Un día de otoño, el señor ratón se despertó en su madriguera de un sobresalto. En sus sueños, había visto lo que tenía que hacer. ¡Tanto tiempo esperando su oportunidad para saber qué hacer en la vida y por fin había llegado!
- Sabía que estaba destinado a algo grande -se dijo
De un salto se levantó de la cama y corriendo fue hasta el bureau, donde estaba su cuaderno de ideas. La mayoría de las páginas estaban vacías, si acaso con alguna frase suelta o un rayón descuidado, pero el aspecto estaba lejos de ser atrayente. Fue hasta la última página y allí anotó la idea que le martilleaba en la cabeza.
Haría un exposición. En el sueño todos iban a ver su exposición, todos los ratones del condado, y se admiraban de su arte. Las ratoncitas más jóvenes agitaban nerviosas sus colita en la presencia del ratón. Y los ratones más ancianos y admirados de la comunidad le trataban con respeto.
Pero en el sueño no estaba muy claro qué era lo que exponía.
- Algo mío, ha de ser algo mío. Con eso bastará -se dijo el ratón, sacándose el bolígrafo de la boca y admirado de la claridad de sus ideas.
Porque si había algo que le faltaba al mundo en el que el ratoncito vivía, eso era originalidad. Todos se regían por gustos similares, todos buscaban lo mismo y los caminos para hacerlo diferían poco.
- Es la época del pensamiento único -se había quejado su propio padre hacía poco.
El ratón sacó de un cajón un montoncito de folios en blanco. ¡Qué claridad la de aquel blanco! El preámbulo del proceso creativo le era tan emotivo que sentía ganas de llorar. ¡Crear, hacer, inventar! Ese era su cometido, para eso había venido al mundo.
Mojando en tinta china su pluma, trazó unas líneas sobre el papel. Luego trazó otras más. Luego escribió una palabra en un margen y, en el lado opuesto, firmó. Alejó un poco el papel de sí y lo miro con placer:
- Esto es lo que hay que hacer, ¡eso es! -se animó a sí mismo.
Y así fue rellenando un folio tras otro con trazos, líneas, palabras sueltas y alguna frase que en el momento le ocupaba la mente. En total, acabar con aquel trabajo le llevó 37 horas, 12 mintutos y 5 segundos. Cuando terminó, tenía un hambre terrible. Del despacho solo se había levantado hasta entonces para ir al baño.
Pero antes de comer, tenía que llamar a su agente.
...
Cuando la exposición estuvo montada, el ratón se paseaba nervioso por la sala donde estaban expuestas sus creaciones.
- Este es el gran momento. Este es el momento definitivo -se decía entre los bigotes
Abrieron y comenzaron a llegar los visitantes. Aunque el señor ratón se hacía el indiferente, no había expresión, comentario o gesto que no escuchara y analizara.
Todos los presentes aparentaban ser grandes entendidos en arte. Nadie se atrevía a mirar a otro sitio que no fuera a aquellos cuadros prometedores de todo un artista.
- Es algo muy original -oyó que comentaba una joven hurona con pinta de hippie.
Entonces llegó a la sala un joven de aspecto malhumorado. En sus manos llevaba un folleto de la exposición, pero apenas lo veía. Lo único que hacía era mirar de un cuadro hacia otro, como si buscara en ellos algo que no terminaba de encontrar. El señor ratón lo veía por el rabillo del ojo.
Por fin el recién llegado se le acercó y carraspeando antes de hablar, le preguntó:
- Perdone, caballero, ¿sabe usted dónde está el baño?
Sin decir ni una palabra, porque no podía, el señor ratón le indicó con sus manitas dónde estaba el servicio. 7 horas, 12 mintutos y 5 segundos le había llevado a él hacer todo aquella muestra de su alma. La exposición y el arte allí plasmados le desgarraban por dentro. Y aquí había alguien que se había zampado todo su proceso creativo en menos de cinco minutos, tras los cuales no encontraba nada mejor que hacer que ir al inhodoro.
Y el señor ratón tragó saliva. Allí había un arte escondido que para él era imiposible ver.
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