jueves, 8 de mayo de 2014

acampadas

El mono miró hacia la selva que le rodeaba. Llevaba cuatro días viviendo con los hombres. Un niño lo había adoptado y ahora se había acostumbrado a estar con la familia.
- Al final se irá -le había advertido su padre al pequeño el día anterior, preparándole para el momento.
Pero lo que el niño y el padre no podían comprender es que ya desde el primer día el mono había querido escaparse a la jungla. Y si no lo había hecho, era porque le habían calmado su inquietud con dádivas, con comida y cariño.
En la selva nunca sabes qué te va a pasar. Puedes estar sentado en una rama, pero nunca del todo relajado, nunca bajando la guardia. Que en cualquier momento una boa podía enrollarse alrededor de tu cuerpo, o una pantera saltarte encima. U otro mono atacarte por cualquier motivo.
Y la comida no estaba asegurada. Cada día era una nueva búsqueda: de frutos, de flores, de carne.
En cambio, en el poblado todo era una vida regalada. El niño jugaba con él y su madre lo miraba con cariño. Hasta el padre de la familia le había regalado una pequeña pelota con la que jugar.
Y, sin embargo, algo le tiraba hacia la jungla. No era un pensamiento coordinado, sino más bien un instinto básico, primordial. Que valía más la pena vivir al borde de la muerte, pero vivir, al cabo, que vivir moriendo a uno mismo en la vida del poblado.
Así que se escapó. Trepó por la empalizada y se dejó caer al otro lado, pero con tan mala suerte que cayó sobre unos espinos y una gran espina se le clavó en la palma del pie. Cojeando y saltando llegó hasta los primeros árboles de la jungla.
Comenzó a llover. Era el monzón. Apenas podía distinguir nada con la cortina de agua que le caía ante los ojos; ni podía oler nada. No había nada que comer.
Sintió que toda una parte de su ser añoraba el calor perdido del hogar.
Tenía frío. Le dolía un pie. No había nadie con quien consolarse. Seguramente los suyos hubieran migrado hacia el sur, sin esperarle. Pensarían que les había abandonado y no les faltaba razón.
Entonces, abriéndose paso entre unos matorrales de grandes hojas, apareció la cabeza de un tigre. El mono se quedó quieto, aterrorizado. El felino le miraba fijamente, como esperando a que hiciera el más mínimo movimiento para echársele encima.
Y otra vez, en medio del terror, le llegó la imagen de todo lo que había dejado detrás: seguridad, comida, cariño, techo...
El tigre se fue acercando más y más. La rama sobre la que se posaba el mono apenas estaba un metro más alta que el cazador.
Cuando ya estaba a punto de saltar, se oyó un disparo.
- ¡Un tigre, un tigre! -comenzó a gritar el aldeano que, desde lo alto de la empalizada, había visto la sombra del gran animal.
Antes de que le dispararan otra vez, el tigre se alejó corriendo. El mono, por su parte, se volvió una vez más hacia el poblado. Y luego se fue corriendo, como detrás de su cazador.
A lo más profundo de la selva.

No hay comentarios:

Publicar un comentario