba con sorpresa y miedo. Parecía una niña simpática a la que los padres le habían comprado una camisa similar a la que llevaba mi propia hija. Y por un momento me tentó irme con ella de allí, cejar con mis pretensiones de ser un padre para una hija. ¿Quién sabe? Tal vez aquella niña y yo consigamos una mejor química que la que la genética me había conseguido. Y siempre sería más prudente probar antes de decidirse; definitivamente, la naturaleza tenía un gusto apresurado al imponer hijos a los padres que, la verdad, uno no sabe bien cómo van a salir.
Pero lo pensé mejor. Mi mujer nunca lo aceptaría y, lo que era aún peor, hoy me había prometido mi postre favorito para cenar. Tal vez podría convencerla para que aceptara a una nueva niña en lugar de nuestra hija, pero hacerlo me tomaría demasiado tiempo y al final no le quedarían energías como para prepararme la cena.
Así que le toqué en el hombro al profesor y, aproximándome a su oreja, le grité:
- ¡Esta no es la mía, se ha equivocado!
El otro por fin se dio cuenta de su error. Rápidamente deshizo al nudo en el que había estado ocupado y la niña salió volando casi inmediatamente por los aires.
Al rato ya bajó a la mía, esta vez sí. Venía sonriendo por verme. Al profesor le pedí que no la desatara, que me la llevaría así, como quien lleva un globo comprado en el parque al lado del estanque. Y ella, alborozada, solo exclamó:
- ¡Papá!
Y todo lo que había pensado antes me pareció un sueño.
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