Sobre el planeta kamisón solo había una gran construcción. Era un gran edificio construido en medio de la nada. Y era tan grande como para albergar a todos los habitantes del planeta.
Un edificio inmenso.
Alrededor del edificio estaban los campos de labor. Las tierras de cultivo ocupaban grandes hectáreas a lo largo y ancho del planeta. Allí se trasladaban casi instantáneamente gracias a los trasmutadores de materia instalados por todo el mundo.
El edificio eran alto, altísimo. Cuanto más se subía en el edificio, mejor se vivía. Abajo se hacinaban la mayoría de los habitantes de kamisón y malvivían como podían en cuartuchos a donde apenas llegaba luz. Además, los vecinos de arriba tenían la costumbre -muy desagradable- de tirar todos sus vertidos por la ventana. La suciedad se iba acumulando y en algunos lugares había logrado bloquear las ventanas.
- No podéis seguir tirando vuestra porquería en nuestros patios -les recriminaban los vecinos de abajo a los de arriba.
Pero los de arriba sabían como tratar a los representantes de vecinos. Les regalaban juguetitos y les prometían buscar soluciones. Los juguetes duraban menos que las promesas, pues estas se alargaban de un año a otro.
Los que habitaban las partes medias del edificio no sabían muy bien qué partido tomar; a veces apoyaban a los de arriba, a veces a los de abajo.
Un día a un niño de arriba se le cayó la pelota hacia uno de los patios inferiores. En vez de comprarse otra, que era lo más lógico en aquellos lugares, el niño decidió ir a buscarla. Esto era algo así como buscar una piedra pequeñita en el fondo del mar.
Pero los niños son idealistas, sentimentales y no demasiado inteligentes.
Sin consultar a sus padres, se escapó. Construyó una cuerda y descendió hacia los niveles inferiores. A medida que bajaba, se encontraba con nuevas gentes y nuevos modos, pero todos le parecían similares a los que había conocido allá arriba.
- Estoy buscando mi pelotita -les explicaba a los niños que encontraba, los únicos con los que podía comunicarse a gusto.
Pero la pelota no aparecía y el niño seguía buscándola. Sus padres también se preocuparon, pero no por la pelota sino por el niño. Hacía semanas que no aparecía y la policía no parecía tener ninguna pista.
- ¿No se habrá caído por una ventana? -preguntaba un policía al comisario.
Pero nadie había reportado ninguna caída, además de que era difícil caerse del edificio por los campos antigravitatorios que se activaban en cuanto un objeto pesado caía con gran velocidad.
Pasaron los años. El niño que buscaba la pelotita se convirtió en un joven curioso y poco hablador que no dejaba de bajar a niveles inferiores del edificio, si bien ya no sabía muy bien por qué. Pero un día tuvo morriña y ganas de volver. Y sacó de su bolsillo el receptor que podría llevarle a casa. Con él llamó a su padre.
- ¡Soy yo, papá! -le dijo- ¡Quiero volver a casa!
Pero el padre, que había perdido un niño, no reconoció a aquel joven que indudablemente le llamaba de los niveles inferiores.
- ¿Quién te llama, cariño? -le preguntó su esposa desde la otra habitación
- Nadie -respondió él, apagando su aparato.
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