Le habían invitado-obligado a ir a la función de su hermana. Ella todavía era una niña; él, un adolescente rebelde. El auditorio estaba lleno de padres deseosos de reír la menor carantoña de sus hijos. El arte se escondía bajo los pliegues de la sencillez de los pequeños, y lo más importante no era el baile -lleno de torpezas, olvidos y despistes- como el esfuerzo que las pequeñas almitas ponían en hacerlo.
A su pesar, él también se quedó mirando a las figuritas que bailaban. Y no pudo evitar reírse cuando una pequeñuela se puso a saludar a sus papás en medio del escenario, o cuando dos se hicieron tal lío con las manos que un profesor hubo de subir al tablado para atenderlas.
Su hermanita lo hizo muy bien. Estaba seria, concentrada, pero con todo no dejaba de equivocarse y de llamar la atención. Le gustó, le encantó.
Y entonces se le ocurrió que él también quería actuar.
- Debe de haber un "algo" en el ambiente -se dijo
Su cuerpo le pedía ponerse a bailar. Se levantó de golpe.
- ¿Dónde vas? -le preguntó su madre
Pero él no escuchaba, sino que se dirigió al escenario justo cuando habían salido los últimos bailarines. Subió las escaleras y allí se quedó, observando al público que le miraba esperando un desenlace. El foco le enfocó, pensando que estaba dentro del espectáculo. Caminó al centro del tablado y la luz le siguió.
- Música -pidió
Pero no hubo reacción. El encargado de sonido no entendía de dónde había salido aquel ni por qué estaba plantado en medio del escenario sin que nadie se lo llevara. Pero los profesores no querían llamar la atención con tanto niño.
Finalmente salió la dueña de la academia, sonriendo. Le tocó la espalda y le señaló las escaleras por las que podía salir.
A estas alturas, hasta el público se daba cuenta de que algo raro ocurría. Y entonces él, aprovechando que le había aparecido una compañía inesperada, comenzó a bailar con ella.
- ¿Pero qué estás haciendo?!! -exclamó ella a la vez que se deshacía de él.
Muchos padres se levantaron entonces de sus asientos. Pero el primero que llegó a los pies del escenario era su propio padre, quien le dijo
- Vamos, baja de allí -se daba cuenta de que algo raro le pasaba a su hijo y no quería forzarle.
- Solo quiero bailar -dijo este con voz triste
No parecía agresivo. La dueña de la academia, oyéndolo, se acercó y le dijo:
- Pues bailemos -y gesticuló la palabra "música" al encargado de sonido.
Comenzó a sonar un vals y el joven bailó con la profesora. Todos se calmaron, aunque todos se quedaron con la idea de que aquel joven estaba mal de la cabeza.
Cuando volvían a casa, su padre le preguntó:
- ¿A qué ha venido eso?
- Tenía ganas de hacer lo que quería y de forzarme a hacerlo... sin tener en cuenta las opiniones de los otros.
El padre guardó silencio uno momento reflexionando su respuesta. La madre y su hermana también estaban calladas. Por fin respondió, pero le costaba poner en palabras todo lo que tenía en mente:
- Hacer lo que uno quiere, tan a contracorriente de todo a lo que otros están acostumbrados, tiene un precio, hijo mío. Necesitamos de los otros y cuando nos aislamos del mundo nos quedamos en deuda. No digo que no haya que hacerlo de vez en cuando, aunque solo sea por no dejarse llevar demasiado por la marea, pero ten cuidado, porque actos así llevan a la amargura y la locura.
- ¿Y qué puedo hacer, entonces?
El padre le miró y le guiñó el ojo:
- No te tomes tan en serio. Riéte de ti mismo y todo volverá a estar bien.
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