lunes, 26 de mayo de 2014

nubosidad variable

Un día Hércules, tras haberse convertido en uno de los más famosos dioses griegos y haber superado todas las pruebas, quiso hacer algo diferente. Estaba cansado de que el tiempo fuera tan variable, de que algunos días lloviera tanto y otras apenas chispeara, de que hiciera sol o, en las zonas altas, comenzara a nevar como de imprevisto.
Y es que Hércules añoraba la estabilidad. Su cuerpo apenas había envejecido en los últimos cientos de años, pero su mente ya no se fijaba tanto en el río que fluye como en el lago que permanece; sus oídos prestaban más atención al silencio que a la música de las hojas movidas por el viento; su tacto ya no se estremecía ante los ángulos inesperados y cortantes de la roca, sino que resbalaba de placer en la corteza de los árboles más antiguos, esa corteza que no es más que una capa superficial y que refleja, como la luz en un lago, la profunda y calmada existencia de las plantas leñosas.
- Le pediré a mi padre que el tiempo siempre permanezca igual -le dijo un día a sus amigos.
Subió al Olimpo y allí encontró a su padre que, en aquel momento, le recitaba una de sus peores poesías a Hera. Y es que en el Olimpo recién había comenzado la primavera. Ella reía, complacida, más por los tontos esfuerzos de Zeus por parecer romántico que por la propia poesía, que solo podía gustarle a un fauno sordo.
- Padre, cada primavera te deshonras dejando que tu sangre se altere - le dijo Hércules en cuanto su padre le dio un momento para hablar - y eso es porque dejas que el tiempo te controle. ¡Tú, el mismísimo señor del rayo y del trueno!
Pero Zeus le miró con ojos pacíficos y le dijo:
- Muy bien, será como tú deseas. Haré que toda Grecia viva en una eterna salida de la primavera. Este es un tiempo que a todos gusta, justo antes de que se caigan las hojas de los árboles en Mileto y las playas de Tracia tienen más arena. Pero en las montañas seguirán habiendo estaciones, solo que siempre hará frío y ni siquiera el verano podrá fundir del todo a las nieves acumuladas.
Hércules se marchó contento, vanagloriándose de la influencia que tenía sobre su padre. Sin embargo, al año volvió al Olimpo. Como ya no había estaciones, Zeus estaba jugando con el viento y la tormenta en un mar lejano, así que Hércules tuvo que esperarle. Cuando por fin apareció su padre, le dijo:
- Padre, no aguanto más esta situación. Mi vida es un mar en calma, una piedra escondida en una cueva a la que nadie llega, una gota de agua que solo cae sin llegar nunca a destino. Me equivocaba al pensar que las estaciones eran malas. ¡Reponlas! El tedio invade mi existencia y cada mañana me encuentro esperando un Otoño que nunca termina de llegar.
Zeus sonrió y dijo:
- Nunca hice nada para cambiar el tiempo. Ni soy tan poderoso ni mis intereses van con los tuyos. Lo único que hice fue embrujar tus sentidos para que siempre creyeras que vivías en el mismo tiempo. Pero ahora ve, lávate en esa fuente y podrás volver a la vida de antes.
Hércules se fue y se marchó contento, porque ahora ya podía sentir los cambios en el exterior.
- ¿Acaso esa fuente es milagrosa? -preguntó Hefesto quien pasaba por ahí y estaba interesado en algo que pudiera curarle de los males que le aquejaban
- ¡Quiá! -respondió Zeus- solo es agua normal.

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