sábado, 31 de mayo de 2014

El hacedor de mapas

- ¿Dónde he metido ahora la tinta azul? ¿Quién me la ha cogido? -así comenzó a bramar el mago lermín, conocido en la tierra por otro nombre y habitante de otras épocas y leyendas. Los gnomos que trabajaban con él ya conocían su genio, así como su invariable costumbre de perder cosas y echar la culpa a cualquiera menos a él mismo. Por eso no respondieron, sino que se escabulleron rápidamente de la casa.
La casa era una agradable casita en medio de un campiña de pastos verdes. Era difícil encontrar algo más “terrestre” en todo el planeta Silurio. Y desde allí Lermín hacía sus mapas.
- ¿PERO SE PUEDE SABER DÓNDE SE HAN METIDO TODOS? -chilló, pero ya no había quien le oyera, salvo las hormigas gigantes de wacatom que vivían no muy lejos de donde el mago, solo que bajo tierra.
- Otra vez ha perdido algo -le dijo una hormiga a su compañera, mientras transportaba un gran saco de harina al almacén.
- Y estará solo para buscarlo, te apuesto lo que sea -le contestó su compañera.
Pero en esta ocasión Lermín no puso la casa patas arriba buscando la tinta azul, sino que se desplomó sobre la silla y, cubriéndose la cara con las manos, sollozó.
- ¿Por qué a mí? ¿Por qué siempre a mí?
Deseó que un hada viniera a consolarle, pero él ya no era joven y tierno, y su genio había ahuyentado a las pobres hadas que intentaron ayudarlo.
- Tendrás que ayudarte primero tú a ti mismo, luego podremos hablar otra vez -le había dicho el último hada que lo había visitado, una prima lejana de la famosa Maléfica, la bruja de Blancanieves. Y Lermín sospechaba que el parentesco podía ser aún más cercano de lo que el hada defendía. Pero lo único que le dijo fue una palabrota, ante lo que la otra despareció.
- Y ahora estoy solo. Solo y condenado -se quejó. Pues no será mi culpa lo que pase, no señor.
Y tras decir esto, se levantó otra vez y volvió a su mesa de trabajo. Allí se extendía un gran mapa pintado con diversos colores y todo lujo de detalles. Era difícil entender qué es lo que representaba, salvo que muchos caminitos unían lo que parecían orgánicos pueblos que, como setas tras un día de lluvia, surgían aquí y allá. En algunos lugares había bosquecillos apartados en los que se escondían fieras en la oscuridad. En otros, había desiertos donde un sol a plomo perfilaba las sombras de las rocas. Por allí un mar y una costa abrupta, acá una playa paradisiaca. Todo tenía un increíble lujo de detalles, aunque era imposible determinar con exactitud qué era cada cosa. Simplemente, el mapa recordaba a muchas cosas pero evitaba fijarse nada en concreto.
- ¿Qué tengo para sustituir al azul? Y no puedo poner ni amarillo ni verde o perdería el contraste con los alrededores. Tendrá que ser... sí, naranja
Dicho y hecho. Comenzó a pintar una fina línea naranja.




En aquel momento, en la Tierra, respondiendo a un impulso que no sabía de dónde venía, un estudiante se durmió en medio de una clase soporífera. Al despertarse, en su cabeza aleteó durante un instante una última idea que le había venido en medio del sueño. Rápidamente la escribió en su cuaderno:
- ¿Qué pasará cuando los ángeles van más rápido que la luz?
Cerró su cuaderno y se olvidó rápido de lo que había escrito. En la portada del cuaderno estaba su nombre:
Albert Einstein.

Y Lermín no encontró la tinta azul aquel día, pero no estaba descontento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario