El último día de la semana me metieron en un coche y me llevaron a ljbuljana. Allí me fui con el barbas a la estación de tren. Nos montamos en uno y comenzó a moverse. ¿Hay baño en un tren? No lo sé, así que me paso el viaje poniendo caras y aguantando las ganas de ir al baño.
Llegamos a una gran ciudad y el barbas pregunta a los locales cómo coger uno de esos trenes pequeñitos que van por la ciudad. Son azules y hay muchos. Son azules.
Cuando bajamos del trenecito vemos al jefe alto que viene a recogernos acompañado de dos perros. Él los llama "Jon" y "kiara", pero ellos no dicen nada, como yo. Uno de los perros es lago, castaño y tranquilo. Bosteza mucho. El otro es peludo como una alfombra y tiene ojos azules, como los trenecitos o el cielo.
Esa noche cenamos pizza. Ellos no saben que la pizza no me gusta mucho, y aún se las dan de sorprendidos cuando decido no acabarla. La cerveza sin alcohol, en cambio, si me gusta, pero el jefe alto y el barbas hacen lo posible por agüarme la fiesta.
- ¿Te has fijado en que él mismo ha decidido no comer más? -le dice el jefe alto al barbas con admiración.
Para dormir, el jefe algo nos deja el salón al barbas, al perro bostezón y a mí. Él, por su parte, se va al dormitorio con el perro-felpudo.
Tardo mucho en dormir. Cada vez que me muevo, el perro-alfombra ladra desde el dormitorio y aemanaza con un gruñido a todo el que se quiera levantar o cambiar de posición. Esto significa que no podré ir al baño durante toda la noche. Además, el perro bostezón pasea de vez en cuando del salón al dormitorio, pasando antes por mi cama.
Al mal tiempo, buena cara. Si alguien me hubiera visto habría visto como sonreía en medio de las miserias de una noche entre dos perros y dos humanos que me entienden aún menos.
Al día siguiente paseamos por un gran parque. Hay lagos, perros, gentes y montañitas que me cuesta subir y, sobre todo, bajar. El jefe alto insiste en atarme las ligas de los tenis, aunque poco antes yo había deshecho los que el barbas me había anudado.
Después vamos a comer cevapcici. A mis acompañantes les sorprende que desmenuze la carne hasta trocitos casi invisibles y que me coma la cebolla cruda con parsimonio, placer y ningún picor.
La cerveza sin alcohol, como viene siendo costumbre, me la racionan.
Después acompañamos al jefe alto a ver un coche que quiere comrparse. El coche es pequeño, muy pequeño, y no entiendo por qué todo el mundo parece feliz cuando nos llevan de vuelta a la casa.
En la casa el barbas duerme y yo hago planes de futuro acostado en el sillón. Luego, café y helado. helado que está hecho con leche.
- No pasará nada porque tome un pelín de leche -dice el barbas, para justificar su irresponsabilidad.
Volvemos al trenecito azul y de allí al gran tren. Una vez en el tren, el barbas me invita a ir al baño. ¡Así que hay baño en el tren! Mi vejiga se alegra, mi esfínter se prepara. Pero en e baño hay un señor haciendo no sé qué. Empujo la puerta porque quiero entrar, golpeando al señor que hay dentro. El barbas interviene y yo me enfado y muevo mis brazos con rabia. El barbas me lo coge y me dice:
- Dober je, slavko, dober je. Solo tienes que esperar un poco.
El señor del baño se da cuenta de mi prisa y se va, no sin antes lanzarme una mirada asustada. Entro y el resto del viaje solo es una impaciente espera para poder llegar a mi cuarto en Barka, cepillarme los dientes como a mí me gusta, ponerme mi pijama azul, de un azul más fuerte que el de los trenecitos de la gran ciudad y mucho más fuerte que el de los ojos de Kiara.
Y dormir.
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