- Oye, Miguel Ángel, cuando termines con este cuarto te vas al siguiente y repasas los rodapiés. Luego lo recoges todo bien, yo me voy a discutir negocios al bar.
- ¿Discutir negocios? -preguntó incrédulo Fran
- Lo que has oído. Solo espero que tú no quieras discutir conmigo.
- Yo no discuto nada. Cuando termine este cuarto repaso los rodapiés del siguiente.
Su jefe se estaba vengando de él por el comentario mordaz que había soltado al capataz la semana anterior. Fran lo sabía y entendió que era mejor no protestar. Tenía 3 bocas que alimentar y un trabajo.
"Miguel Ángel", lo había llamado. ¿Cómo se habría sentido el famoso genio si hubiera tenido que pintar toda una habitación del mismo color? No habría podido. Se habría resistido y habría acabado haciendo algo distinto, llamativo, aunque fuera tirar un cubo de pintura contra la pared...
Tirar un cubo de pintura... el pensamiento lo asaltó de repente. Naturalmente lo echarían. Y naturalmente por cada trabajo que perdiera se le haría más difícil encontrar uno nuevo. Y su mujer le miraría con pena y su niña lloraría porque vería que sus papás estaban tensos.
Estaba harto de la tensión. Y decidió al momento: se irían de viaje al sur, a donde estaba su hermano. Su hermano ya le había escrito a menudo, rogándole que fuera con toda la familia; le daría trabajo un trabajo digno. "La familia tiene que estar junta. Es lo que mamá hubiera querido"
Con el pensamiento de su recién difunta madre en la punta de la lengua bajó de la escalera. El bote de pintura negra era más pequeño que los otros, pues apenas pensaban utilizarla. Pero a él le bastaría. Con un destornillador abrió la tapa y, sin pensarlo dos veces, tiró el contenido contra la pared.
Mucha de la pintura había acabado en el suelo cubierto de cartones, así que rápidamente los recogió y puso en su lugar otros limpios. ¡Así estaba bien! Parecía que todo estaba en orden, salvo por aquella mancha negra en la pared.
Ahora le tocaba esperar a que llegara su jefe. En el ínterin, decidió trabajar como si no hubiera pasado nada. Y repasó los rodapiés del cuarto de al lado y limpió todo.
Luego se sentó en la escalera a esperar.
Oyó que la puerta se abría. Sintió que todo su cuerpo se ponía en tensión. Se abriría la puerta y su jefe le gritaría, tal vez incluso intentara pegarle.
Se oían unas voces, pero ninguna de ellas le era muy conocida.
De repente se abrió la puerta. Allí habían dos mujeres y una de ellas, a juzgar por su expresión, debía de ser la dueña. Las dos miraban al gran manchón negro sobre la pared. Y por fin la acompañante no pudo más y exclamó:
- ¡Pero esto es magnífico, Piluca! Cómo me has sorprendido, ¡qué buen gusto! ¿Y este es el joven artista?
El pintor se puso en pie de un salto y rojo como un tomate, hizo una reverencia mientras la dueña, repuesta del susto, decía:
- Sí, aquí tenemos a nuestro Miguel Ángel. ¿No te parece que es fantástico?
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