- Siempre te vemos por aquí, pero nunca dices nada -le dijo la gatita a aquel gato de hábitos nocturnos que siempre aparecía por el bar. ¿Siempre? Ya hacía un año y medio que no faltaba noche en la que no apareciera. Se sentaba en cualquiera de las mesas que daban a la calle y pedía su vaso de leche caliente, que sorbía con cuidado mientras contemplaba la calle desierta. Y las calles estaban desiertas porque, por las noches, el único bar que abría era aquel, y ni siquiera todos los días.
El gato miró a la camarera aparentando un interés que estaba lejos de sentir. Solo quería volver a su cama y que le dejaran en paz.
- Tal vez sea mejor así. Los gatos que suelen parar por aquí solo saben decirle a uno cosas soeces... creen que el hecho de encontrarte aquí a estas horas les da derecho a ser groseros.
El otro asintió con cuidado
- ¿Y por qué vienes si luego te estás cayendo de sueño? -insistió la camarera, una gatita escuálida, curiosa y nerviosa, poco atractiva.
- La noche rige con sus propias leyes -sentenció el gato con voz pastosa
La otra no le entendió y no se esforzó por disimularlo. Con brusquedad le retiró el vaso de leche que ya había acabado.
- ¿Le traigo la tarta de fresas? -preguntó secamente
El otro asintió y se volvió hacia la calle.
Eran las leyes de la noche las que comandaban sobre los insomnes; bajo su influjo la camarera oía groserías, pero por el mismo influjo los conjuraba y los deseaba sin darse cuenta de ello. Y si aquellos seres de la noche tenían trabajos nocturnos era porque, en algún momento, la noche les había atraído, los había tentado para que cayeran en sus garras. Podían pensar que habían tenido algo que ver en la elección, que acaso no encontraban otro trabajo. Pero en realidad era la confabulación de las fuerzas nocturnas.
La noche regía con sus propias leyes. Y para él también. Por eso se veía obligado a salir cada noche, a abandonar el calentito lecho que le llamaba para luego rechazarle. Él era, entre todos los insomnes, el insomne.
La camarera puso delante de él la tarta y se preparó para marcharse.
- Espera -le dijo él antes de que se diera media vuelta.
Ella le miró con curiosidad y algo de temor.
- Esperaré a que salgas. Caminaremos un rato juntos.
No le proponía nada, simplemente le afirmaba un hecho. Y ella le entendió.
Porque la noche les embrujaba a ambos y, borrachos bajo su hechizo, no les quedaba más que una salida: vivir.
Vivir como si fuera de día.
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