miércoles, 4 de junio de 2014

El constructor de casas

Érase una vez un castor al que le gustaba mucho construir presas. En eso era igual a muchos, si no a todos, de sus congéneres. Pero es que el castor se sentía bien con su trabajo. - Esto es algo que los demás van a saber apreciar -decía Y a veces le llamaban de otros ríos para que allí construyera sus presas. No es que fuera uno de los grandes castores que, pues eran tan buenos, siempre estaban solicitados de aquí para allá. Pero a veces ocurría y eso es algo que nuestro castor le gsutaba mucho. Los vecinos le querían, pero no porque construyera nada especial, sino porque tenía buena voz para cantar. Tenía una voz muy personal. Así que el castor se sentía bien, le gustaba su trabajo y era querido por sus vecinos. ¿Qué más podía pedirle a la vida? Un día quiso expresar su alegría cantando. Y comenzó a cantar un tonadilla de la que, como a veces pasa, se acabó enamorando y ya no quiso cantar otra cosa. Entonces vio que se le acercaba un búho con gesto serio. Los búhos son especialmente conocidos en el bosque porque, a menudo, se encargan de curar a los demás animales. Vienen a ser los médicos de la comunidad forestal. - Vendrá a pedirme que cante más -se dijo el castor por lo bajito, y ya esbozaba una sonrisa entre sus peludos bigotes. Pero eso no era a lo que venía el búho. - ¿No ha encontrado usted un sitio mejor para cantar? -le espetó de repente. El castor le miró confundido, sin entender. - ¿Es que es usted el único castor de este bosque que no sabe que en detrás de ese árbol tenemos nuestro hospital siquiátrico? Muchos llegan en busca de paz y su canto los ha alterado a todos. La señora rana, que llegó anoche presa de un ataque de nervios, se ha derramado la sopa caliente por encima. ¿Sabe usted lo que eso duele? El castor conocía y apreciaba a la señora rana, quien sabía preparar guisos deliciosos para la comunidad. - Lo siento, lo siento muchísimo -dijo, sintiéndose muy avergonzado. El búho se fue y le dejó solo y miserable, así que el castor volvió a su río para ver algo que le levantara el ánimo. Por ejemplo, la última presa que había construído. En aquel momento la estaba observando la cigüeña: - ¿Le gusta mi presa? -le preguntó el castor con falsa humildad. la cigüeña se volvió a él, y aunque intentó disimular su gesto, era evidente que la presa estaba lejos de gustarle. - hay cosas que no me gustan muchoj -confesó - Por favor, dígamelas -le rogó el castor, aunque se sentía muy desgraciado. Y la cigüeña se las dijo. No eran muchas cosas, pero sí las suficientes para que el castor se sintiera aún más desgraciado. - Este día va a ser muy largo. Creáme que le agradezco sus comentarios, aunque una parte de mí quisiera no escucharle. Pero hoy va a ser un día muy largo. La cigüeña dudó un momento antes de responder: - Haberle recordado todo lo que le queda a usted por aprender no debe ser motivo de tristeza, sino de alegría, señor castor. Que el buen Dios se alegra con los humildes, pero no soporta a los profesionales consumados. Y el castor, saboreando la verdad de aquellas palabras, se dejó inundar por la humildad que, como resaca antes de la ola, deja lugar a la irrupción de la gracia del Salvador. Y se supo feliz. y se sintió tranquilo. - Gracias -le dijo a la cigüeña. y aquel agradecimiento fue lo mejor que había cantado en todo el día.

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