lunes, 5 de mayo de 2014

El salero de papá pitufo



- ¿Quién me ha cogido el salero? -se quejó en voz alta papá pitufo. Estaba sentado en su mesa preferida del pequeño restaurante del pueblo de los pitufos. Habían sobrevivido todos a un encuentro con gargamel y con su gato azrael; habían corrido unas aventuras apasionantes pero peligrosas. Y ahora les tocaba un descanso. Papá pitufo había ido al restaurante y rápidamente le habían colocado en su mesa, al lado de la ventana. Habían colocado sus cubiertos con cuidado, su pequeña copa para el oporto y su vaso anaranjado para el vino. En el centro de la mesa estaban sus vinajeras y en ellas, en una pequeña porcelana blanca que imitaba a un cisne, estaba el salero.
- ¿Le sucede algo, papá pitufo? -preguntó el pitufo-camarero que también hacía las veces, cuando tocaba, de pitufo-pinche de cocina y pitufo-vete-a-comprarme-el-periódico-chaval y, los fines de semana pitufo-limpiáme-las-botas.
- ¡No sale sal de mi salero! ¿Quién lo ha estado toqueteando?
El camarero no respondió sino que cogió el salero e inspeccionó los agujeritos: estaban limpios. Y dentro del salero había sal blanca, tendida amablemente en el fondo del frasquito, esperando a que alguien la degustara. El camarero lo hizo con un dedo y, tras cerciorarse que ni por parte de la sal ni por parte del salero había ningún desperfecto aparente, se lo devolvió a Papá pitufo diciendo:
- No encuentro nada raro en el salero. Todo parece en orden.
- Salvo el hecho de que no sale la sal -refunfuñó papá pitufo
El camarero ya estaba preparándose para su nuevo papel de pitufo-te-voy-a-insultar-hasta-que-me-quede-ronco. Por eso le sorprendió tanto que Papá pitufo saliera del restaurante sin decir palabra, con el salero en la mano, y desde el jardincito lo tirara a lo lejos. El salero se perdió en la lejanía.
- Tiene usted un buen brazo, Papá pitufo -le dijo el camarero
- Muerto el perro ...-refunfuñó el viejo- Ahora traéme el menú del día, pero será mejor que me salen la comida al punto en la cocina.
Mientras el pitufo-camarero volvía a la cocina agradeciendo a los cielos que la cosa no hubiera llegado a mayores, el salero volaba.
- ¡Esto sí que es volar, y no eso de estar todo el día en una mesa, esperando que alguien me alze! -se dijo
Pero aunque el brazo de papá pitufo era más fuerte de lo que aparentaba, el salero por fin comenzó a bajar. Le fue a dar en plena cabeza al pitufo perezozo, que en aquel momento echaba una cabezadita a la sombra de un árbol, mientras acompañaba al pitufo-pescador que, en el borde del río, tendía su caña esperando que algún incauto pececillo picara el anzuelo-
- ¡Ay! -se quejó el pitufo perezozo. ¿Quién es el idiota que ha tiraro un salero por los aires?
El otro pitufo se le acercó y, tras comprobar lo que había caído del cielo, dijo:
- ¡Justamente no tengo salero! ¿Por qué no me regalas ese?
El perezozo, cuyo impulso hubiera sido el de tirar el salero al fondo del río, cambió rápidamente de opinión al oír aquellas palabras:
- No. Me ha caído a mí y yo me lo quedaré -sentenció
Y fue así como el salero acabó aquel día en casa del pitufo perezozo. Pero no pasaría allí más que una noche, porque al día siguiente...
2 día
El interés del pitufo perezozo decayó no bien volvió a su casa. Puso el salero en la cocina, buscando el sitio idóneo para él. Pero no lo encontró y, finalmente, optó por esconderlo en un rincón detrás del azucarero. Luego se tumbó en el sillón y pensó lo mismo que muchas otras noches:
- Esta noche debería ir afuera a contar estrellas
Y así se quedó dormido en el sofá. A medianoche le dolía la espalda y se despertó; fue al baño y luego a su cama.
El salero, mientras tanto, no podía dormir. Tenía ganas de explorar los alrededores de su nuevo hogar, pero no se atrevía a moverse. Algo en el carácter de su nuevo amo no terminaba de convencerle y no quería enfrentarse a él.
- Pero si me quedo aquí mucho tiempo se acabará olvidando de mí. Lo que yo necesito es una estrategia, ¡un plan maestro!
Y se pasó el resto de la noche pensando en qué haría. El único pensamiento que logró sedimentar en su cabeza de porcelana fue el primero que le llegó; no parecía que el pensamiento pudiera tener ninguna continuación y, tras probar mil salidas imaginativas, todas infructuosas, se quedó con la primera idea.
