lunes, 19 de mayo de 2014

la ninfa entre las plantas

Un día, un joven caballero del rey llamado archibaldo perseguía un ciervo herido por el bosque. Sin darse cuenta, en la persecución, archibaldo se internó en partes del bosque que, si su madre hubiera podido, le habría advertido de lo peligroso que eran. No había nadie que se internara por allí, y con razón. El ciervo herido guió al cazador hasta un pequeño lago. Allí el animal se sentó, exhausto, y de vez en cuando alargaba el cuello para beber algo de agua. Cuando archivaldo llegó, el ciervo le miró sin miedo, casi con orgullo, como diciendo “Hasta aquí has venido para matarme. Pero mira: ya no te temo” Archibaldo, por su parte, sintió que la compasión le inundaba al contemplar al animal herido; antes habían dominado los instintos de cazador de Archibaldo. Ahora serían los de caballero cristiano. Así que caminó hasta el ciervo sin tomar ninguna precaución. Alargaba una mano en signo de paz -la misma con la que había blandido la lanza- mientras se acercaba al animal. - No te acerques más -le dijo de repente una dulce voz pero que emanaba autoridad. Y allí, en el centro del estanque, había una ninfa del bosque. Estaba desnuda y aparecía como una suave flor en medio del lago, pero Archibaldo no se sintió ni desconcertado ni sorprendido ante aquella desnudez. Dentro del panorama en el que se encontraban, le parecía normal. Había algo mágico en el ambiente. - La mano que lo ha herido ya no puede curarlo, a menos que tú estés dispuesto a sufrir un destino parecido. - Lo estoy- aseguró el joven En ese momento sintió un dolor profundo en el estómago, allí donde había clavado la lanza al animal horas antes. Cayó al suelo y se sintió agonizar, mientras que el ciervo se ponía en pie y se marchaba corriendo. La ninfa fue hasta él y posó una de sus blancas manos sobre el estómago. El dolor remitió, pero Archibaldo sintió que sus fuerzas aún no volvían. - ¿Por qué has elegido la libertad del animal? Este es un lugar mágico donde hay deseos que se vuelven realidad con tan solo pronunciarlos. - Entonces me gustará morir si el deseo que tengo en los labios se cumple, ninfa del bosque. La ninfa le miró, adivinando lo que tenía en el pensamiento el caballero. - Si me sacas de este lugar, ya no seré más una ninfa, sino una mujer corriente. Ya no habitaré en tus sueños, sino en tu cama. No perseguirás complacerme, sino que me acabarás huyendo. Ahora morirías por estar conmigo; entonces lo harás para que así, con el sello de la muerte, puedas ser libre otra vez. Luego le pasó las manos por los ojos y Archibaldo vio en un instante todo lo que en aquel momento se le ofrecía: la ninfa le besaría, tal y como él deseaba, y a cambio de ese beso se volvería humana, mortal. Con él viajaría de vuelta, se casarían, tendrían hijos y Archibaldo engordaría. Él y su mujer tendrían una relación cada vez más odiosa, hasta el punto de que un viejo archibaldo buscaría la muerte solo para librarse de tal esposa. Todo lo vio, todo le pareció real, ¡tan real!, como si lo hubiera vivido. Pero al final, cuando en la visión moría satisfecho de dejar una vida tan amarga, despertó y se encontró cara a cara con la joven y bella ninfa. - Creo que me arriesgaré -le dijo, atrayendo hacia sí el dulce rostro de la joven. Y ella también sonreía. - Valdrá la pena -le dijo en un susurro.

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