- Lo que no sé es para qué queremos tanto dinero si no podemos utilizarlo.
No le escuchó sino que siguió contando las ganancias sobre la mesa.
- ¿Me has oído? -preguntó su sobrino
- Todo llegará, llegará... llegará -murmuró su tío, avaricioso, contando los billetes mientras murmuraba la última palabra.
El joven tragó saliva y dijo aquello para lo que llevaba todo el día armándose de valor:
- Esta tirde queiro ir la cine -dijo, trabucándose con las palabras
- Llegará, llegará... llegará -respondió su tío, repescando la última palabra que otra vez fue a perderse en las profundidades del silencio.
- Al cine -repitió su sobrino.
Su tío levantó la mirada. El joven tragó saliva.
- ¿Para que te sirve la conciencia?
El joven no supo qué responder. No entendía.
- Para modelarla. Y lo mismo el dinero, jovencito. La pobreza es el reino de la mayoría y nosotros nos mantenemos aparte con el dinero acumulado. ¿Quieres ir al cine? Adelante. Tienes dinero para gastarlo, ¡gástalo! Pero no dejes de trabajar para obtenerlo.
- ¿Te parece bien que vaya? ¡Guau eso es genial! No me lo esperaba. ¡Gracias, tío! Además de que no iré solo.
Pero ya el tío se había vuelto a enfrascar en sus cuentas.
La puerta se abrió de repente y entraron los tres renacuajos:
- ¡Hola, tío Donald! -gritaron al unísono.
Su tío se los llevó rápidamente de allí. No quería que pusieran de mal humor al viejo.
- ¿Para qué habéis venido? -preguntó afuera
- Íbamos por la calle, patinando... -comenzó uno
- Y nos encontramos a Daisy -siguió otro
- Y nos dijo que, si tenías suficiente valor para preguntárselo al viejo, iríais al cine.
Entonces los tres, al únisono, exclamaron:
- ¿Es verdad?
Donald sonrió con suficiencia.
- ¿Que si yo tengo valor para preguntarle algo así al viejo? Ni se lo pregunté. Simplemente le informé para que luego no se estuviera preguntando dónde andaba.
- ¿Y qué hace ahora el viejo?
- Está ahí adentro, contabilizando su conciencia, como siempre.
Al rato se fueron todos. Donald les prometió a sus sobrinos comprarles unas golosinas. En cuanto cerraron la puerta, Gilito abrió la suya y, viendo que no había moros en la costa, corrió hacia el teléfono.
- ¿Telepizza? Quiero una cuatro quesos, bien grande. Hoy espero a una invitada.
Luego colgó. Aquel día esperaba a la viejecita que se había encontrado recientemente en el banco. Se habían citado en la oficina y, cuando ya desesperaba para quitarse de encima a su sobrino, este había salido con el plan del cine. Menos mal.
Desde que había conocido a la señora todo su dinero le sabía a poco. Menos que a poco: a nada.
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