- Justo antes de que salga el sol, cuando todos duerman y el sueño sea el más profundo, me moveré hasta esa ventana que está abierta. Y desde allí veré lo que tenga que ver.
Su plan no le daba para mucho más.
- Pero no puedo hacer ninguna estrategia si no sé qué pasaré después de que me acerque a la ventana. Digamos que mi plan maestro es el de ponerme a tiro para que pase lo inesperado. Hay un camino que pasa cerca de la ventana. Y por el camino pasa todo tipo de gente.
Dicho y hecho. Cuando los gallos carraspeaban sus gargantas preparándose para cantar, el salero se fue moviendo poco a poco hasta la ventana. Sin quererlo rozó la cuchara de un azucarero, que se despertó de mal humor:
- ¡Mira por dónde andas, salero, que no son horas!
Luego volvió a cerrar los ojos.
Por suerte nadie más se despertó, a pesar del grito de azucarero.
El salero llegó a la ventana y esperó. Nadie pasaba por el camino. La mañana se fue abriendo y por fin apareció el sol en el horizonte. Cantó el gallo.
- Se despertará el pitufo perezozo y me encontrará aquí. Tendremos una escena, una de las malas. ¡Y yo recién acabo de llegar a su casa! -se angustió el salero.
Pero el pitufo perezozo dormía, haciendo honor a su nombre.
Pasó el tiempo y la sombra de una colina cercana se fue acortando. El pitufo seguía durmiendo, pero el salero no sabía que hacer. Sentía que estaba tentando su suerte. Ya eran muchos los objetos que, en la cocina, andaban despiertos y le miraban con curiosidad. ¿Qué hacía el salero en la ventana? Y el salero no sabía qué hacer. Tal vez todavía tuviera tiempo de volver a su puesto y que el pitufo perezozo no se diera cuenta de nada.
Justo cuando ya se iba a retirar, vio a quien menos se esperaba encontrar por el camino. ¡La pitufina! Volvía con el pelo revuelto y lleno de pajas, como si hubiera dormido en un granero.
Al salero le inundó el deseo de irse con ella. Pero, ¿qué haría para llamar su atención? Se acercaba por el camino y no miraba hacia la cara del perezozo. Y entonces hizo una pequeña locura: se tiró por la ventana y cayó sobre una cacharra de metal que había en el suelo. Y, ahora sí, la pitufina le oyó y se acercó hasta él. Pero no fue el único que oyó su caída. El pitufo perezozo se despertó.

3 día
- ¡Qué salero tan bonito! Si querías darme una sorpresa, lo has conseguido
Así hablaba la pitufina al pitufo perezozo quien, al oír el ruído, se había asomado a la ventana de la cocina. La pitufina tenía su salero entre las manos.
- Eh... bueno... -farfulló el pitufo
- ¡Gracias, pitufo-perezozo! -dijo la pitufina, y la plantó un sonoro beso en la mejilla. El pitufo se sonrojó.
La pitufina se alejó alegre por el camino. Y el salero también estaba alegre, pensando que por fin se iba a arreglar su suerte.
La casa de la pitufina estaba en las afueras del pueblo. Cuando se acercaban, la pitufina comenzó a hablar con el salero:
- Ha sido toda una casualidad que te encontrara. Ayer salí de paseo y fui a recoger flores cerca del viejo molino. La curiosidad hizo que entrara en el molino y allí me acosté a dormir la siesta. Y no sé cómo, pero al final me quedé dormida toda la noche. ¡Qué cansada estaba! Y así fue que esta mañana te encontré a ti.
Abrió la puerta de su casa. Todo parecía en su sitio y abundaban los colores rosa y azul pálido.
- Como todavía no sé dónde ponerte vas a estar un tiempo en la caja donde todos mis cachivaches esperan. Dentro de unos días te sacaré de allí y ya verás cómo encontramos el mejor sitio para ti.
Dicho y hecho. Cuando ya el salero se las daba de triunfador, la pitufina lo encerró en una caja rosa donde había un montón de cosas, desde lápices de colores a sartenes con diseños artísticos.
- Un nuevo -dijo un angelito de porcelana. En sus manos tenía un harpa.
- ¿Sabes tocar el harpa? -le preguntó, muy educado, el salero.
El angelito se rió y rasgó las cuerdas. Sonaba muy bien.
- ¿Cuánto tiempo te ha dicho que estarás aquí? -le preguntó un dedal dorado.
