El señor trueno estaba a la mesa comiendo cuando de repente se levantó furioso.
- Este café está demasiado caliente. ¡No hay quien se lo beba! ¿Por quién me habéis tomado?
El camarero se acercó rápidamente para calmar a su cliente más iracundo.
- Se lo podemos enfriar, si lo desea.
- Tengo una cita con el rayo en cinco minutos. No tengo tiempo.
"Esta familia es inaguantable", se dijo el camarero.
Este era un joven venido directamente de una granja a trabajar en el restaurante de los dioses. Apenas tenía 17 años, su pelo era como paja al viento en un día de verano y sus ojos pequeños brillaban siempre por la curiosidad. ¡Pasaban tantas cosas en el hogar de los dioses! Pero no podía acostumbrarse a los prontos de la familia tormenta.
- Camarero, ¡camarero, por favor! -era la señorita lluvia chispeante, un ser bastante cursi para el gusto del camarero.
- Enseguida estoy, señorita
- Es muy apuesto pero no se aclara en este lugar -le susurró la señorita lluvia chispeante a su compañero, el busca problemas oleaje en rompiente.
El camarero lo oyó, pero se mordió los labios e intentó calmar al señor trueno.
- Si me da usted un minuto, se lo arreglaré en seguida
- No tengo minutos. Los dioses no perdemos el tiempo como los humanos, muchacho -le respondió el otro, airado
- Le voy a demostrar cómo el café no está tan caliente -le dijo entonces el camarero, harto de los prontos del señor trueno.
Y dicho y hecho: cogió el café y se le bebió de un golpe. En efecto, estaba caliente y la garganta le dolía, sentía que le habían echado agua ardiente en el interior. Pero no quería reconocerlo ante el señor trueno, por eso se contentó con esbozar una sonrisa pícara mientras el rostro se le ponía rojo como un tomate. Lo que no pudo evitar es que por un orificio de la nariz le salera un hilillo de humo.
Al señor trueno le hizo gracia:
- Tienes carácter, muchacho. Eso me gusta. ¿Te gustaría trabajar conmigo?
¡Trabajar con el señor trueno! Eso sonaba muy bien, ¡sería todo un ascenso!
- ¿Y qué tendría que hacer, señor? -preguntó en cuanto pudo hablar otra vez.
- Solo tengo un puesto disponible: encargado de tormentas fortuitas en primavera y verano. Claro que solo para unos meses. La economía, ya sabes...
- Claro, claro... -respondió el joven.
En ese momento alguien comenzó a zarandearle.
En el planeta tierra:
- ¡Despierta, despierta, holgazán!
El camarero se despertó. ¿Dónde se encontraba? ¡Ah, sí! Se había quedado durmiendo sentado en una silla. En aquel bar apenas había clientes y el calor pesado del verano le había hecho soñar...
- Saca las mesas y las sillas a la terraza, que hace buen tiempo, ¡ni una nube! y seguro que algún cliente se acerca.
El camarero comenzó a sacar las mesas, pero al rato se paró y mirando al cielo, pensó:
"Si ahora pudiera convocaría una tormenta"
Pero el pensamiento se le pasó rápido. Entró otra vez a por otra mesa más, pero en aquel momento restalló un trueno. De repente había comenzado a llover.
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