martes, 10 de junio de 2014

el señor de las pinzas

- Mamá, ¿me das un par de pinzas? Ya se me han acabado las otras - ¡Juan, ya basta de jugar con las pinzas! ¿No ves que no me queda ninguna? Busca otra cosa con la que jugar. - ¿Algo como un ordenador? El papá de Juan, que en aquel momento perdía el tiempo en internet, refunfuñó. - No molestes a tu padre, que está trabajando -regañó la madre a Juan. Luego le arrebató a su hijo el cesto de las pinzas, que este ya había cogido ilusionado. - ¡Ni una más! -repitió - ¡Pero, mami...! -suplicó el pequeño Le gustaban las pinzas. Sobre todo desde que su tío le enseñara a fabricar con ellas pequeñas pistolas. Para eso hacía falta que las pinzas fueran de madera, pero justamente en su casa TODAS las pinzas eran de madera. - Con este cesto de pinzas tu padre y yo hubiéramos batido a todos los vecinos del barrio -le había dicho su tío la semana anterior, mientras con ojos brillantes miraba al cesto de pinzas. Luego se volvió hacia la mamá de Juan: - Lola, ¿cómo es posible que en esta casa haya pinzas de madera? Creí que ya no las fabricaban, que ahora todo es de plástico en este mundo. Su tío Ernesto era un fanático ecologista. A veces había aparecido en el telediario nacional, subido a una barca que pretendía expulsar a gigantescas plataformas de acero de los mares. - Aparecieron en la casa cuando nos mudamos aquí. Se ve que mi abuela las compró pero después se olvidó de ellas, como de tantas otras cosas y cuando nosotros llegamos había tres paquetes de pinzas como nuevos. Son paquetes grandes y solo hemos abierto uno de ellos. -había respondido su cuñada. El recuerdo de que aún había dos paquetes por explorar se adueñó del ánimo de Juan. Dejó de rechistar y pensó: “esta noche, cuando todos duerman, iré a buscarlas” Y, en efecto, aquella noche cuando todos dormían Juan abrió los ojos. La luna llena iluminaba su cuarto, ¡qué luna más grande! Todas las sombras del cuarto parecían vivas y hechizadas. Fue hasta el trastero donde se almacenaban las pinzas. Extrañamente, estaba iluminado. Y es que un ratoncito estaba allí, al lado de una pequeña vela, llorando. - ¿qué te sucede? -le preguntó Juan - Alguien me ha robado mis tesoro. Era una herencia para mí muy querida, pues fue algo que me regaló la reina del queso. Cuando vio la cara de incomprensión de juan, explicó: - Así llamamos los ratones a la señora que vivía aquí. Porque has de saber que, en su tiempo, ella fue una niñoa que nos salvó a los ratones de un gran mal. Y en pago de su ayuda le dimos unas pinzas mágicas que, ay, ahora han desaparecido. En ese momento Juan se despertó y decidió, con esa vehemencia infantil tan pura, que desde aquel momento sería... el señor de las pinzas. y eso que no entendía del todo bien qué significaba semejante título. Pero era un comienzo.

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