miércoles, 14 de mayo de 2014

el pájaro del tendedero

Desde que comenzara el verano, la pequeña Flor había tenido un motivo especial para alegrarse. Todo había comenzado el día que se había a decidido a ayudar a su madre a tender la ropa; es más, decidió hacerlo sola.
Y fue así que se encontró con el pajarito. Estaba posado en la cuerda y la miraba con curiosidad. Ella dejó el cesto de la ropa en el suelo y le habló:
- Yo me llamo Flor. ¿Quieres hacerme compañía?
El pájaro entonó un corto trino y no dijo nada más. Entonces Flor comenzó a tender la ropa y el pajarito, sintiendo que la cuerda vibraba más de lo que le gustaba, fue a posarse unos metros más allá, sobre el rosal seco del jardín.
Cada semana, Flor sacaba la ropa para tenderla. Y cada semana estaba allí su pajarito, esperándola.
- Te llamaré Vicente -le anunció un día.
Y el pajarito Vicente trinó un poquito más que otras veces. Le gustaba el nombre. Y, como siempre, esperó a que ella comenzara a tender la ropa antes de cambiarse de sitio y posarse sobre el rosal seco del jardín.
Un día de otoño, un día frío, Vicente no apareció.
- Cuando comienza a hacer frío, los pajaritos se van más al sur -le explicó a Flor su mamá aquella noche.
Y Flor imaginó a su pajarito tomando el sol en la playa. ¿Quién sabe? Tal vez allí encontrara una pajarito de su gusto y formara un familia. Entonces se quedaría allí con ella y no volvería a ver a Flor. El pensamiento entristeció a la pequeña, pero luego reflexiońó un poco más: la vida en una playa no podía por menos que ser buena para Vicente, así que Flor se alegraría por él.
- Los verdaderos amigos se alegran cuando te pasa algo bueno, aunque para ellos sea una tristeza -le había explicado un día su papá.
Y Flor decidió que se iba a alegrar por el pajarito Vicente. Quería ser su amiga.
A la semana siguiente, cuando la pequeña fue a tender la ropa una vez más, se llevó una sorpresa: Vicente volvía a estar allí. La estaba esperando como siempre, posado en el tendedero.
- ¿Y por qué no te has ido al sur con los demás? -le reprochó Flor. Pero en realidad le alegró mucho verle.
Durante el siguiente fin de semana, nevó en el pequeño pueblo. Y cuando a Flor le tocó otra vez tender la ropa, no vio a su pajarito por ningún lado.
Sin embargo, ¡oh, milagro!, cuando ya había terminado se dio cuenta de que el rosal seco había dado una pequeña flor roja. ¡Y justo cuando entraban en el invierno! Flor se acercó a verla más. Era un pequeño capullo de una bonita rosa de color rojo sangre. La niña acarició los pétalos cerrados con cuidado, y una hojita seca que había en la rama cayó al suelo, revoloteando tranquilamente por los aires. La niña la siguió con la mirada. La hoja fue a parar al lado de un pequeño bulto que había en el suelo.
Flor le reconoció con un sobresalto. Se trataba de su pajarito, de Vicente, muerto a los pies de un rosal seco en la antesala del invierno.

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