miércoles, 4 de junio de 2014

la música a cuestas

El día que le regalaron el mp3 le cambió la vida. Hasta entonces se había hecho el sordo. Pero, a partir de aquel día, simplemente desconectó de todo lo que pasaba a su alrededor.
En casa, sus padres discutían por nimiedades. En una ocasión en la que había hecho migas con su padre (¿cuántos años hacía ya de eso? parecía una eternidad, como en otra vida...) este le había dicho, casi con tono jocoso:
- Los adultos no sabemos discutir por cosas serias. Siempre nos complicamos la vida con la estupideces más grandes que puedas imaginar, con las tonterías más tontas.
Y era verdad. Las discusiones entre los dos se sucedían cada vez con más facilidad, como si fuera el estado normal en el que se encontraban, como si saberse en calma les hubiera supuesto algo peor. Y todo había sido así, y cada vez peor, desde el accidente que se llevó a su hermana por delante.
Pero ahora ya no les oía. Cuando tenía que estar en casa, se encerraba en su habitación o se quedaba sentado en el salón. Con los auriculares puestos, hasta las enérgicos gestos de su padre y la boca abierta de su madre parecían ir al ritmo.
En cada rincón de su casa oía los gritos de su hermanita pequeña, justo antes de la operación. ¡Dios mío, cómo le dolía a la pequeña! Y él se había visto deseando que muriera, aunque solo fuera para verse libre de sus gritos. Y se cumplió su deseo, pero ahora los gritos se habían trasladado a cada rincón de su casa. Pero con los auriculares y la música a todo volumen, podía acallarlos, ya que no silenciarlo del todo.
En la clase los compañeros gritaban y convertían la explicación en una hazaña imposible para el profesor. Pero él ya no se esforzaba en escuchar. Simplemente copiaba lo que estaba escrito en la pizarra y leía las notas del libro. Nadie le preguntaba nada, él tampoco lo hacía. Iba salvando los exámenes con notas mediocres, pero los iba salvando y en casa nadie quería enfrentarse a un nuevo problema. En lo tanto, él oía música en clase. Entonces tenía preferencia por la música clásica, aunque no fuera más que por el contraste que suponía frente a sus compañeros roqueros, hippies, regetoneros  y toda la calaña que pupuluba las discotecas los viernes por la noche, bebía alcohol hasta vomitarlo y presumía de habérselo pasado en grande y de, por fin, se mayor.
Él no salía, no bebía, no tenía prisa por crecer. Le bastaba con su música, sus auriculares.
Un día su madre le tocó en el hombro. Quería hablar con él y le hizo señas para que se quitara los cascos. Él lo hizo mostrando el malestar que ello le causaba.
- Tu padre y yo ya no aguantamoso más juntos. ¿Con quién quieres irte a vivir? -su madre tenía los ojos llorosos.
Él se encogió de hombros. ¿No podía haber una tercera opción, en la que no se fuera a vivir con ninguno de los dos? Pues entonces, que decidieran ellos.
Se fue de la casa en silencio, sintiendo que detrás de su música sus padres se habían puesto a discutir otra vez. En vez de coger el ascensor, bajó las escaleras. Paladeaba la distancia que lo separaba de cada escalón. Salió lentamente del portal. Tenía los auriculares puestos y la mirada ausente, y por eso los demás dirían que no vio al camión, que se plantó delante de él porque no sabía que venía embalado por la calle.
Después de enterrar a su segundo hijo, la policía le hizo llegar a los doloridos padres las pertenencias personales del joven. Y sí, allí estaban sus famosos auriculares. Pero cuando su padre quiso ver qué música había dentro, comprobó con horror que no había nada metido en él; desde el día en el que le compraron   el mp3, su hijo no había escuchado música con ellos ni una sola vez.

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