lunes, 19 de mayo de 2014

el conductor

El búho era el encargado de llevar a todo el mundo de un lado a otro en las horas nocturnas. Ya era muy mayor y por eso llevaba una gruesas gafas de botella sobre su pequeño pico. El autobús era, en general, uno de esas barcas voladoras hechas de madera policromada. De esos quedan pocos ya, sustituidos por las flechas monoplazas que los jóvenes del bosque preferían.
Pero la compañía de transportes aún tenía un buen número de los antiguos colectivos que utilizaba, sobre todo, por la noche, cuando apenas había tráfico aéreo entre los árboles. El viejo búho no solo era el encargado de una línea, sino de todas las líneas nocturnas. Tan pronto como terminaba el trayecto con una, se hacía con otro vehículo o le cambiab a el cartel al que llevaba y, ¡a volar!, se iba por otras partes del bosque para recoger a sus nuevos pasajeros. Casi siempre estos eran ardillas despistadas, ratas y ratoncitos trasnochadores, algún pájaro que había perdido el rumbo e insectos de gran tamaño que ya estaban cansados de volar. Tanto el autobús como las estaciones eran terreno sagrado donde no se permitía la caza. Pero a veces era difícil obviar los sentimientos y aunque nadie había nunca violado el pacto del transporte -tampoco hubieran podido, dado la magia que había sellado el pacto- el mismísimo chófer sentía hambre cuando veía que en el autobús entraban los peluditos y tiernos ratoncillos, hablando con sus agudas voces y riéndose por cualquier tontería.
En la empresa de autobuses estaban un poco preocupados; los jóvenes ya no sabían conducir aquellos trastos viejos y el anciano búho no parecía que fuera a aguantarles mucho tiempo más. Él no se quejaba, pero a los mismos jefes sentían que se les partía el alma cuando veían que, no bien terminaba un trayecto, comenzaba otro. Antes de partir, invariablemente, se ajustaba sus gafitas, hacía rotar el cuello de un lado a otro y ululaba.
- Jefe, lléveme a donde sea -le dijo una noche una ardillas que se había arrancado a sí misma los pelos del bigote.
"Desesperada", pensó el búho, pero no dijo nada
A mitad de camino, cuando atravesaban el gran lago del bosque, la ardilla se tiró al agua:
- Por lo menos llorarás mi muerte -dijo antes de saltar.
El búho comprendió que allí había un lío de faldas por medio, pero no tuvo tiempo a pensar más. No podía dejar que la ardilla se ahogara por una estupidez así. Así que voló raso por la superficie del agua, buscando algún rastro de la suicida mientras el resto de pasajeros no paraba de hablar con gran excitación. Pero no había rastro de ella.
Así que siguió el trayecto de la línea. Cuando por fin terminó, se dispuso -como tantas otras veces- a cambiar el cartel de autobús e iniciar otro trayecto para otros nuevos pasajeros. La noche aún era joven pero él, por primera vez en su vida, se sintió diferente.
"Estoy cansado", notó que su alma se quejaba.
Luego se ajustó sus gafas, rotó el cuello de un lado a otro, ululó y arrancó el autobús.
Una noche más.

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