viernes, 9 de mayo de 2014

en el extranjero

La serpiente no estaba cómoda; había tenido que migrar y juntarse con aquel grupo de reptiles. Todos eran muy amables con ella; le dejaban sitio donde reposar, donde cambiar la piel. Y admiraban sus movimientos sinuosos y sus ojos hipnotizadores.
Unas lluvias inesperadas eran las culpables de todo.
Había un cocodrilo, en especial, cuya amabilidad le resultaba a la serpiente un poco cargante: ¡ella quería estar sola y en silencio! Pero no se atrevía a decírselo; el cocodrilo era el único que ahora se encargaba de la madriguera común y solía estar solo. Por eso bienvenía la llegada de una compañera, por muy poco agradable que fuera.
- ¿Y no echas de menos tu tierra? -le preguntaba
Y la serpiente solo asentía esquivamente. "No tengo tiempo para esto", pensaba. ¿No se daba cuenta el cocodrilo de lo que estaba haciendo? Que cambiar la piel no era un asunto fácil, ni mucho menos. Que requería concentrarse. Que no estaba acostumbrada a hacerlo en un ambiente extraño, aunque no fuera directamente hostil.
El cocodrilo comenzó a recoger un poco la madriguera. Allí vivían muchos reptiles y todo estaba hecho un desastre. Pero él, con mucha calma, aprovechaba para poner un poco de orden. Duraría poco: en cuanto llegaran los otros se acabaría el orden.
- Yo ya no cambio la piel. Lo hice en mi juventud, pero ya no -dijo el cocodrilo. Y luego comenzó a llorar.
"Lágrimas de cocodrilo, lo que faltaba" pensó la serpiente.
Afuera sonó un trueno.
- ¿Dónde están los demás? -preguntó por fin la serpiente. En realidad, quería saber cuánto le quedaba en compañía del cocodrilo.
- Se fueron. No querían estar aquí, conmigo. Cada vez que pueden se largan. Dicen que les cargo, que les molesto... pero...
Entonces miró a la serpiente con aquellos ojos cargados de falsas lágrimas. Y como un antiguo orgullo le salió a la superficie de la misma forma que un corcho flota en el agua.
- No sé ser de otra manera y no creo que deba intentarlo -dijo
Sus boca ya no tenía dientes. Una de sus piernas cojeaba. La nariz la tenía desgarrada tras un encuentro con el joven cocodrilo que lo había echado de su territorio. Era un saurio viejo y ya le quedaba poco para morirse.
- Esta es una bonita madriguera -dijo la serpiente. Y pensó: "En ella vive la dignidad"

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