En una gran ciudad, en un gran edificio y en una oscura habitación, así comenzará y terminará esta historia.
Las persianas de las ventanas habían estado cerradas desde tiempo inmemorial. El edificio pertenecía a una triste época del país, cuando gobernaban unos hombres grises que decían pertenecer al pueblo. El pueblo eran los campos verdes, los ríos escondidos, el pueblo eran las montanas de los osos y las faldas azules de las mozas. Y los hombres grises decían gobernar en su nombre.
En el edificio ya no vivía más que algunos viejos de aquella antigua época y algunos jóvenes okupas de la nueva.
Y, sin embargo, en aquel piso vivía un ser que rehuía de la luz del sol. Temía enfrentarse a ella, pues en su juventud había viajado mucho y había terminado mal, por mucho que dijeran los cuentos. Entonces había muerto su creador y su principal amigo se había escapado por una rendija que surgió en la pared. Una pequena rendija que su pequeno amigo aprovecho para irse y no mas volver.
Entre las rendijas de sus viejas persianas, el ser de la oscuridad había contemplado los cambios que pasaban en la ciudad. Había muchos más aviones que antes sobrevolando el país. Y coches haciendo sonar las bocinas. Y gente que vestía de muchos colores, ya no solo de gris. El aire era más limpio porque habían cerrado la fábrica. Todo cambiaba menos él, pues lo habían creado para ser inmune al paso del tiempo.
/ Se le caerán las bolsas /se dijo cuando vio a la vecina del quinto volver con dos bolsas llenas de comida. Eran bolsas de plástico sobre las que estaban impreso el logotipo en rojo del supermercado. Desde que las bolsas eran de plástico, era más raro ver que a nadie se le cayeran las bolsas, pero la vieja vecina del quinto había mostrado una torpeza superior a la media.
Pero qué era aquello+ Una figura acompanaba la vieja, =su sobrina=, y ahora, pese a la resistencia de la vieja, ella se hizo cargo de la compra.
/ =Pero déjala en paz! /dijo el ser, y movió el brazo como queriendo ahuyentar a la joven sobrina. Pero ni la sobrina le oyó ni la vieja le vio. Sin embargo, su movimiento movió de repente la persiana y un rayo de luz fue a caer sobre el brazo de aquel ser.
/ Maldición /profirió
Y se retiró rápidamente a los más profundo de la habitación. Con temor se volvió hacia su brazo y vio lo que más temía+ allí donde había caído el rayo de sol ahora florecía una peque;a rama con una hojita verde en ella. Con resignación fue hasta la cocina y, cogiendo un cuchillo, se amputó a la recién nacida planta. Le dolio tanto como si se cortara un dedo.
La vida de Pinocho estaba condenada a nunda florecer. Era una muerte demasiado larga para un cuento.
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