- Y, sobre todo, no hables con extraños -fueron las últimas palabras de mamá gato antes de irse de parranda con papá gato
- No se te ocurra abrir la puerta a nadie -dijo papá gato
Y después cerró la puerta. El gatito se quedó solo en la casa. Les había asegurado que estaría bien. De hecho, una parte de él había deseado quedarse solo, ¡por fin! Tal vez podría ver alguna película interesante, tal vez cocinarse algo rico... sí, había muchas cosas deseables que podía hacer. Pero, al mismo tiempo, sentía un temor antiguo a la soledad, una continuación de la niñez, un alargamiento de su dependencia hacia sus padres. ¡Pero ya estaba bien! Podía no ser un gato adulto, pero en todo caso era un gato preparado para quedarse solo en casa, ¡la primera vez en su vida! Había que celebrarlo.
Se dirigió a la cocina. Allí sacó el queso que más le gustaba de la alacena y se sirvió un vaso de leche. Y entonces sonó el teléfono.
"Debe de ser mamá, que quiere asegurarse de que todo está bien", se dijo el joven gato. Fue hasta el teléfono y lo descolgó
- Todo va bien, mamá -respondió automáticamente, sin esperar oír ninguna voz. Pero al otro lado del interlocutor no se oía nada; si acaso, había como una respiración tenue.
- ¿Quién está ahí? -preguntó el gato. Creía que era mi madre quien llamaba, tendrá usted que disculparme, estoy solo en casa -continuó
Entonces cortaron la comunicación.
Pii-pii-piiiiii, se oyó
El joven gato colgó, extrañado. Y sintió que le subía por la espalda un pequeño calambrazo. Era el miedo de algo desconocido, estaba llegando.
"No tenía que haber dicho que estaba solo en casa. Soy un idiota", se dijo. Y tuvo ganas de insultarse más veces a sí mismo. Pero, en lugar de eso, intentó concentrarse en la cocina, en el queso que había sacado de la alacena y en el vaso de blanca leche que le esperaba sobre la mesa.
- Leche, ¡me encanta la leche! -dijo en voz alta. Quería ahuyentar sus temores.
A la media hora, ya había olvidado por completo la llamada de teléfono. Estaba viendo un programa estúpido en la televisión, pero se sentía bien porque sus padres, normalmente, le hubieran enviado ya a la cama.
Sonó el teléfono una segunda vez.
El gatito se levantó, sintiendo que se revivía el recuerdo del temor que antes había sufrido.
"No hay por lo que asustarse" -se dijo
Descolgó el teléfono:
- ¿Diga?
Y pasó lo que más temía: otra vez no le contestaba nadie. Tan solo se oía una respiración tenue. Pero si esta antes había sido casi inaudible, ahora no había forma de no escucharla. De hecho, parecía contener en sí un ronco rugido de rabia oculta, como un monstruo que le acechara en las sombras de sus sentidos. El gato colgó rápidamente. Volvió a la tele, pero ahora ésta estaba apagada y de ella también surgía un murmullo como de una respiración que esperara a que él se diera la vuelta para atacar...
- Mira, se ha quedado dormido frente a la tele -le dijo mamá gato a su marido
- Tenías que habérle dicho antes que se fuera a la cama -le reprochó papá gato
- ¿No te dije que no funcionó bien la llamada? Podía oírle a él, pero no él a mí. Y el muy tontito dijo así, a ciegas, que estaba solo en casa. Por lo menos no le ha pasado nada malo.
- Salvo tener unas pesadillas horrorosas -le corrigió el marido, que estaba mirando a su hijo
- ¿Cómo lo sabes?
- Mira -le indicó el marido
Las garras del pequeño habían destrozado el reposabrazos del sillón y una radio estaba tirada en el suelo. La cara del joven gato denotaba un gran sufrimiento. Y de la radio surgía un sonido entrecortado, chirriante, como la tenue respiración de un monstruo.
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