Una vez, una familia se hartó de vivir en la ciudad. Es algo que le pasa a mucha gente, pero pocos pueden poner remedio a su hartura. Pero no esta familia, porque el papá tenía un trabajo que podía hacer a distancia
- Basta conque funcione el teléfono y me podré conectar.
El pequeño no sabía muy bien qué significaba eso de "conectar", pero entendía que tenía algo que ver con el ordenador ante el que su padre se sentaba cada día a trabajar. Su madre se ocupaba de cocinar y de tener la casa recogida. Y a él se le pedía, sobre todo... que no molestara.
Así que se esforzaba por no molestar. En la casa apenas había ruídos; su papá no quería que hablaran alto ni que se escuchara mucha música.
- Luego me duele la cabeza -les decía
Su mamá nunca rechistaba. De hecho, parecía que a ella también le gustaba aquella vida silenciosa. Y fue con su connivencia (u obediencia) que acabaron mudándose a aquel lugar tan apartado de todo.
El pueblo más cercano estaba a una hora. Y los teléfonos no siempre funcionaban, pero el papá pareció sentirse satisfecho. Allí no había más que viento, pastos, rocas y acantilados y el mar de fondo.
Era verano y aún no había que preocuparse por el colegio, así que el niño se dedicaba a pasear. Le parecía que sus paseos estaban llenos de ruidos crujientes, mientras que en su casa reinaba un silencio arenoso. Afuera estaba la gravilla del camino, los árboles movidos por el viento, pájaros, grillos despistados, rocas que ahullaban en la noche. Y en su pequeña casita estaba papá sentado frente al ordenador, trabajando en silencio, tecleando como un testigo mudo de su propia existencia. Mamá cocinaba o leía una novela en su sofá favorito, bajo la antigua lámpara.
- No vuelvas tarde -le solía decir al principio. Pero solo al principio, porque ahora ya ni eso; se conformaba con levantar un instante la vista de su libro mientras él salía por la puerta.
Un día el niño se perdió por un camino antiguo lleno de matojos y arbustos. Pero discurría por lo alto de los acantilados hasta llegar a... el faro.
El faro era una casita antigua con un torreón. No tenía puerta y muchos de los escalones que subían al torreón estaban rotos, pero el niño se atrevió a subir y, una vez arriba, se asomó con cuidado al exterior, teniendo cuidado de no cortarse con los cristales rotos de la antiguas ventanas.
La vista que tenía ante sí era la misma que había contemplado durante todo el camino, la del mar, el viento y el horizonte. Pero ahora tenía algo diferente; aquella era una atalaya humana, un puerto, un enlace entre el embate de la muerte y la desesperación, una piedra fija, un destino, una referencia.
Y él estaba allí.
Desde aquel día comenzó a visitar cada día el faro. Mejor dicho, cada noche. Llevaba consigo una linterna y, durante unos minutos, alumbraba el mar con ella. El mar inmenso, negro, misterioso. Luego volvía a casa sabiendo que había cumplido con su deber.
Ya no le resultaba pesado ni opresivo el silencio de su casa, sino acogedor. Allí descansaba de su labor, la de alumbrar lo desconocido. La de decirle al mar durante un breve instante:
"Aquí estoy. Soy un niño"
Sin esperar a que nadie le respondiera. Pero llenando el universo de sonidos.
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