Un hombre está mirando un cartel. Y no es el único, porque hay mucha gente alrededor. Pero ellos, más que mirar, admiran el cartel; él, en cambio, observa cómo ha quedado el contraste del cartel en aquel lugar. De fondo hay unos edificios grises y el cartel, siendo en blanco y negro, ofrece poco contraste. Pero cuando diseñó el cartel ya pensaba en eso, y hay una amable armonía en todo el conjunto. Además, cuenta con ese ramalazo de color en medio del anuncio que da un vuelco a todo el contenido.
Es un gran cartel. Uno de los mejores. Y lo ha hecho él.
Lo que nadie sabe es que la ausencia de colores en el cartel, aparte de aquel acento casi impuesto a ciegas, no son tan intencionados como él querría. Para decirlo sin rodeos, se trata de un hombre que no puede ver los colores. Para él la vida es una gran película antigua con un sonido estridente.
Es un artista. Haciendo de la necesidad virtud había conseguido hacerse un nombre. Diseñaba carteles fantásticos.
Se estaba haciendo rico.
Pero hubo en mes en el que comenzaron a disminuir las llamadas a su oficina. Al mes siguiente la disminución de encargos pasó de ser "una ligera crisis acorde con el momento económico" a "este barco empieza a hacer aguas"
Llamó a consejo a sus analistas, y estos le dieron cuenta de una horrible verdad: tenía un competidor. Se trataba de un artista joven que se había formado en la calle, literalmente, pintando grafitis en los túneles del centro, en los trenes de las afueras y en lo alto de los monumentos. Pero ahora le iba muy bien.
- Tiene un estilo muy colorido -le dijo uno de los analistas, incapaz de ver el dolor que aquel simple comentario inflingía a su jefe.
Pero nuestro protagonista no había llegado a donde estaba con solo cruzarse de brazos, sino a base de trabajo. Se dio cuenta de que tenía que aprovechar la influencia que aún poseía para cambiar de actividad. Y decidió presentarse a las elecciones.
Él mismo diseñó sus carteles y su campaña. Sabía conectar con la sensibilidad de las masas, y pronto se convirtió en uno de los favoritos para la alcaldía. Después de la alcaldía, llegó a ser ministro. Y después alcanzó su sueño más profundo: ser el presidente de la República.
Durante toda su carrera hasta la presidencia, su estrategia siempre había sido la de convertirse en el paladín de las tradiciones y de la vida falta de colores: sus carteles eran en blanco y negro y sus discursos recordaban a las películas clásicas del cine americano.
- She s looking at you, baby -decían sus seguidores a modo de contraseña entre ellos, parafraseando a Humpry Bogart en Casablanca.
Pero en cuanto llegó a la presidencia, decidió que quería ser más colorido. Y por eso se rodeó de un equipo de asesores que hacían lo posible por transformar su imagen en algo pop, joven, nuevo.
Como le gustó lo de ser presidente, dio un golpe de estado y se convirtió en dictador.
Un día le contaron que unos jóvenes estaban creando un nuevo partido político en la sombra. Por de pronto ya habían diseñado unos panfletos donde estaba la proclama que quería distinguirlos, impresa en primera página:
- ¡Por una vida en blanco y negro!
El dictador no supo si había colores en aquel panfleto, igual que no sabía si existían alrededor suyo. Pero el mensaje del texto estaba claro. Miró a sus capitanes del ejército y les dio la siguiente orden:
- Encuéntren a estos fascinerosos y córtenles la cabeza.
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