- Me sentaré y comenzaré un cuento
Dijo el conde, encerrado en una pequeña isla enfrente de la costa francesa. No tenía con quién hablar, así que él mismo se hacía todos los personajes.
- Lo primero es la introducción -dijo con voz autoritaria
- ¿Sobre qué vas a escribir? -se preguntó a sí mismo con voz falsete, como si fuera un pueblerino acatarrado recién llegado a la ciudad.
- La introducción, la introducción -insistió
- ¿Y cómo se desarrolla la historia? -dijo una mujer dentro de él
- ¿Cuál es el problema? -preguntó un viejo
- La introducción, primero la introducción -volvió a insistir
Su sombra jugaba a ser una persona más, tal vez la más ajena de todas, la única que se atrevía a vivir fuera de su cabeza. Y la sombra, sin pronunciar palabra, le señaló lo que más temía, lo que se escondía detrás de cada historia como la sombra se escondía detrás de cada ser:
"El final, no puedes olvidar que todo tiene un final"
- Eso suena demasiado trágico -señaló la mujer que pedía el desarrollo de la historia.
La mujer vivía en su cabeza, sí, pero respondía al nombre de Sofía-un-solo-pecho, una prostituta de Marsella que siempre le había intimidado con su presencia. Su torso solo dejaba adivinar un pecho que llevaba groseramente escotado. De lo que fuera del otro, si acaso un accidente, una enfermedad o desde nacimiento había estado ausente, era algo que Edmundo nunca se atrevió a preguntar. Y ahora se arrepentía por ello.
- Un inventor de mundos es un creador de drama -le recordó a la mujer
- ¿y qué es la introducción? -preguntó el pueblerino. Este era un joven llamado Pierre que Eduardo había conocido en el mercado, donde el joven le había asaltado para preguntarle por una dirección. Su boca apestaba a ajos.
- La introducción es lo que a ti nunca te hará falta -le dijo Edmundo
- ¿Y por qué no me hará falta?
- Porque te huele el aliento, paleto -dijo el viejo, Don Jacinto, un acomodado catalán que vivía en Marsella...
Pero en realidad ninguno de ellos era real, o si lo eran, a Edmundo no le constaba. Pero allí, entre aquellas cuatro paredes oscuras, tan familiares como odiadas, eran su única compañía.
De repente se oyeron pasos acercándose. Era el carcelero, que venía con la única comida del día: un plato de sopa y un mendrugo de pan. La llave chirrió en la cerradura y la puerta se abrió.
- Estoy hambriento, carcelero -le dijo Edmundo. Pero el otro, como de costumbre, no le dijo nada. Era un carcelero flaco y escuchimizado, pero con una mirada cargada de desprecio hacia su prisionero. Su sombra se movió por el muro cuando dejó la comida en el suelo. Edmundo sabía que no había de moverse si no quería recibir un latigazo o algo peor.
Pero cuando el otro se marchó, se abalanzó sobre la comida y, mientras despedazaba el pan a bocados, le preguntó a su sombra:
- ¿Qué, conseguiste hablar con su sombra?
Y ella le miró con aquella profunda tristeza que siempre llevaba encima.
- También a ti te han condenado al silencio -la consoló Edmundo- Pero no te preocupes, siempre podremos crear un nuevo mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario