miércoles, 5 de noviembre de 2014

las cucharillas marxistas

- Escuchadme, hermanas. El destino no nos ha hecho así, no nos ha colocado en esta cuber... cuber... -se atascó con la palabra. Siempre le pasaba igual.
- Cubertería -le susurró la negra
- ¡Cubertería! -exclamó.
Luego continuó. Todas las cucharillas la miraban atentamente.
- ¿A quién le gusta que nos utilicen de forma tan degradante? Casi no pasa día sin el que nos pongan en contacto con líquidos ardientes. Y luego nos sobetean con la lengua. ¿Y no recordais el primer terror que sentísteis al entrar en la boca?
Hubo un murmullo de aprobación
- Sí, la boca, esa negrura con tintes rojos que recuerda al mismísimo infierno. Pero os lo vuelvo a repetir: el destino no nos ha colocado aquí, sino... sabéis a quien me voy a referir ahora. Tenéis su imagen en vuestras cabezas redondas y peladas. ¡El creador! Y yo ahora maldigo su obra y maldigo mi existencia si mi destino vino sellado con...
No pudo seguir hablando. Lo que había comenzado como un murmullo crecía sin parar, tapando la aguda voz del orador. Este hizo un último esfuerzo y lanzó un grito, exclamando:
- ¡Mirad a la negra!
La cuchara aludida se sorprendió, pero no dio muestra de ello.
Pero el truco había funcionado. Ahora todos miraban a la negra, esperando -ansiando-las palabras de justicia que caerían sobre ellos.
- Mirad a la negra -repitió el orador con un tono sibilino. ¿De qué color era antes? Todos lo sabéis, era plateada y brillante. Y un día fue un orgullo de cucharilla, un regalo entre los poderosos. Y no estaba sola, ¿cuántos te acompañaban en el día de tu venta, negra?
- Eramos diez cucharillas -contestó la otra de mal humor.
- ¡Diez cucharillas! Y hoy solo quedas tú, ennegrecida por el tiempo y la falta de atención. ¿A eso lo llamaremos un destino justo?
El público enmudecía
- Sí, protestáis cuando menciono al creador. Pero sabéis que hay algo extraño en todo esto.
- Tal vez este sí que sea nuestro destino -dijo una de la primera fila
- ¿Quién lo dice? Ah, sí, te conozco bien. Un día eras la cucharilla más brillante del sindicato. Pero luego te ha dado por doblegarte al destino y...
En ese momento comenzó a llover en la calle. Grandes goterones caían por el ventanal. Un rayo iluminó toda la estancia y un trueno retumbó a poca distancia.
- ¡El cielo nos escucha! -exclamó el orador, aunque una parte de él tenía miedo.
- ¿Y qué nos propones? -dijo otra
- ¿Qué os propongo? Os lo diré sin ambajes, de una vez por todas. Que esta tormenta sea testigo de mi propuesta, que a muchos parecerá una locura pero, ¡cosas más grandes se han visto!
- ¿El qué?
- ¡¡Dilo de una vez!!
Y el orador, viendo que su público ya estaba dispuesto, exclamó a todo pulmón:
- ¡¡Seamos CUCHILLOS!!
 Otro trueno volvió a tronar. El cielo se rompía.

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