- Unos días -respondió el salero
- ¿Y qué sabes hacer? -intervino un anillo rosa
- Soy salero. Pero mi viaje comenzó el día que no pude dar más sal.
- ¿Estás enfermo? -preguntó el dedal con voz apenada.
- no lo sé -respondió con honestidad el salero.
El ángel volvió a tocar el arpa. En ese momento comenzó a cantar una flor de porcelana. El salero nunca había escuchado nada tan hermosa en su vida. Sintió que sus entrañas de sal se le movían. Cuando acabó de cantar, no podía quitar sus ojos de la flor y del arpa del ángel.
- ¿Estás viajando? -le pregunto'el angelito, volviendo al hilo inicial de la conversación.
- Eso creo. Pero no sé muy bien a dónde voy. Ni qué busco -respondió el salero, aún conmovido por la múcia
- Sabrás a dónde ir cuando sepas por qué estás en este mundo -añadió el ángel crípticamente.
En ese momento se hizo la luz. La pitufina había abierto la caja y, sacando de ella el salero, le dijo,
- ¡Ya sé dónde vas a ir!
iv
El salero no sabía a dónde se dirigían. La pitufina lo había envuelto en un papel de regalo de un chillón color rosa.
Atardecía.
El salero estaba cansado de viajar. Cuando habían comenzado sus aventuras, había contado con llegar a algún lugar estupendo donde solo vivía gente maravillosa con una percepción de la vida y del mundo totalmente nuevas y cautivadoras. Pero, en lugar de eso, se había tropezado con pitufo perezozo y egoísta. Luego se las habiá apañado para que la pitufina lo recogiera, acaso esperando que con ella las cosas serían diferentes. Pero no había sido así: la pitufina vivía en un mundo rosa lleno de sensaciones nuevas, es verdad, pero todas familiares y sin interés. Y en la caja con los demás objetos se había visto con los ojos con los que los demás podían verlo: que no era tan especial como creía, que ni siquiera era capaz de cantar como aquella flor de porcelana, que apenas entendía los crípticos mensajes de un angelito. Solo era un salero incapaz de dar sal; "cuando sepas por qué estás aquí...", le había dicho el ángel. ¿y cuál era su porqué? ¿Que lo tiraran como objeto inútil? ¿que se consolara pensando que era un incomprendido, solo para descubir que no tenía nada de especial?
Ding-dong, sonó el timbre que la pitufina tocó. Ahora sería un regalo para alguien, para un nuevo pitufo perezozo que lo apreciaría solo en función de lo que los demás lo desearan.
Din-Dong, volvió a sonar el tmbre. No había nadie en casa.
- ¿Le espero o me voy? -se dijo la pitufina en voz alta, reflexionando.
"Mejor vete", pensó el salero, pero no dijo nada.
Otra vez recordó la música del ángel y la flor de porcelana. Y sintió que sus entrañas de sal se removían y pugnaban por salir afuera.
Sí, ahora podría dar sal.
"¿Es para esto que estoy en el mundo?", se preguntó otra vez. Así que lo único que le tocaba, al parecer, era servir sal. Que las comidas estuvieran más sabrosas, que la carne se conservara fuera de la nevera, que los novios se la echaran por encima al salir de la iglesia.
¡Pero la sal era algo tan poco especial! Sin embargo... él no era la sal, solo la contenía, solo la repartía hacia afuera.
Ding-Dong, sonó el timbre. Pero antes de que su sonido se extinguiera, la pitufina exclamó:
- ¡Por fin ha llegado! Llevo un rato esperándole
- ¿Qué deseas, hija mía? -dijo una vieja voz conocida por el salero. Se estremeció.
- Traigo un regalo para usted. Tome
El salero sintió que lo cambiaban de manos. Y al poco unas manos viejas comenzaron a desempaquetarlo.
- ¡Mi salero! -exclamó Papá Pitufo al reencontrarlo.
- ¿Era tuyo? -preguntó la pitufina desconcertada.
- Ayer lo tiré en un momento de rabia. Y después no ha pasado ni un minuto en el que no me arrepintiera. Pero es qeu no me daba sal.
- ¿Por qué no prueba ahora? Eche un poco aquí, en la palma de mi mano -propuso la pitufa
El salero se esforzó por recordar la melodía de la rosa de porcelana y el arpa del ánel. Y, ¡oh, milagro!, cayó la sal sobre la manita de la pitufa, como nieve blanca y suave en un día de primavera.
- Gracias, pitufina -dijo papá pitufo
"Gracias" pensó el salero
Y desde aquel día se propuso decir gracias cada vez que alguien lo utilizara. Y para él ya no hubo nada más especial y único que dar sal.

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