Se metió en el coche y por un momento sintió toda la emoción de una gran carrera. Podría haber estado en Mónaco y las multitudes hubieran aclamado su nombre, los periodistas se amontonarían para sacarle una foto. Sería un día claro, un dia luminoso sin ninguna nube en el horizonte. Del mar llegaría una brisa fresca.
Pero no estaba en Mónaco sino en un paraje yermo y desierto, entre colinas grises y parduzcas. El cielo, encapotado, a punto de llover, y nadie a la vista. El coche ya estaba para que lo jubilaran, pero era su momento.
- Aquí tienes las llaves.Nosotros nos volvemos a casa. Intenta no estrellar el coche -le había dicho su padre con sorna. Luego se atisó un poco el bigote y se habían ido con un rugido del motor. A él le dejaban allí tirado en medio de la nada, con la única compañía de aquella chatarra vieja.
Y, sin embargo, se sentía más libre de lo que se había sentido en mucho tiempo. Había algo sexual en aquel momento, respiraba una intimidad con sus emociones que la traspasaba.
Palpó la palanca de cambios y, después, arrancó. El viejo ronquido del motor se le apareció como el de una bestia rugiente que pidiera millas que recorrer.
- Yo también tengo prisa, pequeño -le dijo él al coche teatralmente.
Arrancó. Las marchas cortas eran extraordinariamente potentes o, al menos, hacían un ruído capaz de peinar la escasa vegetación de la zona.
En cada curva aceleraba más. El coche cabeceaba pero aguantaba firme en su posición.
- Vamos, eso es. Hay que acelerar en las curvas -se dijo él.
De repente surgió un peatón por la carretera. Iba vestido de negro y eso asustó al joven conductor. El frenazo que dio hizo que las ruedas derraparan y que perdiera el control del automóvil. Se salió hacia los campos y a punto estuvo de volcar.
Todavía estaba temblando cuando se acercó corriendo el viandante. Era un sacerdote vestido todo con sotana. Por eso iba de negro.
- ¿Pero qué demonios hacía usted en la carretera? -le gritó el joven nada más verle, mientras aún se peleaba con el cinturón de seguridad.
Antes de que el cura respondiera, de un alud cercano comenzaron a caerse grandes piedras. Si el coche no se hubiera salido de la carretera, las piedras lo habrían enterrado antes. El joven las miró con terror y luego miró al sacerdote, que no parecía mucho mayor que él. Este miraba hacia el alud de piedras recién caído y, luego, hacia el joven conductor. En su rostro se dibujó una extraña sonrisa. Por fin habló:
- ¿Fumas? -le preguntó, sacando de su bolsillo un paquete de cigarrillos.
El joven, con mano temblorosa, cogió uno. El cura prendió una para sí y luego le pasó el mechero.
- Creo que tenemos mucho de lo que hablar -le dijo
El joven conductor dio una calada aún más profunda a su cigarrillo y, mirando a las piedras caídas en la carretera, respondió:
- Eso parece
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