lunes, 5 de mayo de 2014

El artista



había una vez un pájaro que vivía en la gran ciudad. Le gustaba volar hasta los edificios más altos y, desde allí, contemplar toda la vida que sucedía a sus pies. Y a veces se quedaba ensimismado en los cruces de carreteras, cuanto más ruidosos mejor, viendo como todos se apresuraban de un lado a otro. Las bocinas eran música para sus oídos; los gritos de los tenderos, rebelión de almas; y los cuerpos de policías, bomberos o barrenderos, ejército de mentes y costumbres. Este pájaro no era un pájaro cualquiera, pues se sabía honrado al poder apreciar todo lo que sucedía bajo su vuelo.
A veces volaba hasta la universidad y, sintiendo la sangre joven de los estudiantes, se sentía revivir.
Este pájaro era un artista y un poeta.
Una noche se quedó dormido en una camioneta. Estaba tan cansado que no se dio cuenta de que la estaban cargando con cajas, a la mañana siguiente. Y para cuando quiso salir ya era tarde: estaba encerrado en medio de ellas.
El camión partió de buena mañana. El movimiento de la carretera, llena de baches, movió las cajas y, finalmente, liberó al pájaro. Y éste salió volando como un tiro, sin mirar cómo ni dónde. Solo quería sentir el azul del cielo rodeándole.
¡Libre!
Pero mientras el camión se alejaba se dio cuenta de que no estaba en ningún lugar conocido. Bajo él se extendía una meseta salvaje y rocosa con escasa vegetación. Pero había muchos mosquitos con los que poder alimentarse.
El pájaro artista intentó orientarse y, cuando atardecía, encontró las ruinas de una casa. Se acomodó en ella para dormir, entre el hueco de unas piedras en el tejado derruído.
A la mañana siguiente pensó en partir cuanto antes, pero no bien había volado unos cientos de metros cuando se dio la vuelta y volvió hacia la casa.
No sabía qué lo retenía allí, pero no podía abandonarla. Desde aquel nido improvisado había contemplado un atardecer en soledad, y un amanecer sin hombres ni más ruído que el de las piedras silenciosas.
¿Qué vida se escondía entre aquellos peñascos rotos?
Al cabo de una semana, se dio cuenta de que nunca se marcharía de allí.
"ya no seré un artista", se dijo una noche.
Y así pasaba el tiempo, cantando canciones para las que no tenía público, contemplando escenas que no tenía con quien compartir, recolectando recuerdos que morirían al mismo tiempo que él.
"ya no seré un artista", se repetía cada noche.
Y pasó el tiempo. y la lluvia en invierno, y el sol en verano. Pájaros migratorios en la lejanía. Carreteras solitarias, páramos perdidos.
y al final murió. Y no como artista. Sino, simiplemente, como un pequeño pájaro en una casa de piedra con el techo caído en la que, desde hacía muchos muchos años, no pasaba nada.

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