viernes, 20 de junio de 2014

la rata en la cloaca

Una ratita una vez salió por la alcantarilla y miró lo que le rodeaba. Era una calle de la ciudad, atardecía y había muchos peatones. Y uno de ellos la vio. Fue corriendo hasta ella y, antes de que la rata pudiera reaccionar, le soltó una tremenda patada con la que la rata fue volando por los aires.
- ¡¡una rata!! -gritó una señora que estaba a un par de metros pero que se asustó tanto como si la rata le hubiera caído entre diente y diente y le estuviera arrancando la lengua.
La rata comenzó a correr, asustada. El que le había propinado el patadón fue corriendo hasta ella, pero la rata logró escabullirse bajo un coche y, debajo de él, se metió otra vez por una alcantarilla.
- ¿Cómo te fue ahí afuera? -le preguntó otra rata unos días más tarde.
La ratita expedicionaria tenía un recuerdo muy malo de su salida. Aún le dolían algunas vértebras que -sospechaba- se le habían roto durante el encontronazo con el peatón. Pero no sabía cómo contarle sus experiencias a la curiosa. Así que tan solo se atusó el bigote y, haciendo como que veía a alguien conocido a sus espaldas, se excusó y se largó de inmediato.
- ¿Qué te ha contado? -preguntó otra rata que había presenciado la entrevista de lejos.
- Por lo visto hay muchas cosas que ver ahí afuera. Hay tantas que no sabía ni por dónde empezar a contarme.
- ¿Y también comida? -preguntó la recién llegada
Y ahora fue el turno de la interpelada de atusarse el bigote y de, tras mirar por encima del hombro de la otra como a un conocido de lejos, se fue sin decir nada más.

A la semana, la gran mayoría de las ratas que nunca había pisado el exterior creía firmemente que se trataba de un lugar maravilloso donde los humanos adoraban a las ratas y las alimentaban con buenas carnes y comidas maravillosas. Muchas querían salir, pero ahora era la época de lluvias y no podían acercarse mucho a las alcantarillas sin riesgo de ahogarse.
Por fin terminó la estación de lluvias y todas, como si se hubieran puesto de acuerdo, intentaron salir a la vez por las alcantarillas.

Fue así como la ciudad se hizo famosa; por televisión podían verse estremecedoras imágenes de auténticas muchedumbres de ratas ocupando calles, casas y, sobre todo, restaurantes y carnicerías. Los habitantes de la ciudad habían huido, pues no sabían como enfrentarse a un ejército tal de ratas, como no fuera con medios que acabarían con su propia ciudad.

En el campamento de refugiados que se había colocado en las afueras, en un parque rodeado de un foso de agua, un día un niño comenzó a tocar la flauta. Se encontraba al margen del foso y, justo en aquel momento, unas ratas se habían acercado a inspeccionar la otra orilla. Pero al oir la música se quedaron como pasmadas escuchando. El niño nunca había tenido ningún público que le escuchara, pues antes de venir al campamento de refugiados su vida era aún más miserable y vivía entre las basuras en el callejón trasero de un restaurante.
Le encantó que alguien escuchara sus melodías con tanta atención.
Y fue así que cada día se ponía a tocar melodías con su flautita a la orilla del foso, mientras al otro lado más y más ratas venían a escucharle.
La gente del campamento, en cambio, aborrecían la música que traía las ratas a tal cercanía del campamento.
Un día, decidieron democráticamente echar al niño fuera del campamento. Lo hicieron y ya no supieron más de él.
- Habrá muerto entre las ratas -se decían algunos que, dándoselas de compasivos, querían limpiar su conciencia.
Pero ellos también le olvidaron.
Y, sin embargo, a la semana las ratas ya se habían ido de la ciudad. Algunos decían que las habían visto siguiendo a un niño que tocaba la flauta por los caminos y montes, mientras las ratas le procuraban comida y compañía y le instaban a que nunca parara.
Un nuevo cielo visitaba a una nueva tierra...

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