jueves, 11 de diciembre de 2014

recuperando

- Nunca lograré superar esta semana. Ahora me llevan demasiada ventaja.
Así hablaba la joven liebre Amapapir; durante todo el año se había estado preparando para las olimpiadas escolares, pero un simple catarro la había tenido postrada en cama durante una semana. Y aún no estaba del todo recuperada.
- ¿Y usted qué piensa, entrenador?
Pero este, una vieja liebre que tenía en su palmarés premios que ya nadie recordaba, miró a su joven pupilo con algo de pena. Luego se dio media vuelta y se marchó.
- ¿Por qué no ha dicho nada, mamá? -preguntó el joven a su madre, que estaba a su lado velándole.
- Tal vez no se le ocurre nada que decir, cariño
Cuando vio que los ojos de su hijo se humedecían, se apresuró a añadir:
- Pero no te preocupes. Dentro de poco vas a estar como nuevo y vas a correr más que nadie.
- ¿Pero por qué se ha ido el entrenador sin decir una palabra?
- Será mejor que esperes aquí -dijo la madre con decisión
Y se marchó rápidamente del cuarto. El hijo sabía a dónde se dirigía: sería su portavoz ante el viejo entrenador.
Y no es equivocaba.
- ¿Cree usted que está bien marcharse así del cuarto? -preguntó indignada la madre.
El entrenador estaba, en esos momentos, tomándose un vaso de vino con el padre. Fue este quien primero intervino:
- Tiene buenas razones, cariño. Por favor cálmate.
- ¡Ahora tú estás con él! Por lo visto os habéis aliado contra Amapapir. ¿Es que no se da cuenta usted de lo que le está haciendo? Conque le hubiera dicho una palabra, le habría levantado el ánimo.
El entrenador la miró y luego contempló su vaso de vino. Tomó un poquito. Carraspeó como si fuera hablar. Durante unos instantes no dijo nada. Y cuando por fin habló, fue de un tema totalmente diferente:
- Es difícil llegar a viejo. Todo tiene un sabor diferente.
La madre, incapaz de soportar los chocheos del entrenador, se disponía a marcharse. Su marido se lo impidió:
- Escucha lo que tiene que decir, te lo ruego.
El viejo siguió hablando, dirigiéndose al vaso de vino que tenía entre sus patas.
- A mí me entrenaron para ganar cada carrera. Y gané muchos, otras las perdí. Y cada uno que perdía era un grito del cielo, ¡fracasado!, me decían los ángeles. Pero me tragaba las lágrimas y prometía sacar lo mejor de mí en la siguiente carrera. Y la fortuna ha querido que llegara a viejo; desde esta altura, señora, los gritos de "fracasado" se quedan allá abajo, en el valle, y son solo juegos del viento. No son sonidos reales. Desde esta altura, señora, me gusta beber vino tranquilamente y no dejarme angustiar por las lágrimas de un adolescente. Porque la verdadera victoria no fue ganar ninguna carrera. ¡Quía! ¿Qué hacen ahora mis trofeos sino almacenar polvo? No, la verdadera victoria fue el camino de sacrificio y meta. Eso me hizo, me cambió, me definió.
- ¿Y por qué no quiere decirle todo esto a mi hijo?
- Por lo mismo que no tiene sentido describir el sabor del buen vino. Uno tiene que experimentarlo solo. Y para competir en esta vida, uno ha de ser el que eliga hacerlo. Yo no se lo he dicho a su hijo porque no me toca hacerlo. Espero que lo haga otra persona.
- ¿Quién? -preguntó la madre, desesperada.
- Usted, señora. Usted y sus lágrimas se lo van a decir.

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